Filosofía

Recordando a Tartufo

El autor escribe sobre uno de los libros emblemáticos del argentino José Ingenieros.
domingo, 14 de octubre de 2018 · 00:00

Gastón Ledezma Rojas Abogado, Docente Universitario y Árbitro de la CNC.

El pasado 2017 llegó a cumplirse un siglo de la tercera edición de El hombre mediocre, del polígrafo y erudito argentino José Ingenieros. Se trata de una de las obras que corresponde a un claro exponente de las ciencias médicas, la psicología, psiquiatría, filosofía, sociología y otras en íntima relación con los valores y deberes morales.

Ingenieros fue un brillante observador, analista, intuitivo de la naturaleza humana, de su conducta, acciones y reacciones. Fue en sí un acucioso investigador de cuestiones antropológicas y sociológicas y quien encontró sus paradigmas y prototipos en esos individuos como el ideado por Molière y personificados en Tartufo como expresión de hipocresía, dobleces, y receptor de los símbolos de la mediocridad. Quién sabe si este personaje de Molière le sirviera de inspiración para desarrollar varios de los temas de su variada obra.

El Diccionario Sopena de Literatura, Barcelona, refiere que el rey hizo representar los tres primeros actos de una comedia titulada Tartufo que “el señor Molière había hecho escribir contra los hipócritas” en 1699. Desde entonces hasta 1917 -año de una de las primeras ediciones de El Hombre Mediocre- la sociología enseña el gran reservorio de las miserias, dobleces y debilidades acumuladas por la afamada pluma afilada del polifacético Ingenieros, que barruntaba futuros nada halagüeños de sociedades que despertaban al impulso de la mediocracia.

Esta breve relación conduce de la mano hacia la apreciación y valoración de varios de los conceptos que, desde que escribiera Ingenieros, llegaron en diferentes núcleos sociales a despertar reacciones de diversa naturaleza catalizando factores de positivos derroteros, especialmente en ámbitos socio políticos proclives a ser capturados por el fantasma de la mediocracia.

Ingenieros decía que “los mediocres no tienen voz, sino eco”, agregando que “no hay líneas definidas ni en su propia sombra, que es, apenas una penumbra. Cruzan el mundo a hurtadillas, tememos que alguien pueda reprocharles de existir en vano, como contrabandista de la vida”. No sin razón también decía, que existan los peligros sociales de la mediocracia y uno de ellos es la mediocracia intelectual.

Al referirse a esta categoría, él mismo habla del hombre rutinario que gira en esa órbita como “los espíritus mediocres que tratan de ella y cruza espacios nuevos, repitiendo que “es preferible lo malo a lo bueno por conocer”. Al mismo tiempo, creeremos que sería de rigor agregar el conformismo como otra faceta de la mediocridad, términos que tiene ligazón con varios de sus sinónimos de nuestra lengua.

Otro factor -el más trascendente-, de la comedia de Molière, y aprovechado por Ingenieros para el análisis de su Hombre Mediocre, es la hipocresía; “es más honda que la mentira: ésta puede ser accidental, aquella es permanente. El hipócrita transforma su vida entera en una mentira metódicamente organizada… El hábito de la mentira paraliza los labios del hipócrita cuando llega la hora de pronunciar una verdad”.

Agrega Ingenieros que “la mentira es el prodigioso instrumento de la hipocresía”. Ninguna ley puede regularla, si ella va flotando en el ambiente.

En el orden moral, social, de comportamiento humano y reuniendo ingredientes valorativos que fortalezcan el propósito de erigir paradigmas en los vacíos morales producidos por inconductas que destruyen los escasos brotes de embriones al sufrir el embate furente de ambiguos neutralizantes, que evita la insurgencia de promisorios prototipos que retardan los amaneceres de las sociedades.

En otros términos, el afán reformista de Ingenieros frente a la “Moral de Tartufo”, u oponer las personalidades del “mediocre versus idealista”, son el leitmotiv de sus pretensiones en procura a la superación.

Problemas acuciantes que vienen de hace años cargados de serios factores que afectan al país hacen peligrar seriamente la institucionalidad de sus principales órganos. Son éstos los detonantes para una lectura retrospectiva de la desnudez cómo enfocó el gran José Ingenieros, los estigmas y serios factores que han contribuido a la degeneración de los valores en varios países americanos, entre ellos, el nuestro.

Entonces, se conocía en cierta medida y se hablaba en apretados círculos de El Hombre Mediocre y quienes participaban de las charlas, pugnaban por pasar por alto esas verdades y era cierto el afán de lograr “méritos” -como ahora no fuesen también simples antifaces-, exhibiendo “credenciales”, “certificaciones”, etc, obteniendo “puntaje” que no existen, u otros, presentando “expedientes” con certificaciones -sin asomo de verificación-, de cargos desempeñados, cuya meritocracia se encuentra en organizar “técnicamente” sus dosieres y acreditados por otros que tampoco merecían los suyos.

Urge que las Casas de Estudio implanten o remocen los programas de ética, deontología profesional, no como un elemento de comercio pedagógico más, sino de urgente afán por superar al Hombre Mediocre por el ciudadano responsable, íntegro.

Dicho en otros términos, procurando que no se repita lo subrayado por Ingenieros, que los más son simples beneficiarios de la mediocridad moral donde “no son asesinos, pero no héroes; no roban, pero no dejan media capa al desvalido, no son traidores, pero no son leales; no asaltan en descubierto, pero no defienden al asaltado; no violan vírgenes, pero no redimen caídas; no conspiran contra la sociedad, pero no cooperan al común engrandecimiento”.

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