Entrevista

Lola Larra: novela gráfica y consignas

Los hermanos Claudia (Lola Larra) e Iván Larraguibel llegarán por vez primera a Bolivia trayendo en mano su novela gráfica Al sur de la alameda. Diario de una toma, una ficción acerca de la “revolución pingüina”.
domingo, 21 de agosto de 2016 · 00:00
María José Ferrel Periodista

 

La literatura, el diseño y el arte se fusionan en el trabajo de los hermanos Claudia e Iván Larraguibel, quienes estarán en La Paz el 9 y 10 de septiembre en el marco de la XXI Feria Internacional del Libro, en la que darán una conferencia sobre "novela híbrida” a partir de su experiencia en el proceso creativo -en texto e ilustraciones- de su obra Al sur de la alameda. Diario de una toma. Además darán un taller sobre consignas y carteles, para estudiantes de 12 a 17 años.

"Supongo que escribir se trata de volver a tu lugar, de encontrarlo. Los lugares, y lo que vives en ellos, subyacen indiscutiblemente en lo que escribes, aunque hagas ciencia ficción o fantasía y no literatura realista”, comenta desde Chile Claudia, que escribe bajo el seudónimo de Lola Larra.

Y se refiere a su amplia experiencia en Venezuela y España, donde residió por largas temporadas. "Aunque en todos esos lugares se habla español, se habla distinto. Y eso ha permeado en lo que escribo, por supuesto.
 
Cuando mi familia tuvo que salir de Chile por culpa de la dictadura  tenía 5 años y solía ser muy parlanchina. Pero al llegar a Caracas me quedé muda. Cuando volví a hablar lo hice con acento venezolano. En España, que fue donde comencé a escribir, sufrí una segunda ‘transformación lingüística’, y me puse a escribir como española, usando los tiempos verbales, los modismos y las palabras más castizas. Ahora, al regresar a Chile, he suavizado esa cosa ibérica, tanto al hablar como al escribir, y tal vez por fin haya encontrado mi propio lenguaje…”, agrega.

 ¿Cómo nació Al sur de la alameda?

Cuando regresé a Chile en 2006 visité algunas de las tomas de la llamada Revolución Pingüina, pensando hacer un reportaje y tomé muchos apuntes en una libreta. Dos años más tarde recuperé esas notas y comencé a escribir la novela. Pero al empezar no estaba pensando en reflejar un momento histórico, quería algo mucho más sencillo. Quería contar cómo era una toma por dentro: el día a día, las rencillas, cómo hacían para comer, organizarse, dormir.

Y lo que me hizo el click para escribir una novela fue que la toma me pareció una escenografía literaria fascinante, me atrajo aquel microcosmos en el que los adultos éramos unos intrusos. Es decir, mis razones no eran aún políticas ni comprometidas, sino puramente literarias. Yo no estaba pensando en la justicia social ni en la educación como un derecho. Estaba pensando en El señor de las moscas y en La invención de Hugo Cabret. Pero todo fue cambiando cuando comenzó mi trabajo con Vicente Reinamonte, el ilustrador. Allí le tomé el peso a lo que estábamos haciendo. Gracias a él y también a mis editoras. En el año y medio en el que trabajamos juntos en el libro, me di cuenta de que lo que nos enseñaron (o nos recordaron) los estudiantes de secundaria en 2006 es que no basta con la felicidad individual, que el bien común es algo de lo que no podemos prescindir. Y esa toma de conciencia, ese paso, esa transformación de lo individual a lo comunitario, de lo privado a lo público, es finalmente lo que le sucede a Nicolás, el protagonista de Al sur de la alameda. 

Ya de por sí una novela gráfica es interdisciplinaria, pero ¿de qué otras vertientes se nutre su obra? 

En los últimos cinco años, desde que nació mi hijo, me cuesta más ir al cine o al teatro. Antes iba al cine tres o cuatro veces a la semana. Me gustaba ir en la mañana, cuando hay poca gente, cuando al acabar la película aún sales a la luz del día, y ésta te enceguece y te das cuenta de que has pasado dos horas en otro mundo. Antes también era una acólita de festivales de música y de teatro, ahora menos. 

Leo mucha ficción: novelas de todo tipo, para grandes y chicos, muchas policiales, históricas, de autores clásicos, de consagrados y de noveles. Leo libros de historia, leo ensayos científicos, crónicas periodísticas, libros ilustrados para niños, novelas gráficas… todo lo que cae en mis manos.

Muchísimos de esos libros han influido en cómo escribo y también en cómo vivo o cómo deseo vivir. Desde mis primeras lecturas, aquellas series para jóvenes de Enid Blyton o los relatos de Conan Doyle o las novelas de Susan E. Hinton, pasando por la literatura latinoamericana del boom, hasta autores a los que siempre regreso, como Patricia Highsmith, Marguerite Duras, Salinger, Capote, Fitzgerald, o descubrimientos de los últimos años, como Emmanuel Carrère, Javier Cercas, J.M. Coetzee, Alice Munro, Nona Fernández, Pedro Lemebel… es imposible nombrarlos a todos.

¿Qué puedes adelantarnos de la charla y los talleres que darán en Bolivia?

De las actividades que hemos realizado en torno a la novela, el taller de consignas es una de mis favoritas. Se trata de revisar las consignas que se han inventado y usado en algunos de los movimientos estudiantiles desde un punto de vista literario, ver los valores literarios o poéticos que pueden tener consignas del mayo parisino del 68, o de movimientos más actuales.

Después  se conversa con los estudiantes para que ellos creen consignas sobre temas que les afecten, temas muy concretos de su comunidad o temas más universales… lo que quieran. Y luego las ponen en página, en pancartas, con ayuda de Iván en el diseño, en la tipografía y en la selección de colores.

 ¿Cuáles son tus referencias sobre Bolivia?

 A Edmundo Paz Soldán lo he leído bastante, pero supongo que eso lo dirán todos, jajajaja. Es que publica mucho en prensa, y desde que yo vivía en España lo he seguido. Cuando trabajaba como periodista de cine, vi Jonás y la ballena rosada y Cuestión de fe en el Festival de Cine de San Sebastián… ¿No es vergonzoso que estando tan cerca sepamos tan poco los unos de los otros?

Necesitamos tener lazos mucho más estrechos entre los países latinoamericanos. El mundo editorial latinoamericano, después de aquella época de oro de las grandes y clásicas editoriales argentinas y mexicanas, perdió su identidad, su pujanza y también el poder de intercambio entre pares. Empezamos a ver, y a tener siempre como referencia, el mundo editorial español, y entonces nos enterábamos de lo que hacían nuestros vecinos sólo si se publicaba en España. Leíamos escritores latinoamericanos sólo en ediciones españolas.
Pero las cosas están cambiando: hay alianzas entre pequeñas editoriales latinoamericanas que se juntan para publicar a un autor o para colaborar entre ellas y poder distribuir sus libros en varios países. A mí eso me tiene muy esperanzada; es una maravilla ver cómo va desapareciendo esa sordera, esa imposibilidad de comunicarnos entre nosotros. Es muy incipiente, pero yo creo que cada vez nos acercaremos más y, en ese sentido, instancias como la feria del libro de La Paz nos permite tener un contacto que es muy importante y muy necesario.


 

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