El complejo vínculo entre Hannah Arendt y Martin Heidegger

Para H.C.F. Mansilla, Hannah Arendt puede ser calificada como el corazón pensante y al mismo tiempo como la representante de un modo autónomo y crítico de hacer filosofía.
domingo, 21 de octubre de 2018 · 00:04

No es superfluo recordar hoy a esa pensadora excepcional que fue Hannah Arendt (1906-1975). En los primeros años de mis estudios universitarios, a partir de 1962, escuché en las universidades alemanas conferencias de notables intelectuales. Eran brillantes oradores, sin duda alguna, y lo que decían era importante y acertado.

Pero Hannah Arendt era extraordinaria: parecía que improvisaba, pues hablaba sin ningún manuscrito. Brindaba un discurso muy bien estructurado, con muchos ejemplos concretos y sin perder nunca la conexión con asuntos contemporáneos, por más abstracto que fuese el tema general.

Y lo que decía lo expresaba con pasión, a momentos con una fina ironía y frecuentemente tocaba fibras emotivas íntimas. Ella misma se iba entusiasmando al exponer sus ideas y al final lograba el favor de los asistentes, aunque a propósito exponía tesis incómodas para obligarnos a reflexionar de forma autónoma.

Distanciándose de Nietzsche y Heidegger, aseveraba que la pasión del pensar y la voluntad del poder deben tener siempre un objetivo racional y razonable, y que para ello era indispensable elaborar juicios valorativos bien fundamentados. Con ello anticipaba una crítica a las actuales corrientes relativistas. Aprendió mucho de su maestro Martin Heidegger (1889-1976), a quien nunca dejó de amar, pero como Aristóteles con respecto a Platón, siempre fue más amiga de la verdad.

Quiero demostrar que el amor a un genio no significa ser esclavo suyo y ni siquiera seguidor de sus ideas. Desde mis años estudiantiles siempre quise ver a Hannah lejos de Heidegger y de su poder de seducción. La influencia de Heidegger sobre Hannah Arendt fue evidente, pero quiero creer que estaba restringida a la recuperación de la Antigüedad clásica para enriquecer el saber contemporáneo, a la revaloración de la poesía para entender el mundo y al rechazo del determinismo histórico. En la elección de sus grandes cuestiones de estudio, en su estilo literario y en sus convicciones éticas, Hannah siguió caminos propios.

La importancia de Martin Heidegger y Hannah Arendt es muy conocida como para evocarla en pocas palabras. Una vinculación amorosa y apasionada entre dos portentos de la filosofía es, por supuesto, un tema de enorme interés. La relevancia de Heidegger ha crecido en las últimas décadas con el despliegue espectacular del postmodernismo y de teorías afines.

La oscuridad de los textos de Heidegger ha sido un poderoso ingrediente para fundamentar el dogma acerca de la profunda originalidad y la eximia calidad de la filosofía de este maestro, precisamente en nuestro tiempo, signado por la ciencia y la tecnología. Hoy mucha gente inteligente, que está a la intemperie en lo referente a los valores últimos de orientación, busca como compensación un saber esotérico, arcaizante y misterioso.

Afirma George Steiner que el existencialismo, la deconstrucción y la postmodernidad son, en el fondo, comentarios y notas a pie de página de la obra cumbre de Heidegger, Ser y tiempo (1927).

De este periodo (1924-1928) provienen las cartas más interesantes intercambiadas entre Hannah y Martin, epístolas en las cuales se trasluce una intensa preocupación filosófica, combinada con una pasión amorosa a menudo desbordante, sobre todo de parte de Heidegger.

Este le va comentando en detalle a Hannah el desarrollo de Ser y tiempo y da a entender cómo los conceptos más abstractos están teñidos por los efluvios de un corazón pensante. “Sólo en SörenKierkegaard”, dice Steiner, “encontramos algo parecido a esta fusión de espíritu y sexualidad, de juego metafísico y erotismo”.

Y añade: “De las cartas se desprende una especie de ternura feroz (la expresión es probablemente ingenua, pero no sé de qué otra forma decirlo)”.

Como dije, desde el comienzo de mis estudios yo la admiraba fervorosamente porque Hannah Arendt era consciente de la necesaria posición marginal de los espíritus críticos en la sociedad moderna. El no conformismo social, afirmó Hannah, es la conditio sine qua non de grandes logros intelectuales: una expresión que resultaba impensable si la aplicamos a Heidegger. Y, sin embargo, esta notable pensadora, una de las glorias de la cultura occidental de todos los tiempos, fue discípula, amante y admiradora de Heidegger.

El primer encuentro entre ambos ocurrió en 1924, en las clases y seminarios de Heidegger en la universidad de Marburgo. En los medios literarios alemanes esta curiosa liaison amoureuse se ha convertido en un acontecimiento legendario. Hannah percibió a Heidegger como el héroe de una novela: un hombre muy apuesto, con rasgos poéticos, vital, enérgico, deportista, muy audaz y original en el pensar. Llevaba a menudo la vestimenta típica de los campesinos meridionales alemanes y cultivaba simultáneamente una actitud distanciada, cuando no desdeñosa, hacia estudiantes, catedráticos e intelectuales en general.

En lo personal y en lo intelectual Heidegger dejó profundas huellas en su alumna, pues representaba una tempestad, como la entendieron los románticos alemanes del siglo XIX. Arendt había crecido en Königsberg, en aquel tiempo la capital de Prusia Oriental, que se hallaba en plena declinación económica y política y en la que la actividad filosófica de su hijo más ilustre, Immanuel Kant, era un mero recuerdo literario.

Cuando ella apareció en Marburgo en 1924, ciudad gris, tediosa y provinciana, su elegancia sensual y su inteligencia inocultable llamaron la atención de docentes y estudiantes. Fue Hannah quien solicitó la primera entrevista al señor profesor. El encabezamiento de las muchas cartas y notas de Heidegger a ella lo dice todo: la primera va dirigida a la “Estimada señorita Arendt”.

A los pocos días se transforma en “Querida Hannah”, e inmediatamente después en “Amada” y “Amadísima”. No hay duda de que Heidegger fue visitado por un espíritu superior –por un fuego filosófico que recuerda los primeros tiempos del pensamiento griego– que inspiró desde entonces su obra.

Él mismo reconoció posteriormente que el periodo entre 1924 y 1928 – precisamente los años de la relación con Hannah – fue “en extremo excitante, concentrado y productivo”. El maestro admitió también que Hannah fue “la pasión de su vida”. Me atrevo a decir que estamos ante uno de los ejemplos más hermosos de la constelación clásica: la vinculación entre eros y logos. Y hasta podríamos afirmar que ideas centrales de Ser y tiempo nacieron de aquella etapa de concentración y creación, generada por el amor tempestuoso entre el maestro ya maduro y la joven alumna.

A Hannah le tomó mucho tiempo el liberarse de la influencia del mago de las palabras, el campeón de la retórica filosófica, el encantador de serpientes. Aquí hay que añadir, con frialdad racionalista, que este juego presupone siempre la presencia de aquel que quiere ser encantado, arrullado y adormecido por el canto ilusorio del amor y la admiración.

En 1948 Arendt llegó a decir que Heidegger era el último romántico y que su completa falta del sentido de responsabilidad se debía a su carácter entre lúdico y frívolo, que, a su vez, provenía de la locura genial y de la desesperación. En un rapto de indignación llegó a afirmar en 1950 que después de la guerra Heidegger no había cambiado y que todas sus expresiones eran “la misma mezcla de vanidad, mentira y cobardía”. Pero en la carta más hermosa y sentida que envió a Heidegger (en junio de 1972), Hannah recuerda con nostalgia los años del sagrado vínculo y le dice a Martin que él le ha enseñado a interpretar: “Nadie lee ni ha leído jamás como tú”.

El aspecto práctico-cotidiano de esta relación fue la clandestinidad, desde el primer hasta el último día. Nunca vivieron juntos, jamás aparecieron juntos en público. Ella debió sufrir su amarga cuota de humillación, que, según Steiner, estimuló y amortiguó simultáneamente su apetito. En efecto: ella le rogó textualmente que la poseyera como y cuando él deseara.

Era la “entrega abnegada a un único”, como ella misma admitió. Frente a Heidegger, Hannah se mostró siempre, en sus propias palabras, “gozosa, radiante y libre”. En abril de 1928, ya terminada la primera fase del encandilamiento, Arendt concluyó una nota dirigida a Heidegger con una cita de Elizabeth Barrett Browning: “Y, si Dios lo quiere, os amaré aún más después de la muerte”.

Con el paso del tiempo, Hannah, a pesar de que conocía la verdad sobre el oportunismo de Heidegger, se convirtió en el agente literario, la traductora y, ante todo, en la defensora más adecuada del maestro, pues sobre ella no recaía ninguna sospecha de simpatías por el Tercer Reich y el fascismo.

Arendt nunca conoció la virtud de la modestia, pero se comportó de modo casi servil y humillante frente a su mentor. Cuando Hannah retornaba a Alemania y a los brazos del encantador de serpientes, se convertía de nuevo en la estudiante postrada a los pies del genio. George Steiner describe así esta situación: “Esta fidelidad casi ilimitada, a la que Heidegger debió una gran parte de su rehabilitación, al menos con toda certeza en el mundo angloamericano, es más sorprendente por su unilateralidad. Sólo muy poco a poco, y con apenas disimulado disgusto, Martin Heidegger se dio cuenta del alcance de las obras de Hannah Arendt y de la celebridad internacional que la rodeaba. La condición de estrella que ella había alcanzado en los ambientes académicos, los honores que se le dispensaban, especialmente en Alemania, le parecían un poco desconcertantes, e inclusive tal vez ofensivos. ¿No le bastaba con la gloria de servirle a él”.

Desde joven Hannah no cultivaba la virtud de la modestia. En este punto hay unanimidad de pareceres entre los admiradores y los detractores de Arendt. Pero: ¿Puede un genio ser modesto En comparación con Heidegger, Hannah Arendt representa un tipo muy diferente de intelectual.

Su estilo es claro y luminoso; da cuenta exhaustiva de sus fuentes y cita con respeto y cariño a pensadores y escritores de muy distinta procedencia. Sus temas son casi siempre políticos y centrados en los acontecimientos decisivos de su época. Se la puede considerar como uno de los espíritus más lúcidos y críticos de la tradición racionalista y democrática. Se trata, claramente, de temas y proposiciones muy alejadas de la filosofía heideggeriana.

Es superfluo reiterar aquí mi gran admiración por la obra de Hannah Arendt, que influyó sobre mi formación desde muy temprano. Lo que celebro en los párrafos precedentes es algo difícil de explicar en pocas palabras. Tal vez se vislumbra la emoción que sentía y siento aún al leer sus obras.

Por ello alargué indebidamente este texto. Yo quise demostrar que un vínculo muy estrecho con un genio (como fue Heidegger) no significa ser esclavo suyo y tampoco partidario de sus doctrinas. Hannah Arendt puede ser calificada como el corazón pensante y al mismo tiempo como la representante de un modo autónomo y crítico de hacer filosofía.

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