Anarcocelulista

Óscar García escribe sobre un debate en redes sociales y lo inútil de ello, sobre el capital, aguinaldos y otros temas.
domingo, 21 de octubre de 2018 · 00:04

Se ha desatado un debate de vital importancia en las redes, en una de ellas. Desde un lugar sin lugar ha aparecido de pronto un texto con una inexcusable y anacrónica ternura, aparentemente proveniente de algún personaje que flota entre el anarquismo capitalista del siglo XXI y los ideales de Sacco y Vanzetti, pero en una sala living que ha suprimido las calles como lugar de las batallas.

El texto en cuestión dispara contra el capitalismo salvaje, ése en el que vivimos de manera salvaje en este preciso momento en el que a un intransigente socialista se le antoja una gaseosa de marca centenaria y una hamburguesa con queso amarillo profundo. El texto en cuestión, desde una red salvajemente capitalista, cuestiona, reflexiona, ataca y destruye al sistema con argumentos tan poderosos como tiernos.

Quien escribe ha descubierto las leyes del capital como en algún momento un director de cine descubre el teatro en un set para televisión y se asombra tanto como cuando un escritor que escribe de cisnes ve por primera vez un cisne vivo, en sus sueños y se antoja, quién sabe por qué motivos, una pechuga de cisne a la parrilla y una cerveza fría. Pero se acuerda que hace años que no toma y se encomienda a la virgencita de Entre Ríos.

El texto en cuestión, publicado en la más salvaje red del más salvaje sistema, ha obtenido más aprobaciones que un pi eich di con rasgos de genialidad y, por lo tanto, ha derrotado al sistema y ha suprimido al Estado.

Al salir a la calle, a esa calle desmovilizada, apurada, a esa calle monetarizada, oliente, salpicada, esa calle deteriorada, la que espera con sus manos abiertas a la falda sin fronteras, la que se hace al quite cuando una de las mil violencias ha de caer sobre la desprotegida persona que regresa de haber vivido un día salvaje para vivir al otro día, sin remedio pero con la opción de detenerse.

Al salir a la calle, todo igual, no hubo nada desmoronado, ni un alfiler se había movido. Lo salvaje del capital seguía ahí, intacto. Quizás más demoledor. Quizás más disfrazado de solidaridad. Quizás de tanto tragar mensajes múltiples de cuán igualitarias y cambiantes y revolucionarias y radicales del lado del corazón son las gentes que gobiernan, creyó el chisme que dice que de todos los capitalismos salvajes de la región, somos el capitalismo más socialista posible. Al salir a la calle, a la que sale para ir alguna vez a cumplir anarquísticamente con un trabajo eventual que apunta a cerrar un pequeño eslabón del sistema que en la red acaba de destronar. Va y entra, y pide, y paga, y sale.

Se ha comprado un pollo al spiedo en una básica transacción monetaria por la cual ha ganado el pollero, el proveedor de los pollos, el fabricante de la máquina en la que se inmola al pollo, ha ganado el que vende el gas, que no es otro que el Estado, ha ganado el intermediario que distribuye el gas, la que importa los encendedores de la China, el que produce la papa, la que vende vinagre de manzana para hacer el escabeche, el joven que pinta letreros en su garaje bajo el rótulo de empresa de diseño Los Pollok, letreros para empresas que trabajan con pollos como materia prima sustancial.

Lo más salvaje de todo esto es que siendo la condición salvaje un algo concerniente a la libertad, a la vida en estado de libertad, en animales y plantas y al referirse el término, en relación a lo humano, a un estado previo a la barbarie y mucho más, a lo civilizado (como si este último fuera condición y garantía de un salto cualitativo en las acciones del género sapiens. Porque lo humano es especie, el género, sapiens), lo más salvaje es que se haya adoptado la palabra para designar a un sistema cuya mayor muestra de libertad radica en la fe. En hacer creer a la ciudadanía que se es libre eligiendo lo que cada quien quiere comprar, atendiendo, claro, a lo que dice amablemente una mujer con diminutas prendas sobre las bondades del producto que inconscientemente la ciudadanía comprará con impetuosa libertad en el supermercado de la esquina en la que hay dos grandes anuncios, uno que anuncia mayor ingreso al capital del dinero que debes poner en un banco para que genere riquezas enormes que permitan luego y como limosna financiar el dos por ciento de una obra que desde la libertad hable sobre la opresión y el otro cartel, más grande, que anuncia que todo lo que debiera ser obligación de los empleados de Estado, vale decir, los gobernantes, es un regalo del supremo hacedor de milagros y de campos de concentración deportiva.

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