Patio interior

Lenguas, vueltas y fracturas

A modo de recapitular su avance -esta columna mensual es un todo, naturalmente- el autor reivindica el constante retomar sobre lengua y poesía, poesía y lenguaje.
domingo, 30 de abril de 2017 · 00:00
Juan Cristóbal MacLean E. Escritor

 

Habíamos terminado por preguntarnos sobre las lenguas, su profusión y su desaparición, su aprendizaje o su olvido, tras antes habernos asomado, aunque muy de lejos, y en relación sobre todo con la poesía, al romanticismo alemán primero, luego a la lengua china (versión mandarín o la que corresponda), que también ignoramos pero de cuyas particularidades hicimos el intento de percatarnos. 

De tal forma, habíamos llegado a inquietarnos sobre la singularidad de cada una como visión de mundo, como filtro, amplificador, matizador o recortador de los alcances, virtualidades y posibilidades del propio conocimiento y sin dejar de inquietarnos, tampoco, sobre la existencia de alguna posible universalidad oblicua a todas las hablas, sobre las posibilidades de la traducción y la existencia de algún espacio intersticial entre los lenguajes.

Siguiendo semejantes derroteros, habíamos acabado enterándonos de la desaparición de una lengua, la de los atures del Orinoco y que ya sólo un loro hablaba y que Alexander von Humboldt procuró transcribir percibiendo, en los graznidos del ave, palabras perdidas ya para siempre. Y luego nos habíamos topado con el idioma piraha, también de la Amazonia sudamericana, para enterarnos   que esta lengua es un caso extremo de la singularidad idiomática, hasta el punto de cuestionar los postulados de ciertas lingüísticas.

En este deambular entre las lenguas y que por momentos nos llevó por recodos tan dispares, podría parecer que hubiéramos perdido el hilo o nos hubiéramos alejado mucho de nuestra interrogación inicial, planteada hará unos 30 números de estas entregas y de enunciación tan simple: ¿qué comprende la poesía? ¿Qué es comprenderla? ¿Cuál es la comprensión poética, si tal hubiera? Las diversas pistas que fuimos siguiendo en pos de esas respuestas nos llevaron incluso a toparnos con textos exhumados, filólogos viajeros, rescoldos de lenguas muertas o las "eternas” dudas y esperanzas planteadas por el tema de la traducción. Mas por mucho que nos hayamos ido por inesperadas ramas, sabemos también que, al interrogarnos y preguntarnos sobre hechos de lenguaje y traducción, no nos hemos alejado un ápice de la poesía. ¿No es acaso en el lenguaje que ella se ejercita y tiene lugar, no es el lenguaje, justamente, su principal campo de despliegue, batalla y efectuación? Sin hablar de que también, en muchos poetas, ya sean Hölderlin o Mallarmé, sea esencialmente el lenguaje el centro de su reflexión, su política y su práctica poética. Un pensamiento del lenguaje es solidario, dice Meschonic, de un pensamiento de la literatura. De tal manera, conviene que avivemos nuestra atención hacia el lenguaje, conviene que aprendamos a asombrarnos debidamente ante su solo hecho, tan indisociable de nuestro propio ser.

Por otra parte, tampoco es que, para acercarse a la poesía, una reflexión deba internarse en la lingüística, en la misma medida en que ningún poeta tiene que leer a Saussure, así como ningún lector que goza de la poesía está forzado, digamos, a conocerse antes la obra de Heidegger sobre Hölderlin. Sin embargo en el campo de las aventuras intelectuales, y en gran parte debido al internet, ahora cualquiera tiene al alcance de la mano gigantescas bibliotecas virtuales en todos los órdenes. Paralelamente se vive, como nunca antes en la historia, dentro de una "situación mundial” dentro de la que se está inmerso con una fuerza y evidencia tales que antes solo estaban al alcance de los trenes de cercanías. 

Encima de ello y en la medida más o menos escasa que uno lo entiende y sobre todo atendiendo lecturas de divulgación y similares, los mismos campos científicos y técnicos no paran de cruzar umbrales inimaginables, mientras las teorías conocen nuevos límites y formulaciones. Entre semejantes enjambres y yendo, además, a gran velocidad, hoy resulta tanto más conveniente, e incluso recomendable, disponer en alguna medida de las afiladas herramientas cognoscitivas que se poseen. 

Puestas así las cosas, destaca una figura tan tajante e incluso radical como la de Henri Mechonic y sus posiciones teóricas. Este soberbio poeta y traductor (nada menos que de la Biblia) francés, produce paralelamente un constante debito teórico que nunca deja de asombrar al mismo tiempo que a veces uno no sabe (por lo menos yo), hasta dónde seguirlo en sus radicales afirmaciones.
Según éstas, en todo caso y siguiendo una lista larga ocurre que lenguaje, política, "historicidad”, poesía, vida y sociedad están inextricablemente ligados de una forma tan radical que cualquiera de los campos afecta directamente a los otros. Y, en tanto que poeta, el pensamiento de Meschonic gira sobre todo en torno al lenguaje, exigiendo nuevas disposiciones: "Los pensadores del lenguaje, aquellos que inventan un pensamiento del lenguaje, son de hecho artistas del pensamiento, por la invención de una escucha que transforma lo desconocido en conocido, y lo que se creía conocido en desconocido, inventa rigores nuevos, una historicidad nueva. En relación a ella, los formalismos son cientifismos. Relleno. Medidas para tranquilizar” (en: https://mescho.hypotheses.org/tag/humboldt)

Con tal talante, no es extraño que para Meschonic, Humboldt sea uno de esos artistas del pensamiento y que no vacile en entonar una fuerte reivindicación del gran personaje, cuyas reflexiones sobre el lenguaje (encontrables en inglés en internet) rebasan con mucho el cajón en que a veces se lo quiso poner y dar por liquidado. Entre otras cosas, para Meschonic, Humboldt "es sin duda el primero, tal vez, en haber hecho una teoría del lenguaje que sea una antropología”. 

Asimismo, él habría pensado en la continuidad entre la poesía y la prosa, "de la prosa como de la poesía y que toda la tradición dualista esconde, porvenir inexplorado de la poesía y la teoría”.
 
Lástima que Meschonic no dice dónde ir a buscar semejantes ideas en Humboldt. De cualquier forma, todo este rodeo justifica una vez más la continuidad existente entre la pregunta por la poesía y la pregunta por el lenguaje. El hecho de que se haya traído a colación el cruce entre lingüística y antropología, finalmente, nos enfrenta irremisiblemente y de hecho, ya, a una situación con ribetes lacerantes, y que se da, inescapablemente, en un lugar como Bolivia, donde coexisten tres lenguas mayores (castellano, aymara, quechua) y cierto número, a estas alturas no sé si indeterminado, de lenguas "menores”, con varias de ellas abocadas a su extinción-todas ellas en conflicto. De sus fricciones, campos limítrofes, avances o retrocesos de unas lenguas sobre otras, fracturas, riesgos de extinción o mezclas y averías, es algo de lo que no podemos escaparnos ni ignorar dentro de estos contextos. Ya seguiremos con ello.

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