Poesía

La Diosa blanca

Paul Tellería ofrece una lectura sobre la obra del novelista, poeta y crítico italiano Cesare Pavese, a propósito de los 110 años de su nacimiento.
domingo, 14 de octubre de 2018 · 00:00

Paul TelleríaEscritor

No sabía que fuera así. Creía que todo acababa con el último salto. Que el deseo, la inquietud, el alboroto quedarían extinguidos. El mar traga, el mar aniquila, me decía.

Todo muere en el mar, y revive. Ahora lo sabes

(Cesare Pavese, Diálogos con Leucó)

El 9 de septiembre de este año se cumplieron 110 años del nacimiento de Cesare Pavese. El 27 de agosto 60 años de su encuentro con la muerte. La partida estuvo presente como la razón que articuló su vida y se convirtió en el motor de la construcción de un universo poético intenso y lleno de sombras. “Para todos tiene la muerte una mirada”, afirmó, anhelante de descubrir la propia.

En El oficio de vivir, Pavese sentenció que “el único modo de escapar al abismo era mirarlo, medirlo, sondearlo, descender a él y trabajar”. Sentencia que demostró la lucidez del poeta ante la nada y el encuentro con la muerte, desde la palabra poética. El poeta desciende al abismo de manera premeditada, bajo el influjo de brebajes o en la claridad de un lunes por la tarde, es lo de menos, desciende y punto, para enfrentarse a los demonios que imposibilitan comunicar lo que esconde el descenso, en última instancia el secreto que anhela conocer todo poeta y del que recibirá como respuesta el silencio.

Pavese afirmaba que la poesía le había enseñado a dominarse y tener la claridad, “la poesía me ha restituido”, decía, restitución acaso sólo posible desde la subjetividad de la voz poética e imposible de sostener desde la voz concreta del saber hacer con el cuerpo en lo cotidiano, en sostener lazos con el otro, más allá de la palabra, ese quizás fue la fisura en su oficio de vida.

En esa medida, y como pasó con la mayoría de los escritores que eligieron el acto suicida, la muerte fue una presencia que lo ató a la vida, hasta que reclamó el precio. El poeta vivió en la medida que fue caminando al encuentro de la muerte, simplemente postergando o delineando la forma y el momento para el más frío de los besos.

Hay una diferencia entre el suicidio desesperado y el trabajar el acto suicida, como una salida de escena, lo segundo implica la libertad de decidir cuándo bajar el telón, Pavese lo hizo. Si bien la poesía lo sostuvo no bastó para enfrentar aquello que no se salva desde el poema. Así fue que el 26 de agosto de 1950, puso fin a su vida en un cuarto de un hotel de Turín, con una sobredosis de barbitúricos.

Pavese prefirió morir en completa lucidez y plena conciencia de sus actos, cuentan que el día de su muerte dejó de manera significativa, como una reliquia enigmática sobre la mesita de noche del hotel, un ejemplar de su obra Diálogos con Leucó junto a su conocida nota final de despedida: “Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿Va bien? No chismeen demasiado”. Ese día también llevaba consigo un ejemplar de El oficio de vivir, un cuaderno con sus últimos poemas y 16 frascos con pastillas para dormir. Antes de irse hizo tres llamadas telefónicas, para invitar a comer a tres diferentes mujeres, ninguna quiso, ninguna pudo.

Pavese supo que tenía que irse, luego de haber recibido un premio literario por su libro El bello verano. Una forma de anunciar que su muerte era el punto final a su obra. No murió por el amor no correspondido, murió por un acto de coherencia, para evitar el encuentro inevitable con la nada, de todo lo que muere tarde o temprano en vida.

Encarnó, en su melancolía a cuestas y escribió en El oficio de vivir: “Uno no se mata por el amor de una mujer. Uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada”.

Vivir, en cuanto oficio, bajo la sombra de la muerte, fue el reflejo de una relación agotadora y demandante con el otro, una forma de ver la vida que plasmó en toda su obra. La decisión de Pavese de marcharse fue absolutamente personal y meditada, en extremo coherente con su desesperanza, un acto de poner punto final a su obra y salir airoso del encuentro con la desnudez y el desamparo de mostrar su verdadera identidad.

Pavese se fue porque quería, reconociendo, ya desde sus 40 años que el suicidio estaba presente de forma insistente como la única vía de enfrentar la muerte. “Todo esto da asco, basta de palabras. Un gesto. No escribiré más”, dijo Pavese en El oficio de vivir, el cual concluyó nueve días antes de morir. “El suicida es un homicida tímido”, también había dicho, para reivindicar magistralmente el acto de irse, por voluntad propia y evitar ser desnudado socialmente por el otro, luego de la horrenda fama.

Pavese hasta el día de su muerte creyó en la fuerza del mito, en la medida que este era un medio expresivo, el mito traspasó la ficción para instalarse en su vida, no fue por azar que el día de su muerte dejó el libro de sus coloquios míticos, Diálogos con Leucó, como un testimonio de sus inquietudes sin respuesta o acaso un paseo entre sombras y fantasmas de otros tiempos.

Leucó es un diminutivo de Leucótea, “La Diosa blanca”, una divinidad menor, lejos de los grandes dioses del Olimpo. Leucótea era una mujer mortal que se suicidó lanzándose al mar, sin embargo caprichosamente los dioses le conceden el extraño privilegio de salvarla de la muerte y de ser redimida, emergiendo luego del fondo del mar en condición de diosa con el mandato de vivir por la eternidad atrapada en la misión de salvar suicidas.

En la Odisea tiene una breve aparición. En forma de gaviota se presenta para auxiliar a Ulises, zarandeado en su balsa por una furiosa tempestad enviada por Poseidón, habla con él y le dice que abandone su balsa y se lance al mar, embravecido por la tormenta. Le ofrece un velo mágico como abrigo y le dice que nade. Ulises obedece a Leucó y dos días después llega a nado a Feacia.

El velo mágico de Leucó fue usado por Ulises para sobrevivir, quedarse con él en el agua significaba la muerte, el velo debía ser usado para lo que había sido hecho y luego dejarlo y continuar, permanecer en el mito implicaría una inmortalidad sin otro sentido que evitar la muerte de otros. Pavese encarnó el mito, anheló lanzarse al mar y permanecer aferrado al velo de Leucó, quizás con la esperanza de que los dioses lo rediman castigándolo en la inmortalidad, siendo acaso el legado de su obra el velo verbal que salve o convoque a los poetas a rendirse frente a los ojos de Leucó: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”.

Pavese recurrente en vida con el hecho suicida, pareciera que hubiera escogido el mito de Leucó para expresar su propia angustia, imaginar en la partida la posibilidad de quedar entrampado en una existencia eterna, asumiendo el destino de salvar de la muerte a otros, pero no recobrar jamás la vida. En el último instante de vida, en la última charla con Leucó, tal vez buscó una puerta al mar, en el que esperaba ser recibido por sus aguas, quien sabe deseando la misma tortuosa inmortalidad de la Diosa blanca.

Diálogos con Leucó fue la obra que mejor lo definía, afirmó que era su carta de presentación, probablemente en la medida que buscó que el mito sea testigo de su muerte y que sean los ojos de Leucó” los que miren como dejaba este mundo. El encuentro con el mito como forma de abrochar su vida, con la simbología que usó para soportarla, fue la clave última que nos dejó para aproximarnos a su obra.

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