Etc.

Yo también fui un Camacho

Un homenaje al radioteatro, o radionovela, que hace mucho ya pasó al olvido.
sábado, 28 de mayo de 2016 · 00:00
Carlos Decker Molina 
Periodista y escritor
 
Mario Vargas Llosa lo llamaba el escribidor. Hace años, en un diálogo con el escritor, y al enterarse que soy boliviano, hablamos de Camacho, su personaje, a quien "le tengo un cariño extraordinario”, me dijo.

Mi recuerdo por el personaje de marras viene a cuento porque acabo de escuchar el último capítulo de una radionovela difundida por Radio Suecia, Salam, Shalom de Saleem. No quiero complicar mi recuerdo, ni la lectura, pero Saleem es un palestino/americano que escribe libretos y, el de este radioteatro es autobiográfico. Se trata del encuentro entre un palestino y un israelí, que están obligados a compartir la misma habitación.
 
Los radioteatros tuvieron su gran apogeo en América Latina y particularmente en Bolivia porque aún no había llegado la televisión, me refiero a los años 50, 60 e incluso 70. Cuando salí al exilio dejé colgada a la audiencia porque el radioteatro del mes, a mi cargo, no terminó nunca. 

Control – Cortina musical solemne
Voz 1 – ¿Quién es el acusado?
Ricardo – (se escuchan pasos) ¡Yo soy, Ricardo Fernández!
Control – Sube cortina musical 

Así comenzaba aquel radioteatro auspiciado por la Philips, que relataba la penosa historia de Ricardo Fernández, falsamente acusado. Si algún maestro tuve en estas artes fue Johnny Villena, que fue el que popularizó el radioteatro en Oruro. Luego llegó Roberto Balderas y su elenco a Radio El Cóndor.
 
Al César lo que es de Luis Mendívil, un gran libretista de radionovelas, a quien reemplacé muchísimas veces, porque Lucho se perdía en la bruma del alcohol y nos dejaba sin el libreto del capítulo siguiente. Sus ausencias fueron mi entrenamiento.
 
En aquellos tiempos yo era un hacedor múltiple: universitario, locutor, sindicalista, corresponsal, libretista de propaganda comercial (¡Viste qué bien viste! Es que viste en Casa Mayer) y, luego pasé a ser escribidor, sobre todo cuando me echaban del laburo. 
 
Escribía libretos y dirigía, ¡sí! dirigía a un par de actores de verdad, y a mis amigos recolectados de la universidad y de los bares cercanos, uno de los cuales hoy es un abogado de prestigio.  
 
Intentábamos competir con radionovelas del calibre de La guerra de los mundos, una adaptación de Orson Wells que llegó en LP gigantes, o Simplemente María, de Celia Alcántara, una argentina que entre el 67 y el 69 hizo llorar a toda América del Sur. O aquella otra que sonaba cubano: El derecho de nacer, de Feliz B. Caignet. 
 
Ese folletín radial me hizo querer a la negra María Dolores, que evocaba con frecuencia a la Virgencita del Cobre. Evita, en la historia, un infanticidio y cría a "su Albertico”, mientras la niña Elena, la madre, se pasa como 30 capítulos buscando a su hijo.
 
Caignet es cubano y su historia fue lanzada en La Habana en 1948. La versión que se escuchó en Oruro fue una reedición grabada en México, pero con un elenco cubano, los exiliados de aquel entonces.
 
Naturalmente escribí mis propios folletines, pero el éxito que tuve como escribidor fueron las "adaptaciones” de, entre otras, Socavones de angustia, El metal de diablo o La Chaskañawi, con Asunción de Quezada, que hizo de Claudina. Y, La madre de Gorki, que debió llegar hasta Moscú de la mano de un viajero que se llevó los carretes para entregar a Radio Moscú. O, el otro gran éxito entre la juventud orureña:

Control – Cortina musical "francesa”
Voz 1 – Buenos días… Tristeza
Control – Sube y luego de 25 segundos se pierde la cortina musical
Relator - En una hermosa mansión a orillas del Mediterráneo, Cécile, una joven de 17 años, y su padre, viudo y cuarentón, pero alegre, frívolo y seductor como nadie, amante de las relaciones amorosas breves y sin consecuencias, viven felices, despreocupados, entregados a la vida fácil y placentera. No necesitan a nadie más, se bastan a sí mismos en una ociosa y disipada independencia basada en la complicidad y el respeto mutuo. Hasta que un día aparece Anne …..
Control – Cortinilla breve, suspenso.

La obra de la Sagan llegó a mis manos gracias a un compañero francés bohemio que fumaba Astoria que, según él, eran igual a los Gauloises. Lo interesante es que mi adaptación se estrenó primero que la película de Otto Preminger, lo que me producía un dejo de orgullo.
 
Ya en extensión cultural de la Universidad Técnica de Oruro y como director de radio Universidad, los radioteatros eran adaptaciones de las obras de Bradbury, de Lavreniev y, entre las nacionales, de Jesús Lara como Surumi y Yanakuna, y El precio del estaño, de Néstor Taboada Terán. 
 
Lo trascedente fue la traducción al quechua de una de mis adaptaciones, no recuerdo cuál, por un amigo trotskista, del que he olvidado el nombre. Lanzamos la primera radio- novela boliviana en idioma indígena. Sin duda la politización de las radionovelas era un producto de la época, pero debo confesar que la audiencia quería llorar, sufrir, reír y de ser posible festejar el triunfo de la costurera o la del hijo natural.
 
El entramado dramático, en este género, tiene como regla no decir todo, solo se sugerir, por lo que un buen porcentaje del relato es suspenso adrede. Cuando la obra estaba por la mitad y, si había más dinero de la publicidad, se prolongaba la trama metiendo de improviso una escena inesperada que rompía la línea general, como una muerte o una aparición de alguien perdido. 
 
En aquella época tenía una novia que me pedía que le cuente el siguiente capítulo. Al contarle, inventaba, mentía, pero elaboraba el germen del verdadero y luego era cuestión de sentarse en el bar Uruguay con una máquina de escribir portátil y un par de chuflays para escribir la trama de una vida ajena que se parecía a las nuestras, por eso Camacho tenía razón cuando le dice a Varguitas: "Yo trabajo sobre la vida; mis obras se aferran a la realidad como la cepa a la vid”.
 
Que el recuerdo de mi "camachitud” sirva de homenaje a los radioteatros que solo con voces, sonidos y música generaron ilusiones y enseñaron a decir: "te quiero”, con voces engoladas y a llorar por la ausencia del amado en el silencio de las heladas noches orureñas.

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