Lector al Sol

Los viernes en Enrico’s

Entusiasta reseña y crítica de la novela póstuma del estadounidense Don Carpenter.
sábado, 09 de abril de 2016 · 00:00
Sebastián Antezana
Escritor
 
Acabo de terminar de leer el libro que más me ha gustado en lo que va del año. E incluso iría más allá: acabo de terminar de leer el libro que más me ha gustado en mucho tiempo. Una de esas lecturas que funcionan como aperturas radicales, revelaciones sobre nuevos escritores, estilos y formas de entender y proponer el mundo y sus facetas. 

El autor: un grande pero poco conocido escritor estadounidense, que nació, vivió y murió en la costa oeste del país, pegado al Pacífico, y que tras varias décadas de escribir novelas y libros de cuento que a pesar de su calidad nunca alcanzaron un público masivo, se perdió en el brillante laberinto de Hollywood, para después suicidarse en el cuasi anonimato. Don Carpenter.
 
Don Carpenter (1931 - 1995) que escribió novelas como la genial Dura la lluvia que cae (1966) y que decidió dejar el mundo vencido por múltiples enfermedades debilitantes, y entre cuyos archivos y papeles, diez años después de su muerte, sus herederos encontraron el manuscrito de una novela larga y brillante y que ahora, al terminar de leerla, me ha dejado hondamente conmovido: Los viernes en Enrico’s (2015).
 
Publicada a mediados del año pasado por la muy interesante editorial española-mexicana Sexto Piso, Los viernes en Enrico’s es una novela póstuma peculiar incluso en lo que se refiere a su propia historia de publicación. 
 
Habiendo sido encontrada ya finalizada, aunque aún necesitada de correcciones, los herederos de Carpenter le pidieron a uno de sus mejores lectores, el escritor Jonathan Lethem -gran novelista de títulos como Chronic city-, que se encargara de pulirla para después publicarla, de modo que el producto final resulta en una novela escrita del todo por Carpenter y "terminada”, según se anuncia en la portada y se lee en el posfacio, por Lethem.
 
¿Y la novela de qué va? En realidad resulta un poco difícil decirlo. La novela es una suerte de compendio del imaginario ficcional de su autor, casi como si el propio Carpenter hubiera sabido que se convertiría en su último gesto, un gran movimiento final, casi un legado consciente, que hoy parece definirlo. 
 
En la superficie, es parte de un género complicado y que ha producido muchos malos libros: la literatura sobre escritores. En concreto, es el relato de varias décadas en la vida de un mundillo literario en ebullición, un espacio en el que escritores como Charlie Monel, Jaime Froward, Dick Dubonet, Stan Winger y varios más, una fauna energética y heterogénea, se codea desde principios de la década de los 50 del siglo pasado con editores y alcohólicos, agentes y estudiantes, jóvenes fugitivos llenos de miedos y jóvenes promesas llenas de aspiraciones, que comienzan a abrirse paso a través de la enrevesada maleza de sus traumas y obsesiones mediante la escritura literaria, a la que ven, quizás románticamente, quizás de forma ingenua, como capaz de salvarlos.
 
En suma, escritores que escriben y no escriben, que coquetean, se arriman y son devastados por la fama o la falta de reconocimiento, en un trayecto que -como el del propio Carpenter- se inicia y se consolida en la costa oeste de
Estados Unidos, que se mezcla con el ascenso de los poetas beat y la revolución hippie y está contaminada por el glamour cegador de Hollywood, esa meca capaz de hacer de la escritura literaria un producto para el consumo masivo y, así, de llevar a quienes la escriben a la riqueza y a la fama, o a sus antípodas que muchas veces están vestidas con el mismo vestido.
 
Ahí, en medio del torbellino, está Charlie Monel, considerado desde su temprana juventud como una promesa literaria, que ha participado en la Guerra de Corea y que escribe durante décadas una monumental novela de guerra que pese a atraer la atención de agentes y directores termina por disolverse amargamente. 
 
Ahí también está Jamie Froward, su linda esposa diez años menor que empieza abandonando la escritura bajo la sombra de su marido y se entrega a la maternidad y el alcohol, hasta que termina por ser ella quien publica una y luego otra novela de bastante éxito, y que pese a ello está obsesionada con Hollywood, como si el traslado de lo literario a lo cinematográfico significara algún tipo de victoria.
 
Allí está también Dick Dubonet, quien empieza publicando cuentos en revistas prestigiosas para después sufrir enormes bloqueos creativos que a veces terminan con una carrera prometedora en la irrelevancia. 
 
Y allí está, finalmente, Stan Winger, un clásico antihéroe, un ladrón de poca monta que casi no sabe nada de escritura y que termina siendo el único que alcanza el sueño dorado de traspasar el mundillo literario y asentarse en la meca del cine, con gran casa con piscina y esposa rubia incluidos. Y que, sin embargo, es quizás, incluso en la victoria, el que termina perdiéndolo todo.
 
En un nivel algo más profundo, esta brillante novela de Carpenter es un estudio detallado -incisivo, melancólico y humorístico- sobre la obsesión, y en concreto sobre la obsesión literaria. Al serlo, no elude algunas de las grandes preguntas: ¿por qué escribir literatura?, ¿para qué?, ¿para quién?, ¿es una forma honesta de ganarse de la vida?, ¿es una tarea válida o intrascendente?, ¿es acaso algo más que un juego prestigioso, un acto de magia que termina siendo solo un truco?
 
Y, sobre todo, ¿por qué un ejercicio como el literario -leer e inventar historias sobre escenarios y personas que no existen- es capaz de hablarnos a veces de forma tan cercana, de conmovernos, de hacernos pensar y repensar? ¿Por qué la literatura es una tarea obsesiva, que lleva en ocasiones al descontrol, a la enfermedad, a la muerte? ¿Qué hay en ella que nos obliga a veces a apostarlo todo?
 
Los viernes en Enrico’s es un tratado sobre el éxito y el fracaso contemporáneos, sobre cómo la mercantilización se apodera incluso de nuestros impulsos más básicos -en realidad, sobre cómo los genera-, es a fin de cuentas una novela sobre el deseo. Y ese es quizás su atractivo más fuerte, su capacidad de concretar, entre el pulp y la alta cultura, un mundo en el que se reconstruyen los complejos mecanismos de eso que llamamos deseo u obsesión, y que nos domina y controla más allá de nuestros recursos, más allá de nuestras ganas y buenas voluntades.

Confidencial

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