Patio interior

Tres poemas chinos

domingo, 25 de junio de 2017 · 00:00
Juan Cristóbal MacLean E. Escritor

 

Retraducidos de las versiones al inglés de Kenneth Rexroth, los dos primeros son de la poeta china SunYün-Feng (1764-1814) y el último de Du Fu (712-770).

Pasando por Chang-Te

El viaje del año pasado quise este lugar.
Hoy me gusta volver  aquí.
El mercado de pescado se sumerge 
en azules sombras.
Veo elevarse el humo del té
desde el techo de paja
de una posada.

Las arenas del río y sus playas
se hunden en la blanca luna.
Los juncos de la orilla
aguardan verdes primaveras.

Pasa un poema dentro mío.
Hago parar un rato 
el carruaje.

Yendo por los cerros

Viajo llena de añoranza 
por culpa del Viento del Oeste
y con la polvareda de mi carro que se eleva 
hacia las nubes del poniente
cuando ya zumban las últimas cigarras
entre las hojas amarillas.

Al ponerse el sol la sombra de un hombre
se agranda como un cerro.
Uno a uno los pájaros se esfuman.

Voy vagando sin dirección
Y nunca voy a casa.

Me detengo ante un arroyo y envidio al pescador
Sentado a sus anchas en su soledad 
embebido en elegantes pensamientos.

El palacio de la flor de jade

Se enrosca el arroyo. Susurra el viento
entre los pinos. Escurridizas ratas
sobre los mosaicos. ¿Qué príncipe, hace mucho
construyó este palacio, ahora en ruinas
junto a los peñascos? En sus negros cuartos
fantasmas de hogueras. Los destrozados empedrados
ya sólo rastros. Diez mil instrumentos
silban y rugen. La tormenta dispersa
las enrojecidas hojas del otoño.
Las muchachas que danzaron
son polvo amarillento. Desvanecidas
sus mejillas maquilladas. Idos sus carruajes
de oro y también los cortesanos. De su gloria 
sólo queda un caballo de piedra.

Me siento en el pasto y empiezo un poema
pero me sobrecoge la emoción. El futuro
imperceptible se desdibuja. ¿Quién 
puede decir qué traerán los años?

Despedida. Hados y letras

Entre las definiciones de revistas, suplementos y afines, la de Gabriel Zaid es una de las más prácticas y que mejor cuadra con sus efectos: que sirven para elevar el nivel de la conversación ciudadana. Con la desaparición de LetraSiete, dicho nivel amenaza con bajar entre sus lectores, por mucho que lo haga en un grado mínimo y casi metafóricamente. Pero el problema no solo es de los lectores aficionados, para algunos de los cuales, iluso imagina uno,  disminuirá ahora el sabor de los domingos. El problema, quizá mayor, es más bien para todos los que escribíamos regularmente en el suplemento y que somos, no cabe duda, los primeros damnificados. ¿Qué haremos ahora? ¿Nos ofrecemos en masa y otra vez gratuitamente a seguir
escribiendo/publicando en otra parte? ¿Cuál? ¿En otro país imaginario? ¿Dónde llevamos nuestra charla?

Eso es lo malo de los que crecimos a la sombra de periódicos, suplementos, columnas, etc. La maldita y dichosa suerte de quienes tuvimos que entregar la página hasta tal hora y punto. Y lo haces. No habiendo eso, quitado el compromiso y la pequeña obligación así autoimpuesta, que inmediatamente ya se ponen a rondar las sombras de la pereza, la dispersión, la procrastinación.
 
Habrá otros, seguramente, que dirán que escribir les arde tanto que no importa, que no pararán.
 
En cuanto a mí concierne, debo confesar que ese no es mi caso. Lo cierto es que escribo solamente a la fuerza, solo tras haber sorteado todos los pequeños pretextos con que ir postergándolo, con una especie de furtiva indisposición. Eso sí, ya puesto uno a escribir y adentrado en las líneas, de pronto se halla cabalgando un potro veloz y arisco, al galope o a punto de caer, pero inventando otro horizonte, recorriendo senderos que uno mismo desconocía, sintiéndose vagabundamente cumplido al hacerlo. 

En todo caso, ¡fue muy precioso, hasta ahora, sentarse en torno a la hoguera tipográfica! Con Rodolfo Ortiz, Omar Rocha, Gabriel Chávez, Alan Castro, Martín Zelaya y tantos más (horror: ¡puro hombres!)…

Ahora, apagada esta hoguera, quizá yo mismo resulto ser el que más corre el riesgo de enfriamiento y consiguiente bajón de temperatura, pues lo que vine haciendo en mi columna, Patio interior, en realidad y simplemente era escribir un libro por entregas. Hasta la anterior, todas ellas juntas y apretadas sumaban 97 páginas y media.  Normalmente, con la de hoy hubieran superado las 100 páginas. Pero la entrega de hoy no cuenta, pues ya no pertenece a la misma serie. El tema que hubiera tocado dentro de ella (ya escrito hasta la mitad, con el título de "Oralidad, escritura y paraíso”), hubiera sido más árido y urgentemente necesitado de continuación, así que no convenía ponerlo. Cabe solo despedirse.

Aparte de esa referida dubitación personal, y tomando muy en cuenta el desastre al que nos vemos enfrentados los antiguos escribientes de este ahora exsuplemento, no hay nada, como de costumbre en las horas malevas, que afrontarlas con unos latinajos. Por ejemplo este aforismo medieval:

Quod vitare nequis, audacisuspice mente, que es algo así como: ¡ya que jodida la cosa, con audacia piensa algo!

¿Y tendré yo mismo entonces la audacia necesaria para seguir por mi propia cuenta, parte a parte escribiendo ese libro, cuyo plan general y mapa estaban ya más o menos  claros?

Nada es seguro. Sin embargo nos queda, a todos los damnificados, confiar en las palabras de Virgilio:"Fataviaminvenient”. Es decir: Los hados encontrarán el camino. ¡Salud!

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