Crítica

A propósito de Sombras de verano

Texto leído en la presentación del nuevo libro de cuentos de Guillermo Ruiz Plaza, una de las novedades de la editorial 3600 para la FIL 2016.
domingo, 11 de septiembre de 2016 · 00:00
Fernando Iturralde Literato
 
En su libro Culturas shakesperianas: teoría mimética y Latinoamérica, el crítico brasileño Joao Cezar de Castro Rocha analiza las razones por qué Machado de Assis es el escritor más importante de lengua portuguesa, no sólo en el Brasil decimonónico sino en la historia misma del idioma. 

La argumentación que sigue le obliga a crear un concepto que dice tomar de una idea de René Girard. Se trata de la idea de una ética de la emulación. Se refiere a la capacidad de imitar a los grandes maestros y al momento en que, una vez conseguida una técnica similar, un autor novel desarrolla con estilo propio temas personales. 

Sin postular que Guillermo Ruiz sea nuestro Machado, podríamos afirmar que su escritura responde de forma muy cercana a la lógica de la ética de la emulación. 

Se trata efectivamente de un esfuerzo por regresar al clásico modelo renacentista de la imitación del maestro para sobrepasarlo en su arte. Modelo que fue abandonado y vituperado por la estética romántica que pretendía innovar a toda costa e imponer de ese modo una "alergia imitativa” sobre cualquier empresa creativa. Hoy sabemos, sin embargo, que la imitación no tiene nada de intrínsecamente negativo y que, de hecho, es imposible saber hacer algo o aprenderlo sin un principio de imitación. 

Así, este mismo principio imitativo funcionaría a nivel de la literatura dando lugar a lo que Harold Bloom designó como la "angustia de las influencias”. Es el punto de tensión en el cual la imitación da un paso más allá de su primer modelo y consigue crear algo distinto. Así, la mentira romántica que pretende que algo pueda ser creado de la nada, sin recibir influencia alguna (es decir, sin imitar nada), conduce simplemente a un experimentalismo que no nos enseña mucho sobre la realidad humana. 

Ahora, la tradición de la que bebe Ruiz es evidente: Cortázar, Buzatti, Camus,  Borges, Ryunosuke, etc. Es decir, es una tradición canónica (valga la redundancia. En este sentido, la noción que tomamos prestada a Castro Rocha cuadra bien: la emulación se dice siempre del clásico y no de lo nuevo. 

La pregunta, por lo tanto, es en qué medida la escritura de Ruiz posee los rasgos clásicos de los cuentistas mencionados y, además, agrega algo propio. En lo que sería una opinión personal más que un juicio propiamente crítico, podría decirse que lo que le da un plus a la narrativa de Ruiz es la capacidad de incorporar su realidad personal, es decir, los aspectos bolivianos y familiares de su vida. 

De este modo, no sólo elementos bolivianos o paceños son incorporados con la técnica cuentística latinoamericana clásica, sino que además aspectos del mundo íntimo, personal y familiar son parte importante de la narrativa. Estos aspectos son dejados de lado por los románticos del hampa y de la marginalidad. Está claro que buena parte de la narrativa boliviana contemporánea gira en torno a sectores sociales que se caracterizan por su alteridad con respecto al sistema que los excluye. Los resultados no son nada malos en la mayoría de los casos (desde Spedding hasta Urrelo, pasando por Viscarra, Portugal y Piñeiro). Pero es sintomático que se quiera ignorar la propia realidad, el propio origen (clase-mediero siempre, por eso literario) del escritor en favor de una realidad que apenas se conoce de oídas o por experiencias reales que no duran mucho (salvo en casos de estudio etnográfico o cuando se decide adoptar el modo de vida estudiado).   

De este modo, el interés crítico de la obra de Ruiz, además de la excelencia narrativa y la indagación en los recovecos de la psique humana, se encontraría en la diferencia que representa con respecto a la corriente que romantiza la marginalidad, el hampa, la pobreza, el crimen, etc.
 
No es que esto sea malo o que ya esté totalmente gastado; sino que es sintomático que algunos autores centren su ficción en la marginalidad o en elementos que son propios del atraso de un país, en vistas de llegar mejor a los lectores. Me refiero al hecho de que se mitifique de algún modo a la pobreza y al subdesarrollo como si fueran dignos de una consideración turístico-literaria, es decir, como si fueran dignas de ser conservadas por su valor exótico. 

Habría que sugerir la idea de que, mientras una ficción se orienta por buscar su inspiración en el mundo inalcanzable, pero siempre mitificable, de lo marginal boliviano; existe otra ficción que se concentra en lo más cercano a su lugar de enunciación. Es en esa cercanía que se busca lo atractivo de la narración y ya no en lo que es ajeno y extraño al autor. Pienso sobre todo en los cuentos de Colanzi, algunos de Rivero y en otros tantos de Alfonso Murillo. Eso en cuanto a libros de cuentos completos. En cuanto a cuentos individuales, hay otras tantas menciones posibles (pienso, por ejemplo, en el intimista cuento de Virginia Ruiz, ganador del Tamayo). 

No es que una línea sea buena y la otra mala, no es que una esté desgastada y ya aburra y la nueva innove absolutamente (eso sería recaer en la mentira romántica que criticamos al principio); no, simplemente se trata de reflexionar en términos sociológicos sobre cuáles son las causas y consecuencias de un acercamiento tan distinto a una realidad que parecería ser la misma (digamos, la de la plurinacionalidad boliviana). 

De ahí que nos parezca fundamental para la crítica literaria boliviana abordar cuentos como los de Guillermo Ruiz pues están a contrapelo de una tradición muy celebrada de nuestra literatura y se inscriben en otra tradición que no sufre carencia alguna de talentosas plumas. Una vez más, no se trata de oponer maniqueamente una vertiente contra la otra, sino de leerlas,  estudiarlas y analizar cómo es que una puede encontrar lo fantástico, misterioso, extraño en lo hogareño, íntimo o cercano mientras que la otra lo encuentra en la otredad, en lo marginal y lo ilegal.

Por lo demás, si apelo aquí a la crítica más que a los lectores "de a pie” es porque insisto en el desconocimiento entre escritores bolivianos y lectores bolivianos. Si algo se lee en La Paz, si no en Bolivia, es seguramente lo que se compra, y si algo se compra, son los libros baratos del pasaje Núñez del Prado o del sector de libros del Mer-Lan. En ese sentido, no estaría mal fabricarnos unas versiones piratas de los anteriores libros de Ruiz (El fuego y la fábula y La última pieza del Puzzle) para que podamos hablar en un futuro de éxito comercial o de una lectura de sus cuentos por parte de la población boliviana.

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