Libros

Tres apuntes sobre una (vieja) nueva novela

sábado, 25 de junio de 2016 · 00:00
Notas sobre Rodolfo 
el descreído
 
Omar Rocha Velasco

Hace varios años, gracias a ciertos azares concurrentes, me fue dado encontrar la novela Rodolfo el descreído en un anaquel dispuesto por la bendita señora Saavedra (no recuerdo el nombre) en la calle Sagárnaga # 54. Ciertamente, en un pequeño cuarto, que por unos días dejó de ser tienda de chamarras de cuero, la Sra. Saavedra puso a la venta los libros de su hermano, un cura formado en Chile y que acababa de morir. Era una hermosa época en la que trabajaba junto a Blanca Wiethüchter, Alba Paz Soldán y Rodolfo Ortiz (también descreído) en lo que a la postre fue Hacia una historia crítica de la literatura en Bolivia, investigación en la que nos enfrascamos dos años y más. 
Mi condición de Investigador Junior me permitía la bella tarea de comprar libros en el Pasaje Huarina, varias veces volvimos (sí, en plural) cargados de talegas de libros bolivianos y nos repartíamos la lectura para ver si encontrábamos algo novedoso, algo que valga la pena, además de lo que ya teníamos. Estábamos condenados a lecturas veloces, el tiempo apremiaba y teníamos mucho material que revisar. Mi primer encuentro con Rodolfo el descreído fue de fascinación, era una novela absolutamente novedosa, una narrativa sorprendente para su época, algo que rompía con lo que veníamos leyendo y lo que entendíamos por una narrativa de la Guerra del Chaco. 

Addenda al descubrimiento 
de Rodolfo el descreído

Rodolfo Ortiz

Un suceso inesperado, y no del todo descriptible, hizo posible que esta publicación, a mitad del camino, haya tenido la dicha de un encuentro memorable. La tarde del 25 de enero de este año recibo una llamada telefónica a una oficina donde me hallaba de paso. Resulta que del otro lado una voz exaltada me decía que la familia
 
Villazón estaba conmovida y, en más, agradecida por la noticia de la publicación "del abuelo” David S. Villazón.
 
Habían leído, por arte de birlibirloque y tres meses después, la noticia de este proyecto editorial en el suplemento Letra Siete (17 oct. 2015). La exaltación fue totalmente recíproca, por supuesto. Habíamos buscado durante muchos años, como sugerí al inicio, señales, fueran al menos de humo, de este escritor incomparable y desconocido. Y así fue que a partir del primer encuentro con la familia Villazón, tres días después, el camino de este libro lograba un rumbo extraordinario. Pude acceder a una historia oral y escrita nunca antes imaginada;
 
Rosario Villazón escribió ipso facto un manuscrito de 57 páginas sobre la vida de su padre, sin contar las fotografías y las evocaciones que llegaban a torrentes; Fernando, el otro hijo, desempolvó otro día la biblioteca personal de David S. Villazón (¡ni un solo ejemplar de Jardiel Poncela!) y una semana después me mostró la medalla del Honorable Congreso Nacional conferida a los Defensores del Chaco, que heredó de su padre.

¿Quién fue David S. Villazón?

Rosario Villazón Alborta y Georgina Villazón

David S. Villazón, como solía firmar, un hombre de recia estatura, contextura delgada, nariz aguileña y facciones elegantes, de agudeza implacable, mirada franca y profunda, fue un escritor que a través de su recorrido por el mundo supo darle a su existencia infinidad de luces en las diversas épocas, facetas y circunstancias que le tocó vivir. 

Nació un 24 de febrero de 1910 en Cochabamba, en una vieja casona de Sacaba, donde la familia solía pasar las vacaciones. Estudió hasta el bachillerato en la ciudad de Cochabamba. Se sabe que durante su adolescencia consiguió, pese a su corta edad, un trabajo temporal en el periódico Los Tiempos como redactor de noticias y que movido por su afinidad con el medio artístico llegó a ser tramoyista en la presentación de algunas obras en el Teatro Achá. 

Luego, en 1928, decidió embarcarse en una aventura que años después marcaría el destino de su vida. Junto a sus entrañables amigos de infancia y juventud como Walter Montenegro, Anico Quiroga y Óscar Claure, deciden un día emprender un viaje a la ciudad de La Paz. A esta aventura se unieron luego Juan Urquidi y su hermano mayor Carlos Walter. Este grupo de amigos e intelectuales se alojó en una pensión de la calle Yacuma, en San Pedro, donde David S. Villazón, a sus 18 años de edad, iniciaría una faceta definitiva en su vida.

Inmerso ya en la sociedad paceña, Villazón participa activamente en un grupo de intelectuales y artistas, cuya sede era la casa de la poetisa Yolanda Bedregal, en cuyas tertulias se forja una camaradería sin más pretensión que el pensamiento y el arte como razón de vida.

Sin embargo, cuando cursaba el tercer año de medicina, el país es conmovido por la sombra de una guerra inminente contra el Paraguay, que lo conduce al reclutamiento. David S. Villazón marcha a la zona de operaciones durante toda la conflagración y adquiere el grado de Sargento Sanitario. El  20 de diciembre de 1937 le confieren la medalla al mérito por sus servicios durante la Guerra del Chaco.

Suponemos que esta experiencia intensa y dolorosa en las arenas del Chaco, las horas de fatiga y desesperación en una zona inclemente, fue el detonante fundamental para la escritura de su primera novela, Rodolfo el descreído, que concluye en 1936.

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