Patio interior

Cathay

En su detenido e intenso viaje a la estética y poética del chino, el autor se detiene ahora en el aporte de la traducción de Ezra Pound.
domingo, 31 de julio de 2016 · 00:00
Juan Cristóbal MacLean E.

Escritor
 

Habíamos hablado, en la anterior entrega, sobre la posibilidad/imposibilidad de la traducción de la poesía china. Pero antes de seguir, escuchamos la pregunta: ¿y a qué le viene eso hoy y aquí? 
Pues no le viene a nada. Ni hoy, ni aquí ni en ninguna parte. Se trata de lo que está en todas partes y en ninguna, antes y después. Como en las canciones simples.

El maestro Su Dongpo (siglos XI-XII) dejó algo claro: "El que crea que una pintura representa la realidad, que vuelva a empezar por el parvulario”. A la China o la poética china de la que contamos le pasa algo similar, por lo que cabe recordar las palabras del gran sinólogo Simon Leys: "La China que ahora me ocupa no figura sobre el mapa: es una región del espíritu”.

La frase, o capricho, o pasión de Leys podría redoblarse así: ¿es traducible el espíritu mismo a otra lengua que no sea la suya y que es la única que le permite ser al tal espíritu como es? 

Y si remplazamos la palabra espíritu por la de poema sucede lo mismo. Y resulta que sí hay casos en que dicha traducción se da, con gran felicidad y orillando su propia imposibilidad. Ahí está el caso de Pound traduciendo poesía china. Ahí está un manojo de poemas chinos que publicó con el nombre de Cathay y que entonces, circuló en Londres como "un folleto de dos peniques” y dejó una enorme huella en la poesía de lengua inglesa, sobre todo en la norteamericana.

Elliot Weinberger habla del notable matrimonio que se dio entre la poesía norteamericana y la china. Antes de la traducción poundiana, en efecto, la poesía norteamericana ya parecía lista para recibir esas sorpresas, pues se habían dado casos famosos en los que la china parecía prefigurarse. Ahí está, por ejemplo, este bellísimo poema de Williams Carlos Williams: 

La carretilla roja

tanto
depende

de una carretilla
roja

mojada
por la lluvia

junto a las gallinas 
blancas

No menos orientales, estos ya clásicos dos versos del mismo Pound:

La aparición de esos rostros en la multitud:
Pétalos en una húmeda, negra rama.

En esa tierra ya abonada, pues, es que hizo su irrupción, de la mano de Pound, la poesía china. T.S. Elliot habría de decir más tarde que "Pound es el inventor de la poesía china en nuestro tiempo”. 

Y no solo es que hubiera alguna suerte de afinidad entre ambas poéticas, de naturaleza marcadamente visual (el imaginismo poundiano), sino que lo que Pound hizo con sus traducciones, esencialmente y como lo señala Hugh Kenner, fue "repensar la naturaleza del poema inglés”. ¿Pero cómo llegó a hacerlo Pound, que ni fue un sinólogo avezado ni nunca tuvo un dominio seguro del chino? Esa es toda una leyenda.

Hacia 1914, la viuda de Ernst Fenollosa le hizo llegar a Pound, a Londres, los cuadernos y papeles que su marido había dejado. En ellos estaban todas las anotaciones y apuntes que Fenollosa realizó durante sus años en Japón cuando, fascinado por la poesía clásica china, trató de aprender chino clásico (ya dominaba el japonés) y, ayudado o secundado por los sinólogos japoneses Mori y Ariga, emprendió traducciones parciales de varios poemas. Y fue ese material, ese raído cúmulo de papeles, a veces difíciles de leer, el que le llegó a Pound a Londres, a su barrio de South Kensington. Y Pound, olfateando una gran poesía, se puso manos a la obra.

Pero no olvidemos que Ernst Fenollosa, norteamericano, hijo de un malagueño y una hindú, fue a su vez alguien memorable, al que en su momento Japón le debió, en gran parte, el reconocimiento de su propia cultura y su pasado. 

En sus cuadernos había dejado, debajo de los caracteres chinos, palabras que los traducían al inglés. En uno de ellos, el cuaderno 16avo, se encontraban por ejemplo, para el primer "verso” y debajo de los caracteres chinos estas palabras (que retraducimos del inglés):

azul azul  río  orilla  pasto

Debajo de la palabra orilla está incluso la palabra lado, como otra alternativa. Por razones de espacio no copiamos todo el resto de las líneas. En cuanto a ese primer verso, éste quedó así en la versión de Pound:
Azul, azul es el pasto cerca del río. 

En su fantástico y monumental libro The Pound Era (University of California Press, 1971) Hugh Kenner va mostrando así, verso a verso y comentándolas, las decisiones de Pound, hasta llegar a la versión completa. La traducción al castellano de los poemas de Cathay fue objeto de una tesis de Irene García Villanueva (disponible en internet) y sus buenas traducciones son las que emplearemos aquí. Para el caso de este poema, ésta es la versión completa:

El bello semblante

Azul, azul es la hierba cerca del río
y los sauces han desbordado el jardín cercano.
Y en él, la señora, en el esplendor de su
juventud,
Blanca, blanca de cara, vacila, al cruzar la puerta.
Grácil, adelanta una mano grácil,

Y antaño era una cortesana,
y con un borracho se casó,
quien ahora se va ebrio
y la deja sola en exceso.

Y aún veamos otro antes de comentar más:

KO-JIN va hacia el oeste desde el Ko-kaku-ro,
las flores de bruma se desdibujan sobre el río.
Su solitario navío emborrona el cielo lejano.
Y ahora sólo veo el río,
el largo Kiang, tocando el cielo.

Son, sin lugar a dudas, poemas de una gran belleza simple, tenue y delicada: la que cabía, la que tocaba. Sin embargo, esas traducciones fueron mil veces acusadas de inexactitudes filológicas y metidas de pata (de hecho, en el anterior poema citado, hay un error respecto al río Kiang), aunque también fueron defendidas por sinólogos más atentos a la íntima comprensión poética que a las precisiones académicas. Es que, se dice, Pound captó plenamente el espíritu de los poemas y de la propia poesía china, respetando su ritmo y estructura. Ya en 1913, antes de explorar e involucrarse en esa terra incognita del lenguaje, había dicho:

"Siempre sabría yo qué se consideraba poesía en cualquier lugar: qué es ‘indestructible’ en la poesía, qué es en la poesía lo que no puede perderse en la traducción y, cosa apenas  menos importante, qué efectos no se obtiene más que en una lengua, y resultan totalmente imposibles de traducir”.

Frase profunda y llena de dobleces. Por una parte nos retrotrae a la posibilitación de lo imposible en que su funda cualquier traducción, pero al mismo tiempo nos dice que hay algo, llamémoslo con toda facilidad Lo Poético, o la poesía misma, que salta, y salta poderosamente, en cualquier lenguaje, o escritura -en cualquier lugar- dice Pound. Y si a veces es absolutamente intraducible, se lo escucha igual. 

¿Y cómo hemos de entender ese cualquier lugar en el contexto de esta China que inventamos? Pues no hay donde perderse: el lugar es el paisaje. La pintura o la caligrafía del paisaje. ¿Pero qué era el paisaje para ellos, en tanto que vibración no-geométrica, no calculable de la tierra sino como una geomancia emparentada con el orden del cosmos y el del alma?

Ya veremos.

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