Poesía

Abdicar de lucidez

Texto leído hace algunas semanas en la presentación del poemario de Mónica Velásquez en Santa Cruz.
domingo, 24 de julio de 2016 · 00:00
Paura Rodríguez Leytón
Poeta

 

Abdicar de lucidez suena como una sentencia definitiva en la que se puede intuir la sombra de una larga meditación. 

Abdicar de lucidez es una determinación radical que se bifurca; por un lado, en un oscuro sendero empedrado de negación de todo lo anteriormente conocido y comprendido. Por otro, en un sendero en el que se puede recorrer un camino de luz alimentado con una feliz inocencia que otorga inmunidad suficiente como para abrazar el fuego y salir sin huella. 

Este verbo de renuncia podría pasar intrascendente si no se tratara de la magnitud del objeto de abdicación: la lucidez. Y al parecer es un tema antiguo en el territorio poético de la escritura de Mónica Velásquez Guzmán. En su anterior poemario, La sed donde bebes, ya podemos hallar algunas señales cuando se acerca escribiendo: Lucidez de hincarse el diente/ morder con confianza y paladeando el propio anzuelo.

La lucidez puede brindarnos la posibilidad del desenfado y la maestría del desdibujo, pues al alcanzar una comprensión lúcida, podemos deconstruir y reconstruir lo mirado, lo aprendido, lo probado, lo mordido y lo pensado. Sin embargo, también podemos enceguecer ante el caudal de luminosidad que nos sea dado. 

El libro de las preguntas es el libro de la memoria/ A los obsesivos interrogantes sobre la vida, la palabra, la libertad, la elección, la muerte, responden rabinos imaginarios cuya voz es la mía, escribió en 1963 el poeta Edmond Jabès, al que ahora la autora acude para abrir su libro con uno de sus versos como epígrafe. 

Y es Jabès el que en esta lectura nos entrega la punta de la madeja que nos permitirá recorrer el poemario de Velásquez, porque todo él, planteado como un ser poético, está signado por obsesivas interrogantes, que sólo pueden ser respondidas o silenciadas por la propia poeta o quizá por la poesía misma. 

Así, el libro se invita a leer como una trampa bien armada, como una red pegajosa que convida al banquete con la ilusión sonora y colorida de un tiempo de arándanos, que es el nombre de la primera parte del poemario. Y el lector se apresta a la suavidad, a la dulzura doméstica. Y no se equivoca, son la suavidad y la dulzura doméstica las que el lector irá encontrando desde el inicio de su recorrido, pero ambas condiciones filtradas por tal amplitud de lucidez que dejan de ser estados planos y gratos para mostrarse como son: terrenos movedizos, aristados de distintas voces y texturas. 

Entonces aparece la poeta como presencia material en una realidad "más real” en la que lo cotidiano se convierte en un gran cuerpo agradando por una resonancia que infesta la pureza, y dicen los versos: las horas quieren derramarse orgiásticas / el instante abre la boca / cada porción en su idioma fluye /nuestro pensar rebasó estiletes / se sabe inminente la caducidad / sin embargo el cuerpo resiste en su deseo / de finitud / acaso / de ritual.

A medida que avanzan los versos, se siente como si se tratara de un intenso viaje por la memoria, un viaje que tiene mucho de vorágine. Es la claridad del dolor humano, la de las enfermedades, de la vejez, de crueldad, de los signos de nuestra condición mortal y precaria que en cada momento nos recuerdan que están allí. Y es este viajar tal, que puede ser un mirarse al espejo. Cito otros versos: para maldecir destino propio como si de otro fuese /para llevarse el dios a la boca mientras no soportamos ver.

En este viaje los signos de lo cotidiano parecen ser un ancla de salvataje, pues aparecen como tablas propicias para rescatarnos del naufragio; es así que Velásquez de pronto sale a respirar y exige que alguien sirva un poco de té.

En uno de los puntos más altos de la lectura, la poeta se pregunta ¿para qué seguir escribiendo? Y entonces vienen nuevas interrogantes; al parecer no sólo es la realidad la que (nos) agobia con su fragor, sino la propia esencia de la escritura, que no parece dar respuesta a tamaña interrogante. Ahí llega a un punto de desamparo pero de ninguna manera autocompasivo, sino más bien de desprendimiento, un desprendimiento tal que intenta exiliar a dios en el sin nombre.

El manejo audaz del lenguaje permite así a la poeta no sólo responderse sino que le brinda la posibilidad de mantener en el aire, como un pequeño planeta, este poemario, rotando sobre su propia órbita, librando su propia batalla de respuestas y preguntas. Batalla en la que al parecer, resulta una opción lúcida "abdicar de lucidez”, pero abdicar para observar de lejos, con la transparencia que permite la lengua poética.  

Y nos dice: Lengua marsupial para nacerme esta pizca que me soy / cómo gatear en garabatos escalando la sombra / será la vida un sitio al que se quiere volver –ayer no más decía /y hoy desmorir en piedra y hoy desnacer en mutismo /cómo requerir cuatro paredes que sean cuatro /un aguacero cobijador de hogares / un lenguaje donde sacudirse la pavura /agitar la ropa llamando un alma, llamando un cuerpo / descolgando el cordón umbilical / de la rama más extensa / de este árbol.

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