El chicuelo dice

Aventuras del pequeño niño blasfemo II

Como siempre, el chicuelo se pone en plan narrativo y nos regala un nuevo relato entre ficción, crónica y memorias. Esta vez un “Extraño pacto nocturno”.
sábado, 09 de abril de 2016 · 00:00
Wilmer Urrelo
Escritor
 
Dueño de ti / dueño de qué / dueño de nada
Dueño de nada, El Puma.

¿Cómo llegó este libro a tus manos, pequeño niño blasfemo? Qué libro. Este. Ah, es una historia extraña y encima complicada, Chicuelo. 
 
Y el pequeño niño blasfemo contando: un buen día murió un tío mío, un pobre viejo con aires de señorón y que tenía un montón de plata. Y también por esa época estaba a punto de llegar al país El Puma. ¿El cantante venezolano? El mismísimo, y yo era el fan número uno [hasta ahora me sé todititas sus canciones], y lo que más quería en el mundo era ir a ese concierto. Sin embargo, mi mamá no tenía plata [como siempre] para ese tipo de actividades. Y mi papá tenía voz, mas no voto [como siempre]. De manera que cuando el tío del pequeño niño blasfemo era ya un fiambre más en el Cementerio Jardín y cuando mi mamacita era toda llanto y moquillo, en otras palabras, en ese preciso momento recibió la llamada de un abogado, el cual con voz correcta le dijo: el señor Corino Tirado del Hoyo [era el nombre de tu tío] le dejó dos mil. Entonces tu mamá, afilando los colmillos, preguntó ¿dos mil?, sí, señora, dos mil… dos mil libros usados que ya están metidos en sus respectivas cajitas de leche Klim ¿Dónde será que se las mando? 
 
Fue una decepción para mi mami, me dice el pequeño niño blasfemo, porque a ella no le interesaban esas cosas.
 
La señora prefería deschongarse en las fiestas por eso de la liberación femenina y también se moría por el fútbol. 
 
¿De veras, pequeño niño blasfemo? En serio, no se perdía ni un solo partido. Eso viene, le digo, a confirmar una vez más la regla. ¿Qué regla? Y yo escuchando: que la cojudez no siempre es hereditaria, por fortuna. Porque a vos te encanta la lucha libre y el fútbol te parece un deporte lleno de imbéciles. Y por cierto, pregunta el Chicuelo, ¿a qué equipo le iba tu santa madrecita, pequeño niño blasfemo? Era del Bolívar: mierda, encima eso.
 
Lo cierto es que mi señora madre [como dicen los folkloristas y las clases populares] tenía un agudo sentido empresarial y creyó que los libros a lo mejor estaban llenos de billetes, de dinero que el tío del pequeño niño blasfemo podría haber escondido ahí para una emergencia. Y yo también: mi esperanza chiquitita de que, con ese hipotético dinero, asistiría a escuchar a El Puma al Hernando Siles, que lo escucharías entonar esa canción que, hasta hoy, me remueve hasta el tuétano: "…tendría que llorar por ti y me río como un loco”. 
 
Entonces ahí la tienen, mírenla abriendo las cajas Klim, sacando los libros y pasando las páginas a velocidad supersónica. ¿Y qué creen? Qué, pequeño niño blasfemo. ¿Halló la plata?, ¿encontró los billetes?, ¿pudiste ir al concierto y ver la sexi cabellera del venezolano? Y yo respondiendo: nones, nada, ni plata, ni concierto ni cabellera, solo unas fotos que comprometían los gustos de alcoba de mi tío. Mirá si no me crees. ¡Ufa! ¡Qué piernotas se gastaba el don! 
 
Obsérvenla ahora enojada. Ahí está la mamá del pequeño niño blasfemo diciendo hay que vender todas estas cosas [sic] o cambiarlas por papel higiénico Peluchín ["una caricia inolvidable”]. 
 
Dicho y hecho. Una noche antes de este trámite inevitable, nuestro pequeño niño blasfemo empezó a revisar los libros con cierto desinterés, pues tan solo me impulsaba el morbo de ver a mi tío con ese vestido azul eléctrico mandando besitos a un anónimo fotógrafo. Y entonces sucedió. Ah, ¿te refieres al romántico encuentro con la literatura, ese que todo hombre de letras recuerda con cariño?, pregunta el Chicuelo en mi cabeza. 
 
No, baboso, había libros de Neruda, ¡huácala! Y las cartas completas de Juan Ramón Jiménez, un poco ridículo, pero por lo menos sabía que lo era. También formaba parte de la biblioteca de mi tiacho un manual titulado Semillas de inquietud, de un tal Antonio Amundaráin y que comenzaba así: "Uníos en Jesús. Permaneced fieles en su amor. Dejad todo y lo tendréis todo. Tendréis a Jesús”. 
 
Yo no quería a ese Chucho, yo quería más fotos de mi tío en su papel de tía para cagarme de risa junto a mis amigos del colegio o algo de plata para ir a entonar las canciones de El Puma: "No soy yo, ese a quien tú le dices mi dueño / yo soy solo un perro que tú haces saltar…”. 
 
Y así, como lo bueno y lo malo siempre se atraen, apareció. ¡Ahora sí tu encuentro con la literatura! No, tarugo. De la nada surgió El libro de san Cipriano, tesoro del hechicero, y que en su portadilla decía: "Libro completo de verdadera magia, o sea tesoro del hechicero escrito en antiguos pergaminos hebreos, entregados por los espíritus al monje alemán Jonás Sufurino…”. Mi inicio, o mejor dicho fue tu inicio en las ciencias ocultas que ahora practicas con tanta desenvoltura, pequeño niño blasfemo. Y yo respondiendo: sí. 
 
Al ver al diablo a un costado de la portada me dije pucha ¿y si le pido a este doncito la entrada para el concierto de El Puma? ¿No dicen que lo puede todo? Estabas en eso, pensado en esas cosas, y mientras tanto aprendías que el libro, además, te enseñaba a volverte invisible o que podías embrujar a la gente e incluso convertirte en un viejito de barbas blancas.
 
La cosa es que al fin llegué a la página 105. Ahí Cipriano te enseña a hacer un pacto con el diablo. Entonces me animé y lo hice [lo hizo], todo con tal de poder tener la entrada para el concierto de El Puma. Sí, cualquier cosa con tal de entonar sus canciones a todo pulmón. 
 
Imaginen al pequeño niño blasfemo despertándose a la madrugada, muriéndose de frío en medio del patio de su casa como el pelotudo que era, que es y que será, seguro de que el doncito de los cuernos le traería las entradas y que él solo daría a cambio su pobre almita. Nada grave, me dice, ¿cuánto valdrá en el fondo mi alma?, ¿tanto como para despreciar una canción de El Puma? Recuerda que no somos dueños de nada, realmente de nada.
 
Autoconvencido de que hacía lo correcto, decidí vender mi almita al Cachudo por una entra da. Total: de resultar, ganaba más que perdía.

Para serte sincero, dice el Chicuelo, creo que algo no te funciona bien allá arriba, pequeño niño blasfemo. ¿Te has preguntado eso alguna vez? Siempre me lo pregunto, contesto, pero ese no es el tema.
 
El tema es que realicé el pacto por el transcurso de una semana, todos los días a la misma hora y haciendo lo mismo: esperé un montón de tiempo en el patio de cemento, bostecé, me moría de frío, pesqué un resfriado. Y nada. 
 
Era ya el último viernes, estabas listo para dejar de lado tus pretensiones de fan número uno de El Puma cuando escuchaste un ruido. Un ruido como de unas patitas caminado en el interior del baño. 
 
De inmediato pensé en una de las borracheras de mi mamá, la liberada del yugo masculino, la hincha del Bolívar, y ahí lo tienen acercándose cautelosamente, abriendo la puerta del baño, asomándose y… ¿qué pasó? ¡Nada! O casi nada, mejor dicho. ¿Sería una estafa el tal san Cipriano? ¿Un charlatán? ¿Le habría visto la cara a la humanidad entera durante siglos de siglos? ¿O hiciste algo mal gracias al nerviosismo por ir a ver a El Puma en concierto? 
 
Pero qué encontraste en el baño, pequeño niño blasfemo. Dinos de una vez.
 
En el baño solo había una cabra negra, bien bonita, eso sí, con unos ojazos tremendos. Mírala en esta fotografía en una Navidad con el gorrito de Santa Claus. Una cabrita negra que salió de la nada y que se convirtió en la mimada de la familia [se comió los libros de Neruda y Semillas de inquietud: acabó en la veterinaria; y yo no pude ir al concierto de El Puma] y que vivió con nosotros por muchos, muchísimos años, la mascota más querida de todos los tiempos: la llamaron Cipriana.
 
Y sigo esperando la entrada que me debe el doncito ese para poder ir a ver a El Puma. Y mi alma blasfema está disponible al mejor postor. ¿Lo anotaron por si acaso?
 
Amén.

Confidencial

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