Letra sincrónica

Visitas a la región del toctoque

sábado, 28 de mayo de 2016 · 00:00
Alan Castro Riveros
Escritor
 
La máquina del tiempo
 
A comienzos de septiembre de 2013 empezamos un juego de escritura corresponsal en vivo (vía chat) con mi querido amigo Marcos Sainz. La regla era muy sencilla: escribiríamos, inventaríamos y comentaríamos sobre el funcionamiento de diferentes máquinas del tiempo, todas a cuatro manos. 
 
Los relatos se escribirían en un ping-pong de propuestas y respuestas, de donde resultaría un monstruoso primer borrador. Este primer borrador sería corregido por ambos, y de allí resultarían dos versiones de la misma experiencia.
 
Ambos nos emocionamos mucho con el primer relato, en el que la máquina del tiempo era una mesa de ping-pong. Sin embargo, fue el único texto que logramos concluir, porque Marcos se excusó para la segunda sesión programada para el 10 de septiembre: "No podré esta noche asistir a la reunión, un perfecto arreglo de mi máquina del tiempo permitió que se realice un sueño que no tenía fecha precisa de realización, y me sorprendió, de modo que, te dejo abandonado a tu suerte en el año...”.
 
Poco después, el 3 de octubre, habiendo yo entendido que el perfecto arreglo había sido por una noche, le escribí con ánimo de continuar el juego. Él me respondió que su realidad en ese momento no se lo permitía. Me recalcó que lo que estaba sucediendo no eran tragedias, sino todo lo contrario. Por esas palabras y algunas intuiciones, siempre me acuerdo de él y vuelvo a su poesía.

En la región del toctoque
 
En la región del toctoque -publicado por primera vez en 1997 por ediciones El Hombrecito Sentado- es uno de los libros clave de la poesía boliviana de finales del siglo XX. Su subtítulo entre paréntesis (Poema mutante) delata su actualidad. Habrá que decir también que Marcos Sainz (1970) desapareció misteriosamente el 18 de noviembre de 2013. Es el autor de Matambre y otros cuentos (1998), además de una caja de resonancias aún inéditas.

***
Aquello que nace aparece cuando se toca, pero ya estaba ahí antes; y ahí estará incluso cuando desaparezca, en las resonancias de su desaparición. Por eso, toda onda física que de pronto palpa la materia como algo remotamente nuevo, toctoca; es decir -como piedrita que se clava-, primero suena y luego provoca círculos en el estanque de agua. Toca una percusión pasada en son de onomatopeya (toc) y trastoca la palabra que salta a completarse en sus resonancias (toque). Y esto no es retocar la palabra en absoluto, sino destocarla para tocarla; o sea, lo que normalmente se llama atocarla. 
 
De ahí la musicalidad y materialidad de este libro de poemas, que tocan, destocan, trastocan y toctocan aquello que resuena en las palpalpitaciones de un popoeta tartamudo, capaz de producir música con tan solo atocar el instrumento (con el alma).
 
Toda cosa se toca físicamente cuando nace; pero hay un toque en son de eco y en ton de fantasma que salta de la cabeza cuando ésta se saca el sombrero, por ejemplo. Estamos en la región del toctoque, por supuesto; en cuanto sentimos el toque de cualquier cosa como el desto que de una multitud de santos, señas y gestos de pronto conocidos que se trenzan hacia abajo y hacia arriba -habiendo sido movilizados desde donde siempre habían estado- para tocarse.
 
Nada más atinado entonces, en este fabuloso libro de Marcos Sainz, que dejar protagonizar el viaje por los cableados de la lengua al popoeta -quien ha encontrado en su tartamudez el eco de una voz radical (de raíz) y fiel a la lentitud de su evaporación. Tal voz viene y va entreverando el mundo que nombra; por tanto, a veces algo puede sonar como arrumaco y resonar como puntazo. Por ejemplo, si el hombre es ciego sordomudo insípido y tísico, habrá que despertarlo a cocachos y sanarlo a besos. [p. 82]

Tienes toda la razón (el poeta encuentra a la muerte y la hace suya)
Marcos Sainz

Hace ya algunos días caminaba por ahí,
de modo intencionadamente distraído,
cuando de pronto descubrí merodeando
y algo oculta entre las piedras
una Razón muy pequeñita, pero autosuficiente
que medía desde Parménides a Hegel,
y tomándola en mis manos le dije:

"Todo lo racional es real, y todo lo real es
racional,
lo proclamó desde tu colita
Jorge Guillermo Federico”

Ella, que no sabía hacerse entender
sino por señas,
al morderme me hizo sentir que:
de verdad existía,
que era de las que muerden
y que lo hacía con saña.
Le di un tincazo y la solté.
Atolondrada se fue
dejándome su fobia.

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