MIRABILIARIO

domingo, 4 de junio de 2017 · 00:00
A la mujer  que conocí en el psiquiátrico

A Pauline Boyer

Cuando te conocí un huracán abría las puertas de la locura  y de tu pelo volaban pájaros en dirección al sol.    
                                     
Éramos felices desnudos bajo la lluvia y nos besábamos en los consultorios cuando salían las enfermeras.

Yo creía en ti y tú creías en las mariposas blancas que nacen del corazón de los epilépticos.

En los huertos recogíamos frutos junto a los pacientes y jugábamos a liberar pájaros que volaban y cantaban en nuestras manos.

Y no podíamos parar de reír y reír frente a la muerte, cada vez que en un rostro enfermo admirábamos salir el sol. 

Entonces fueron los internos en silla de ruedas que nos enseñaron a amar las flores amarillas 
y yo veía cada vez más en tus ojos el reflejo que dejan los pájaros al volar en el cielo.

Bajo la lluvia el delirio cantaba y florecía en los jardines del psiquiátrico y nosotros hacíamos el amor sin importar las lágrimas que golpeaban las ventanas.

Desde entonces el estar juntos fue tener los brazos abiertos al subir y bajar de la marea 
y en nuestro corazón un niño paraba de llorar, y de pedir que lo besáramos, que amáramos la vida, y los espejos rotos en nuestras manos dejaron de partirse sin razón y el río negro que llevaba nuestras penas se secó en las rocas polvorosas del olvido.

Ahora el amor nos sorprende en las veredas como una sonrisa que sopla flores de verano
y una tormenta de luciérnagas nos llena el pecho al abrir las puertas de nuestra casa.

La belleza se parece cada vez más al café con leche por las mañanas, y encontramos una verdad al cortar las naranjas, o al saludar al panadero de la esquina
y los geranios por fin empiezan a florecer en las ventanas y en tus vestidos rojos.

Los ciruelos envejecen y el río lleva las lágrimas que a veces derramamos en los brazos del viento.

Pagamos las facturas del gas y alimentamos nuestro gato sin pensar en el mañana.
Aprendemos que la alegría nos espera al cruzar el jardín o  al saborear una manzana, que es así de simple.

Y si alguna vez pensamos que el estar el uno frente al otro es algo imaginario, que al final estamos solos,

nos quedamos callados y dejamos soplar el viento.

Porque las gaviotas del presente vuelan a nuestro alrededor cuando nos abrazamos,
y el aire es más claro entre tus manos,
y los duraznos son más dulces.

Omar Alarcón (Bolivia, 1986). Poeta nacido en Sucre. Publicó el poemario El corazón entrega sus muertos (2006).  (G. Ch. C.)

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