El chicuelo dice

La tristeza de B

Una foto, otra vez, es el gatillo que dispara una secuencia de recuerdos, reflexiones, preguntas y lamentos.
domingo, 10 de julio de 2016 · 00:00
Wilmer Urrelo Escritor
 
Despierto por la madrugada y no está. O está tan solo en lo que resta de mis pensamientos. B, en otras palabras mi mamá, en otras palabras despierta y es lo primero en lo que piensa. Esa es la tristeza de B. La tristeza desde que A. ya no está. La tristeza desde que se morgueó.

-La tristeza de los fines de semana- se queja B a sus hijos, o sea nosotros.

Y la Ovejita literaria dice no me gustan las cosas tristes, ¿no podrías contar otras cosas, Chicuelo? Y B diciendo que no esté, que no hable mal de los bolivaristas: fuleros, chacras, que no ponga la radio a todo volumen para oírle decir que seguro que el Tigre hoy golea a estos mierdas. 

Me refiero a ese tipo de tristeza, pequeño niño blasfemo, y B diciendo o ya no escuchar cuando abría la puerta, el ruido de la llave al entrar a la chapa, los dos pasos y la puerta cerrándose: la tristeza de B está hecha, también, de esas cosas cotidianas, Florecita rockera, de las cosas gastadas por lo cotidiano y el Chicuelo pensando: tantos años casados, ¿cuarenta y ocho, mami? Y ahora sólo queda la soledad de las mañanas frías, B, de la liviandad de las mantas y del peso de la cabeza de B sobre la almohada. Así, esa es, de eso se trata el rigor de la tristeza de mi mamá, de B, así es la tristeza cuando despierta y cuando sabe que A ya no está o que está, pero tan sólo en los pensamientos, que en el fondo no valen de nada. Para qué nos vamos a hacer a los imbéciles.

-Como con la Florecita rockera -dice la Ovejita Literaria-. De qué sirve tenerla en el recuerdo si no está acá.
-No sirve de nada -dice B-. Es como si nunca hubiera existido.

Y la tristeza de B está también en las fotografías del día de su boda. O en las pocas que quedaron de ese día, Chicuelo, ¿ves acá? Esa es la tristeza de B, se halla en la mirada, en las manos y también en la mixtura que algún chistosito lanzó sobre ellos. La tristeza de B es, de igual manera, el peinado sesentero, el anónimo fotógrafo (sospechamos de un tío, pero no creo que sea cierto). 

La tristeza de B, Ovejita literaria, se encuentra sobre todo en lo que no está, lo que se fue, lo que ya no pertenece, lo que terminó hace un año ya: o escuchar a A recibiendo en casa a las nietas (stronguistas hasta la médula, también), a la perrita (de nombre Thayli) que no paraba de correr, y A pensando mejor la saco, ¿no querrá ir al baño? Esa es la tristeza de B, los hechos cotidianos, los paseos con la perrita singular, mínimos, maximizados ahora por la ausencia, como un eco, como una habitación infinita más bien.

La recuperación de B no está en los recuerdos, ni en las cosas que pasaron juntos (cuando en la boda civil sólo sacaron dos fotografías), y yo inventándome que dice la Florecita rockera: está en el vacío, Chicuelo, en el vacío de esta casa y B diciendo:

-Sobre todo los fines de semana, largos, interminables. Cuando una ya no sabe en qué va el campeonato liguero.

Si el Tigre se sonó al Bolívar otra vez, como siempre, como es de rigor con esos chacras y buenos para nada. La tristeza de B es imposible de solucionar. Ya nada sirve. Ni los regalos. Ni los chistes. Ni siquiera la enfermedad del Chicuelo: aférrate a algo, B, rescátate de las tristezas, cúrame y cúrate de tu tristeza. Esa es la tristeza de B, compuesta de recuerdos, de olores, de pequeños detalles, los zapatos, las corbatas de hace siglos, la chompa café que A nunca se quitaba: ni los sábados ni los domingos.

Y también está en los jirones, en los remiendos de la boda civil, de esa que vive ahora en esta fotografía casi imposible de descifrar.

Y la Ovejita literaria apareciendo de nuevo, una boda chiquitica, con casi nadie, tan anónimos ambos, tan opacos.
 
La tristeza de B, sin embargo, resplandece de recuerdos, o a lo mejor los inventa, dice el pequeño niño blasfemo, y B pensando a mí me daba vergüenza que me vieran bailar así con tu papá… no te rías, ¿por qué eres tan irrespetuoso, Chicuelo? Porque me parece chistoso, nada más. Pero la tristeza de B no la resuelve ni siquiera el humor negro o ácido a o la mala onda. Ya todo se ha hecho para disipar la tristeza de B, para acabarla de una buena vez, para que desaparezca de nuestras vidas. Y todo, a su vez, ha fracasado. La tristeza de B es de todos.
 
Está acá. ¿Ven?

Y yo diciendo ¿y cómo se hace para conjurar la tristeza de la mamá de uno, Florecita rockera?

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