Crónica

El año 1932 ha sido delicioso…

“…Pero ahora viene uno mejor: el 33 que es Año Santo”, es el complemento del largo titular que Céspedes escribió en El Universal. Esta es una de las crónicas recuperadas por Baptista Gumucio para el libro Augusto Céspedes en El Universal y La Calle. Una de las que no entraron en Crónicas heroicas de una guerra estúpida.
domingo, 7 de mayo de 2017 · 00:00
Augusto Céspedes Escritor y periodista

 

La tierra vive una hora intensa. Este año 1932 que se va y que pertenece a los años febriles de la historia contemporánea, ofrece en la sucesión cinematográfica de sus doce meses una visión de locura, nunca interrumpida por la serenidad de una tregua. La marcha de la humanidad ha tomado una celeridad incorregible. Fiebre, vértigo, epilepsia de las cosas presentan ante los ojos un cuadro fantástico de belleza cruenta, como el ensueño de un pintor novecentista: en primer término los obreros de mandil de cuero u over-all, más allá las grúas, los elevadores, los vehículos enormes, las chimeneas y los bosques de mástiles. Y al fondo las siluetas rectangulares de los rascacielos. Y arriba, como una concesión a la poesía que huye, el vuelo lento de los dirigibles y el vuelo múltiple de las escuadrillas de aviones.

Esta es la imagen del progreso. Para ser la de 1932 tendríase que añadir el perfil sombrío de los obuses y las llamaradas del incendio del Asia y de América.

De todos modos, vivimos una vida veloz y febril. Felicitémonos. Cuanta más frecuente sea la vibración que estremezca el planeta será mayor la cantidad de vida que hayamos vivido. En las edades decadentes como la actual se revelan fuerzas y matices que nunca habrían aparecido en la superficie de un mundo terso. El nuestro viene a ser ahora, para el hombre y para la humanidad, un mundo en pubertad sobre el que se insinúan ignotas posibilidades, presentimientos inefables, temblores inéditos, repletos de las misteriosas fuerzas que componen el porvenir. El mundo necesita camisa de fuerza.

La política del año se desenvuelve sobre las diversas maneras de interpretar el hambre. En este sentido Stalin tiene una y Hoover otra, y Ghandi otra, resultando de todas que los individuos mueren inevitablemente.

La manada de lobos errantes desde 1914 sigue vagando temible por las llanuras del Asia y para satisfacción nuestra, por los bosques de América. En Europa, Hitler, jefe de los nazis y Mussolini presidente de los locos de Italia, procuran también de todos modos traer sobre territorio europeo el furioso galope de los esqueléticos caballos del Apocalipsis.

Y lo hacen porque consideran que ese es el único medio de salvación que les queda para no pagar sus deudas a los Estados Unidos, exactamente como un tramposo profesional que antes de pagar la cuenta mete "boche”. Y realmente, parece que no hay otro. Sin embargo, se quiere abrir nuevas conferencias de reparaciones, revisando el plan Young que fue consecuencia de la revisión el plan Dawes. Con todos los planes posibles, las naciones europeas están partidas por el eje.

En España: nueva Constitución, seguramente más amena que la anterior. En Italia: décimo aniversario desde la fecha en que los italianos son felices, gracias a habérseles suprimido el pensamiento y la voluntad, depositadas ambas facultades en poder del Duce.

Los rusos también son muy felices, la mayor parte porque ya no existen. China y Japón: la primera no tiene más remedio que creer en la Liga de las Naciones, entretanto que el segundo no necesita de lo mismo porque puede quedarse con la Manchuria sin ayuda de la Liga.

Estados Unidos: 11 millones de desocupados, después de tener todo el oro del mundo y todos los deudores del mismo. Sustituido Hoover con Roosevelt, que es lo mismo que cambiar naranjada por limonada, se ha de derogar la ley seca, para que los desocupados puedan beber, pero sin esperanza de comer.

En Sudamérica ya tenemos guerra. Aunque el territorio no esté poblado ni en la centésima parte de lo que pudiera estar, tanto Bolivia y el Paraguay, como el Perú y Colombia, disputan territorios.
 
Los dos primeros países han conseguido ya hacer matar a algunos de sus habitantes en pago de este modesto lujo.

Entretanto, en todos estos países la falta de oro y plata y de trabajo y, de artículos de primera necesidad, crece en proporción incomparable. El modo de solucionar esos problemas parece que no es otro que el de la guerra, según opinión de los estadistas sudamericanos partidarios de curar el dolor de cabeza con el procedimiento de separarla del tronco. Parece que este es también sistema persa.

Es posible que aquellos estadistas quieran aplicar a los males económicos de sus pueblos el principio del "similia similibus curantur”, es decir, que si las naciones tienen hambre, hay que duplicar esa hambre para que ya no la sientan. Adiós al año.

Estas cosas pudieron haber sucedido en otra forma o no haber sucedido, porque todo lo domina la diosa casualidad. Sin embargo, la estupidez humana hacía prever que llegaríamos a este estado de descomposición psíquica. Dejémoslas partir con el año que se va, y esperemos las revelaciones de 1933.

No es prudente predecir el futuro cuando no se es profeta. Hay que limitarse a esperarlo con la actitud amable y suave con que se debe esperar la sucesión inefable de todas las cosas. Ya lo dijo Anatole France. Y no juzguemos el tiempo por su poder histórico o por el número estadístico de sus asesinatos. Veámoslo en nosotros mismos, en la voluptuosa y ligera melancolía que deja, formando parte de nuestro ser, al irse, y en la aspiración plenaria a una vida más amplia y más profunda con que se anuncia al venir, como vendrá este año de 1933, bautizado de sangre y al que habría sido más grato verlo nacer en un mundo estupendo por su poder creador, por su impulso veloz, por su actividad amorosa de todo lo nuevo, por su inquietud de 400 millas por hora, por su arte pleno de movimiento y alegría, por su literatura centrífuga y por su espíritu, que bate el récord de audaz  ascensión de todos los espíritus de mundos anteriores.
(30 de diciembre de 1932)

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