El chicuelo dice

Ovejita literaria

Una ovejita ubicua y todoterreno. Una ovejita que mira, siente, presiente y lo sabe todo.
sábado, 14 de mayo de 2016 · 00:00
Wilmer Urrelo
Escritor
 

Sobrevino, entonces, la ovejita literaria.
 
No soy un perro ni tampoco un gato. Ni un pez ni mucho menos un mono. Soy algo más complejo y oscuro: una ovejita literaria. La ovejita que los gobernantes dominan. La ovejita que los insomnes cuentan por centenas. Cien, doscientas, trescientas igual que yo. Todas ovejitas. Todas ovejitas literarias. Soy la ovejita bíblica. La ovejita sacrificada para beneplácito de Dios. La ovejita que defenderían los activistas de los derechos animalescos.
 
—¡Ay, Dios!, ¿no ves que hay una ley que te metería en cana? ¿Y que los buenos para nada te harían papilla en el Facebook? 
 
Soy también la otra ovejita. ¿Imagina cuál? La ovejita que sigue a los iluminados. La que no cuestiona. La ovejita que obedece. La ovejita que cierra los ojos y deja pasar. No discutir. No decir nada. No hablar. En otras palabras, soy la ovejita literaria. La ovejita de la soledad, también. La ovejita de la tristeza. La ovejita de los que lloran por la noche. Esa ovejita que piensa en ti. O la ovejita que tiembla de emoción cuando ve las calles vacías de esta ciudad y su horrible y destartalada luz matinal. 
 
De igual manera, soy la ovejita colegial. La que asiste a clases con el cerebro vacío. Y que sale del colegio con el cerebro más vacío aún. La que copia tareas. La que memoriza y luego olvida. La ovejita funcional. Soy la ovejita literaria. Algunas veces me convierto en una ovejita universitaria. La ovejita trotska. La ovejita que descubre lo que otros ya descubrieron. A veces soy la ovejita superficial. Dame un like y te daré una ovejita literaria. Soy la ovejita aburrida. La ovejita de las obras completas de Guillermo Lora y sus miles de erratas. 
 
—Y no olvides su tapas color ratón, ovejita. 
 
No lo olvido, Chicuelo: la ovejita que cree que vino a salvar al mundo, cuando el mundo no tiene remedio, ovejita literaria, ya para qué esforzarse. Soy la ovejita de las enfermedades incurables. De las enfermedades recurrentes, de las enfermedades infinitas, de las enfermedades invisibles: dolorosas, múltiples, demandantes. La ovejita literaria. 
 
¡Ah, me olvidaba! Soy la ovejita campeona. Campeona de premios literarios municipales y nacionales. La campeona de parroquia. Soy la ovejita literaria. También soy la ovejita todopoderosa, la que ejerce su dictadura desde el cielo. Tú vivirás. Tú no. Tú tendrás esto. Y tú no, arruínate. Aunque también soy la ovejita perdedora. En otras palabras, la ovejita humillada. La ovejita sin estrella. La ovejita estrellada. Y, por lo tanto, soy la ovejita encantadora. Y soy también el mito más viejo de los mitos. A saber: el lobo con piel de ovejita. Y por el otro extremo, Chicuelín, soy la ovejita cada vez más escasa. La ovejita que no dice nada. En otras palabras, la ovejita de la literatura de moda. Aquella ovejita de escasa prosa. La ovejita de prosa edulcorada y menguante. 
 
¡Ja! Soy la ovejita literaria. A veces soy la ovejita de ONG. La ovejita que vive de la pobreza de las otras ovejitas.
 
Soy la ovejita literaria. Soy, en medidas iguales, la ovejita migrante. La del acento afectado. La ovejita que cuando vuelve... La ovejita que cuando vuelve... La ovejita que cuando vuelve…
 
—¿Es tan difícil decirlo, ovejita? 
—Un rato, Chicuelo, dejáme pensar.
 
Ah, ya lo tengo: la ovejita que cuando vuelve a su país intenta desesperadamente llenar sus vacíos comprándoles cosas a sus familiares. O lleno esos vacíos criticando todo a mi paso. Allá es distinto. Allá las cosas no funcionan así. Allá todo es más ordenado. Allá: donde no existen las ovejitas literarias. Las mañanas más limpias. Las calles más transparentes. 
 
Soy la ovejita madrugadora. La que ve a la gente caminar desesperada desde la ventana de un café mientras escribe estas palabras. Aunque más que nada soy la ovejita que quiere dormir y leer. Sobre todo leer todo el día.
 
Leer todo el día y nadar entre libros. La ovejita libresca. Y por el otro extremo, soy la ovejita policial. La que vigila por el rabillo del ojo. Soy también la ovejita edil. La amarillo patito. La ovejita dominada por los choferes.
 
¿Soñarán los choferes con ovejitas literarias? Soy la ovejita familiar. Jamás me casaré, decía la ovejita literaria de joven. Jamás seré mamá o papá, anunciaba al mundo, orgullosa, la ovejita literaria. Y ahora, cuando está en la oficina, piensa en sus wawitas y quiere llorar. Es ella, conocida asimismo como la ovejita literaria. 
 
Sin embargo, soy también la ovejita cansada de cocinar. De los niños y las niñas. Que joden todo el día. Que piden plata para todo. Que dejan mugre por donde pasan. Que empiezan a crear sus propios traumas, sus propios vacíos, sus propios miedos. Por consiguiente, soy la ovejita envidiosa. La ovejita que desearía nunca haberse casado. Y jamás haber tenido ovejitas. La ovejita arrepentida. ¿Dónde quedaron mis sueños de ovejita libre? ¿De ovejita no sojuzgada por el matrimonio? Eso: en sueños nada más. Sobre todo y ante todo y por encima de todo creo que soy la ovejita que refleja. Soy espejo y me reflejo. 
 
—Espejito, espejito…
—Dime, ovejita literaria.
—¿No te gustaría reflejar la cara de la gente que lee estas palabras llenas de ovejitas?

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