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Hablar desde la locura

Una aproximación entre la poesía y la locura a raíz de la desaparición del poeta Hugo Montero Áñez en el psiquiátrico de Sucre.
sábado, 18 de junio de 2016 · 00:00
Los locos no hablan de la locura. Los locos sufren su condición de exiliados al otro lado del muro, su ex/centricidad, su marginalidad, su estar fuera de los límites que te imponen la razón y los lenguajes convencionales, tal como los conocemos, tal como los dividimos. 

No, no tienes que estar loco para hablar de la locura. Todo lo contrario, la cordura es la que habla de la locura, la que la sitúa, la medicaliza, la analiza, la objetiva y, en consecuencia, la nombra.
 
El lenguaje de la locura es exterior al lenguaje de la disciplina. Se encuentra en el límite donde se descompone este lenguaje, en la ampliación de su rango normativo, en su incomodidad, es una forma de incomunicación, en ese sentido se emparenta con la muerte, con el enigma, con lo desconocido, con lo incomprensible. Por eso la locura asusta, repugna, confunde, agrede, fascina.
 
Se ha dicho que la verdadera poesía y el arte  tienen el deber y el poder de caminar entre las dos líneas de la frontera. De ser traductores de este espacio incómodo. El acto creativo es un acto de expansión de estas fronteras que en definitiva  son las fronteras del lenguaje. Un filósofo austríaco nos enseñó que las fronteras de nuestro mundo son las fronteras de nuestro lenguaje. Pues bien, esas fronteras son perforadas por la poesía y por el arte.
 
Esta debe tener la capacidad de traernos a la superficie la perla del otro lado de la frontera, del espacio errante donde habitan la locura, el sueño y la muerte.
 
De esto se ha hablado mucho y no hay mucho más que decir. De Kant a Foucault, de Nietzsche a Maurois, la bibliografía es fecunda al respecto. Además, tenemos un gran abanico de escritores que bien podría refrendar esta relación de la cual no siempre se sale ileso. Sylvia Plath, Guy de Maupassant, Virginia Woolf, Arthur Rimbaud, Kawabata, y un etcétera sin fin, darían cuenta con claridad de lo que referimos.  

Un poeta del Pacheco
 
Hasta hace algunas semanas, casi nadie conocía a Hugo Montero Áñez. Estoy seguro de ello. Yo lo había escuchado nombrar hace tiempo y últimamente lo tenía más presente porque sabemos que un realizador de Sucre, Omar Alarcón, hace una película acerca de su vida. 
 
De pronto, murió. Quizás no tan de pronto, no sabemos exactamente el proceso, murió viejo (85 años) y solo en el Pacheco de Sucre, sería justo decir que se pudrió allí y nadie lo acompañó hasta su última morada (Alarcón llegó tarde), pero, como ocurre con los santos de los últimos días, de pronto renació a las pocas horas, en las redes sociales con la vitalidad de un astro, de una leyenda, con una legión de admiradores repentinos, desconocidos, amigos nuevos y refrendadores de su condición de loco y, encima, poeta -la maldición de la banalidad de la cyberagora.
 
Montero, el poeta, nos muestra uno de esos raros casos en los que el locus de enunciación se revierte. 
Cuando el poeta vive del otro lado de la frontera, cuando la locura habla desde la locura, nos vemos ante una situación de extraordinaria y seductora fortaleza.
 
El poeta/loco se reviste de toda la legitimidad de un lenguaje que le es natural, que no es un lenguaje inventado o secuestrado, sino que proviene de la entraña misma de donde se nutre el hecho poético. 
 
Esto nos pone a quienes estamos del lado de la razón en una posición de desventaja (¿para qué carajos servimos?, ¿somos acaso unos impostores?). 
 
El poeta/loco no necesita traductores, no necesita intermediarios, él nos comunica el lenguaje poético en su estado puro, en su estado auténtico, legítimo.
 
Pero la poesía es una articulación. Es una forma. Cuando la locura se condensa en un poema, entonces adquiere su lucidez. Ambos lados deben estar conectados. Pues si la locura es simple ausencia de producción de palabra, se pierde del otro lado del límite. Es necesario, de cualquier manera, que la literatura la restaure, le dé forma. 

De poetas y locos
 
Cuando el loco habla, todos callamos. Al menos en poesía, tal parece que esa es la ley. Sentimos que los locos, los alcohólicos, los drogadictos y los outsiders  de alguna forma son nuestros mártires y de ese imaginario se apropia la cultura popular. La gente se siente más cercana a un ser miserable, falible, vulnerable, que del que no lo es.
 
Pero más allá de la repentina fascinación por la figura del poeta/loco, de los comentarios de gente alucinada con la marginalidad de Montero, de esta atención súbita, queda la obra. Quizás lo único puro, y es lo único que deberá llamarnos la atención en adelante, aunque jamás podamos dejar de relacionarlo con su locura, con ese espacio que ahora queremos privilegiar como un espacio fascinante donde moraba el poeta y su palabra, aunque lo cierto es que el lugar de la locura para Montero no haya sido otra cosa que un miserable cuarto en el Hotel
Pacheco de Sucre, donde se desvaneció en soledad, lleno de calmantes, drogas, silencio y delirio. 
 
Pero esto jamás nos importó, lo cual demuestra no lo buenos que somos, sino lo miserables que podemos ser al fingir que mucho nos afecta. Pero es justamente desde esa miseria, desde la miseria humana, desde nuestra miseria, que canta el poeta. Ya lo dijo Dylan Thomas: los más bellos cantos al sol  se hacen desde la oscuridad. Y es cierto.

Alex Aillón Valverde

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