Ficción

Epilepsia

Ofrecemos uno de los cuentos de Confesiones de una oficinista, de Carmen Huarachi, que acaba de sacar Correveidile.
domingo, 11 de septiembre de 2016 · 00:00
Carmen Huarachi Caro Escritora

 

El tigre ha pintado una raya más en su cuerpo, hay una línea más y nadie lo ha tomado en cuenta; el felino con su persistente apego a los colores, no sabe definirse, a veces piensa que es amarillo y otras veces piensa que el negro es su verdad, su color.

La selva entera sabe que el tigre rugirá en  la noche, sabe que hay que estar alerta para poder aprovechar y vencerlo, sabe de la debilidad del tigre. Si fuera una hiena, adquiriría nuevos sentidos, no existiría otro motivo que el existir y ladrar las depresiones preexistentes dentro de la animalidad, pues la torpeza y el cansancio no son lo bastante enormes como para no poder vivir.

Pero cuando el tigre sabe que tiene colmillos poderosos, garras fuertes, velocidad de guepardo y belleza de pantera, se crea un vacío. El tigre llora dentro de sus ojos, que también son amarillo y negro, llora su independencia y llora su dependencia y nadie nota los borbotones porque son transparentes, porque su esfinge es fuerte y su figura, respetable. Y la selva sigue su curso y las serpientes siguen rayando el suelo, escribiendo memorias in- necesarias porque ellas sólo tienen el color hermoso, y las ardillas siguen saltando porque tienen la esperanza de hacerse ricas con la legendaria nuez de oro. El tigre camina erguido, pasea, piensa y es feliz cuando se contempla en el Lago de la Indiferencia ya que los peces siempre pasarán y sólo viven para comer, hablan poco, sólo lo necesario y de su mundo.

Él vio morir y dio muerte, sintió que esa muerte era eterna: la víctima caía, gritaba su dolor, botaba espuma por la boca, al morir emitía el grito final y ya jamás se levantaba. (Él sí).

¿Cómo era entonces que él no viviera la muerte eterna? ¿Cómo era posible sentir que la realidad se alejaba, que tenía los temblores tan parecidos a los de la agonía, y después de vivir- lo despertar nuevamente? ¿Cómo era posible que cuando su boca se llenaba de sangre por morderse la lengua al no poder controlar sus convulsiones, revivía nuevamente?

¿Por qué?

Y la selva sigue sonando. Los búhos siguen pensando, las águilas diagnosticando. Los cuervos, decepcionados, se alejan una vez más, porque una vez más no hay cadáver putrefacto.

La luna se enciende más que nunca, se escucha su rugido lastimero, algunos sonríen incómodos, otros se alegran por su vergüenza. El tigre está solo con su ataque de epilepsia, y solo él sabe que aumentará una vez más una raya de su cuerpo. La raya del tigre que es la cicatriz de su alma, su línea invisible y tratada de olvidar.
 
Cuentos extraños y palpitantes
Manuel Vargas

Confesiones de una oficinista no es una autobiografía que se desarrolle en el mundo de la burocracia urbana. Tampoco un texto de las intimidades eróticas que pudieran transcurrir entre bambalinas o tras mamparas oficinescas. Tampoco son confesiones. 

Éste es un libro de cuentos, extraños y palpitantes, escritos por una mujer que de pronto se ubicó, sin más vueltas, a la entrada del siglo XXI. Y aunque me caigan como piedras todas las críticas de los teóricos puros y razonables entendidos, que dicen que una buena literatura no tiene sexo, este libro no podría haber sido escrito por un hombre. Fue escrito, y vivido y sangrado y bebido y representado, por una mujer llamada Carmen Rocío Huarachi Caro, natural de cualquier rincón del mundo, pero que tuvo la ocasión -o fue el azar o el destino- de nacer y crecer en alguna ciudad boliviana como Sucre, o como La Paz, donde actualmente vive.

Pero hay algo claro. Estos cuentos no transcurren en una ciudad conocida. A lo mucho en un anónimo dormitorio, en una cantina o en una placita con mirador. Más bien, para seguir con el lugar común de estos tiempos, estas Confesiones de una oficinista transcurren, triste, alegre, impunemente, en el cuerpo y la mente de una mujer.


 

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