Memoria nómada

Ley de seguridad del Estado, a propósito de un cuento de René Bascopé

Cárdenas escribe sobre el relato del autor paceño y cómo aparece representado el indígena durante la dictadura de Hugo Banzer Suárez.
domingo, 14 de octubre de 2018 · 00:00

Cleverth C. Cárdenas Plaza Dr. (c) en Estudios Culturales Latinoame- ricanos.

Ley de seguridad del Estado es el título de un cuento de René Bascopé Aspiazu, pero también es el nombre de una ley promulgada por Hugo Banzer Suárez que tenía como fin amordazar toda posibilidad de disidencia respecto a la dictadura.

Por otro lado, el cuento de Bascopé (junto a muchos otros) se volvió en la prueba irrefutable de que era posible disentir respecto al Dictador y de que es casi imposible amordazar al arte.

No por nada, todavía podemos disfrutar de las maravillosas acuarelas de Mario Conde o las pinturas y litografías de Max Aruquipa, los dibujos de Solón, las tallas y dibujos de Espinalo las propuestas certeramente irónicas de otros artistas como Arbelo o Bellido.

Lo cierto es que durante y después de la dictadura de Banzer, a veces militantes, otras veces militares, muchas veces intelectuales, fue que las voces de protesta no cesaron. El cine, la pintura, la fotografía, el teatro, el documental y la literatura se esforzaron en responder al contexto totalitario que Bolivia vivió en esos peligrosos años; del mismo modo, la sociedad organizada resistió, siendo muchos los perseguidos, exiliados y ejecutados.

Pero el tema de este breve texto es el cuento de Bascopé y volvamos al mismo. Lo que pretendo hacer es un breve recorrido descriptivo del cuento ya mencionado. Este texto no rastreará el embrión del proceso dictatorial, más bien se instalará en un momento fundamental, los años setenta, durante el gobierno de facto de Banzer, que inspiró la escritura de uno de los libros que mejor retrata y denuncia el contexto dictatorial boliviano: El Quijote y los perros: Antología del terror político, compilación realizada por Néstor Taboada Terán con una introducción de Alfredo Medrano.

Este conjunto de relatos, junto a otros producidos de modo aislado, hacen explícita la actitud crítica de los escritores y la posición analítica que supone un compromiso auténtico, como sugiere Ana Rebeca Prada en su ensayo titulado El cuento contemporáneo de la represión en Bolivia publicado en 1985. Además, El Quijote y los perros: Antología del terror político es un curioso ejemplo del terror en el que una población civil debía transcurrir sus días con el temor y sometida por la dictadura militar que había en ese momento. Un claro ejemplo fue la persecución que sufrió el mismo compilador, Taboada Terán había sido exiliado, su casa fue tomada por los militares, su biblioteca secuestrada y quemada públicamente en la plaza 14 de Septiembre del centro cochabambino. Es difícil imaginar el dolor que lo embargó al estar lejos de la familia, lejos del suelo patrio y sabiendo que ya no tenía biblioteca a la cual volver a refugiarse.

Compiló el libro en el corto verano democrático que hubo entre la dictadura de Banzer y la de Luis García Mesa; imagino que a consecuencia del temor, aunque queda la posibilidad de que su imprentero era un descuidado, el libro publicado omitió el nombre del gestor de tan excelente trabajo. Eso hizo confundir a más de dos personas que creían que el compilador era Alfredo Medrano, el responsable del magnífico ensayo introductorio.

Para desarrollar este tema tomo una narración que servirá como ejemplo para ver cómo aparece representado el indígena en este contexto Ley de seguridad del Estado. Se trata, sin duda, de un texto que describe la brutalidad de la Dictadura. Por diferentes razones, en Bolivia siempre existió un tema recurrente en las artes: el indio. No es difícil rastrear su presencia en la literatura en general y en la del terror político en particular, por lo tanto, este cuento es emblemático del libro.

Cuenta de la historia de Melquíades Quispe, un indio que fue acusado de estupro durante la Dictadura. Debe prestarse singular atención al nombre Melquiades Quispe: el nombre Melquíades evoca y refiere sabiduría en el marco del conocimiento occidental moderno. Quispe es un apellido de origen aymara, por más que busqué no encontré su significado en la lengua.

La combinación evocaría básicamente el encuentro conflictivo entre dos mundos culturales y tal como se soluciona en el cuento el que pierde es el horizonte indígena. No obstante, se trata de una referencia directa a Melquiades Suxo, personaje de la vida real que fue ejecutado en condiciones similares a las descritas en el cuento. Como personaje literario Melquiades Suxo también aparece en El país del silencio, novela de Urzagasti (1987) en la que se lo ejecutó en las mismas condiciones.

Por su lado, Urzagasti presenta un debate para explicar los motivos políticos y autoritarios de la dictadura. En el cuento, Melquiades fue cazado y apresado, no hablaba español, por lo tanto no tenía la menor posibilidad de defenderse ni explicar nada en esa situación. Fue dejado en la prisión, tiempo después fue liberado por los carceleros porque era pobre y no causaba problemas. El cuento está ambientado en el momento en que la dictadura promulgó la Ley de Seguridad del Estado que instituyó la pena de muerte y revela la desesperación oficial por estrenarla. En el cuento se escenificó cómo buscaron a alguien para ser ejecutado y las características de la víctima: un preso sin sentencia, mejor si no hace problemas de ninguna clase y tiene un delito grave. El delito de Melquiades es ambiguo, porque el autor no establece definitivamente la responsabilidad.

Por eso la narración plantea la hipótesis de que esta acción era un intento de enviar un mensaje disuasivo a la resistencia política. Como la ley debía ser estrenada buscaron a alguien que sirva de escarmiento, pero a quien no se lo victimice fácilmente. No se les ocurrió mejor idea que ejecutar a Melquíades, un indio al que acusaron de estupro, quien no entendía lo que pasaba, no hablaba español y no tenía posibilidades de defensa.

Lo interesante de esta narración es el trato que se da al indio en la narración:

Al fin la casucha. Castillo solitario de un solo cuarto. Puerta de calamina y ventana de nylon sucio. El hombrecito apura el paso y el lodo frío se le introduce por las abarcas. [...] el hombre la llama nuevamente aunque está tan cerca y la bola de coca que tiene en el carrillo se mueve queriendo salírsele de la boca (93). [...] Mira detenidamente y nota que los rincones del cuarto están llenos de excremento. Han convertido la casucha de letrina, pero no le importa. Ni siquiera que le hayan robado. Sólo el recuerdo de la imilla le invade. Repite su nombre (Bascopé 1979).

Es la descripción de la vida miserable del personaje, inmerso en un entramado social que lo subsume y que le impide comprender lo que pasó. Más aún, cuando se describe la víspera de la ejecución, la presencia de la prensa frente a la que el indio no puede comunicarse, siendo su silencio interpretado como confesión de su monstruosidad.

Encontramos una referencia a este caso en otro texto literario, en El país del silencio (1987), de Jesús Urzagasti, uno de los personajes refiere el caso de Melquíades Suxo.

Urzagasti es más cauto y refiere que nada se le pudo comprobar en castellano, pues no lo hablaba y al parecer, lo dice su personaje, fue una excusa, “Sin embargo, por ahí se ha dicho que no hubo tal violación. Que el dictador tenía que estrenar con alguien la reinstauración de la pena de muerte. Y ese alguien otra vez es un aymara”.

Ambas narraciones dan cuenta de la historia, pero en el primer caso se legitima la acusación. “Imilla. La vela chisporrotea. En un rincón se mueve un bulto pequeño. Imilla repite mientras se despoja las abarcas...” dice el cuento de Bascopé.

Melquíades Quispe fue descrito con compasión, pero también el relato hace evidente la distancia que separa al indio del medio que lo rodea, nadie comprende lo que él sentía ni lo que pensaba y tampoco a nadie le interesaba. Lo único que sabemos en ambas narraciones es que Melquiades es una víctima de su tiempo, de un periodo político difícil, se puede decir que es una víctima política, aunque él no haya luchado contra el sistema.

Su participación es casi involuntaria y su muerte sólo sirvió a la dictadura. Casos como éste hacen evidente no sólo la postergación del área rural, no sólo un orden económico poco equitativo que, de diferentes formas, hacen del indio una víctima, también ponen al descubierto un sistema autoritario, que es más indolente con él. Por otro lado, implica que también en la literatura no dejan de ser funcionales y utilizados por el sistema, como víctimas o victimarios totales, pero no como actores ni revolucionarios, sino ajenos a ese lugar histórico.

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