En busca de la pintura del Nuevo Mundo

Querejazu escribe sobre el creciente interés que surge fuera del país por el legado cultural del periodo colonial.
domingo, 21 de octubre de 2018 · 00:04

Fuera de nuestras fronteras y aún más allá está creciendo el interés por el legado cultural del periodo colonial. Se están haciendo más frecuentes las exposiciones y textos sobre arte virreinal o colonial y eso ha generado un movimiento en el mercado de obras del periodo. Es decir que se están comprando y vendiendo obras coloniales que puede que hayan salido legal o ilegalmente de la región.

Para los coleccionistas que exhiben sus obras es muy riesgoso comprar obras de dudosa procedencia pero existen muchos otros que las mantienen en privado y que, por lo tanto, fomentan el mercado ilícito de bienes culturales. Ante esto, lo único que se puede hacer para evitar la compra de obras robadas es el registro de obras patrimoniales en el lugar de origen y la denuncia ante las instancias internacionales correspondientes.

Las colecciones más importantes de arte colonial de lo que fue el Virreinato del Perú fuera de los países que lo conformaron se encuentran en Estados Unidos. La más conocida en Bolivia es la de los Huber, quienes en 2015 devolvieron al país dos pinturas tras demostrarse que habían sido robadas antes de ser adquiridas por los coleccionistas. La colección de los Thoma, por el otro lado, está en parte abierta permanentemente al público en el Museo Blanton de la Universidad de Texas en Austin.

Es muy valioso que la colección de los Thoma se exhiba ya que, a pesar de que no soy partidaria de que exista el mercado de arte colonial porque temo que da pie a robos en las iglesias, lo cierto es que estas obras salieron en circunstancias legales y que están conservadas apropiadamente, cosa que no se puede garantizar aquí y que por el otro lado son parte de un programa de investigación, cosa que no existe aquí.

El movimiento comercial de arte colonial actual responde a diferentes exposiciones que se han venido dando, especialmente en Nueva York, en el Museo Metropolitano. A estas alturas del año, el 2017 se abría la exposición sobre la obra del pintor Cristóbal de Villalpando (1649-1714), uno de los pintores más reconocidos de la Nueva España, hoy México. Es la primera vez en muchas décadas que este museo le dedica una muestra a un artista mexicano. Villalpando fue un maestro tan excepcional en su contexto que frecuentemente se lo consideraba como un artista europeo y eso es parte de un problema de apreciación que creo que es necesario cambiar.

En mayo de este año en un artículo del periódico El País, de España, Estrella de Diego se preguntaba justamente por este interés nuevo por el arte americano de los siglos XVII y XVIII con motivo de un seminario de verano en el Museo del Prado que abordaría la temática. La nota, más que explicar el interés se pregunta por la falta de interés que ha imperado por varias décadas.

De Diego explica: “Esta ausencia de interés hacia el arte colonial se ha debido tal vez a una cuestión tan básica como el absurdo concepto de ‘calidad’, a partir del cual se establece lo que está ‘bien’ o ‘mal’ pintado”.

El tema de la determinación de una supuesta calidad atraviesa los criterios de colección y curadurías y afecta también a nuestra percepción del pasado. No se trata tan solo de un problema que ocupe a los coleccionistas, sino que va en detrimento de una producción mayor, popular. Las colecciones de arte virreinal por lo general aplican este criterio para comprar arte y, por lo tanto, no son muestras fidedignas de una producción cultural muy amplia. Como curadora de la colección Thoma en el Museo Blanton, a Rosario Granados también le conflictúa el tema y se plantea si es legítimo y justo con un pasado colonial, prolífico en objetos culturales llamados artísticos, el utilizar un criterio cualitativo que deriva, además, de una historiografía del arte tradicionalista y eurocéntrica. Personalmente creo que estos criterios van en detrimento de una valoración apropiada de la producción colonial y especialmente de la Audiencia de Charcas.

Las obras coloniales charqueñas no demuestran los criterios de calidad que gustan al ojo que busca esa “calidad” y por ello se llegó a pensar que sus autores eran incapaces. Esta supuesta inhabilidad por su parte se asoció además a la mano de obra indígena. Una lectura carente de fuentes para respaldarla y cargada de subjetividades. La naturaleza del arte colonial charqueño, con las características poco europeas que tiene, está todavía por estudiarse a profundidad.

Pienso que la realidad pictórica de la región andina responde no solo a un desdén por el canon, sino que proviene del hecho de una habilidad para comprender y abordar cuestiones complejas a partir de un lenguaje simbólico y no uno explicativo.

No es necesario que la perspectiva de un espacio interior pintado sea perfecta para comprender que se trata de un espacio interior. El objetivo de las reglas de la perspectiva en la pintura es el de engañar el ojo y abrir espacios, pero en el contexto colonial más importante que esto fue la motivación para que exista esta pintura colonial que fue la de utilizar la técnica como medio para evangelizar. Se trató de una imposición de relevancia cultural, no técnica. De otra manera probablemente se habrían dedicado a refinar las habilidades de los talleres así como se dedicaron a la refinación de la plata en Potosí.

En conclusión, el movimiento de arte colonial que se está viviendo en los grandes museos del mundo puede abrir puertas a nuevas investigaciones y reflexiones, pero no servirán de mucho si no se tocan los temas centrales en la comprensión del arte colonial como producto cultural de un pasado muy particular. Por el otro lado, no deberíamos mirar de palco sin tener certeza de que nuestro patrimonio está siendo protegido, tanto por la ley como por la valoración derivada de la investigación especializada.

*Este artículo fue escrito durante una beca de investigación ofrecida por la Thoma Art Foundation, LLILAS Benson Latin Amercian Studies and Collections y el Museo Blanton.

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