Lo sobrenatural en el arte

El artista mientras trabaja se desnuda, y esa humildad de corazón es la clave para dar cabida a lo sobrenatural porque se entrega desnudo a lo que no puede ver y sencillamente confía, tiene seguridad, tiene fe, escribe Gozalves.
domingo, 21 de octubre de 2018 · 00:04

En la biblioteca de la abadía de monjas cistercienses de Waldsassen (Alemania), decorada entre 1724 y 1726 por el tallista Karl Stilp, 10 figuras talladas en madera ilustran distintos aspectos relacionados a la soberbia humana relacionados a la ciencia y el pensamiento.

Ciertamente las figuras advierten, a todo hombre sediento de sabiduría, sobre los peligros que entraña el sumergirse en los mundos que se abren y se entretejen en cada uno de los volúmenes dispuestos sobre las estanterías de la tribuna corrida, pero, fundamentalmente el conjunto decorativo llama la atención, de quien visita la biblioteca, a propósito de la necesidad de renovar la mente como consecuencia de no conformarnos con este mundo y de ser transformados por la voluntad divina.

Una figura del conjunto escultórico llama mi atención. Corresponde a la representación del “bufón hipócrita” que es picado en la nariz por el ave del autoconocimiento. La imagen es admirable; el bufón lleva las manos maniatadas, las piernas cubiertas con una piel animal, la cabellera larga coronada con un ave de gran belleza que seguramente sale de su mente, y posiblemente representa a su propia imaginación o sea un emblema de la vanidad derivada de cierto intelectualismo de salón, que con el cuello largo y torcido pica al propio hombre en la nariz.

El bufón sonríe con la cabeza gacha, no alza la mirada al cielo. El ave que sale de su cabeza con las alas extendidas parece tener la intención de volar, pero, no puede hacerlo por causa del hombre que resulta ser un obstáculo para su naturaleza, razón por la cual le hiere en la nariz con la intención de liberarse de su carga.

Seguramente esto hace referencia a la pequeñez de lo mundano en relación a lo infinito. El apóstol Pablo en Colosenses y Romanos escribió: “Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra”. “Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz”.

Así, de esta manera, el bufón hipócrita no se da cuenta de que es prisionero de sí mismo; “sabio en su propia opinión” divaga sonriendo sin advertir la necedad en la que vive, de su pequeñez de espíritu incapaz de dar cabida a lo invisible, a lo sobrenatural.

El arte sacro tiene un encanto abrumador para un pintor de caballete que ama la alquimia que se produce al desplegar la técnica, el oficio, el ritual del acto creativo en el taller. Cuando este hombre de pinceles y lápices ha pasado gran parte de su tiempo estudiando la presencia de lo sagrado, a lo largo de la historia del arte, o tratando de desentrañar la iconografía contenida en una imagen concreta, o viajando largos caminos para contemplar una obra específica, de su templo particular, que le brinda una pequeña emoción, un regalo que estalla en una experiencia estética, que corresponde –en mi opinión– a la impronta grabada por la obra de arte al mirarte fijamente a los ojos tatuándote algo, una certeza invisible en el corazón.

Recuerdo, en una ocasión, haber viajado largos kilómetros (hace ya más de 10 años) para visitar una exposición de la obra completa del pintor Antonello da Messina en Roma; recuerdo detenerme a pensar, antes de entrar a la sala de exhibición de la obra en la Scuderie del Quirinale, qué pinturas claves buscar (en mi primer recorrido con la mirada por la obra del artista más destacado de la Italia meridional del siglo XV) antes de poner un solo pie en el salón.

Recuerdo, sobre todo, que una obra de pequeño formato robó mi atención e impulsivamente me atrajo a su presencia para develarme los secretos de lo monumental en pintura. Una pequeña obra, desconocida para mí hasta ese día, tenida a menos por alguna crítica, pero, capaz de poner la carne trémula a cualquiera.

Se trataba de un Ecce Homo, que corresponde a la representación de Cristo con la corona de espinas humillado antes de la crucifixión. Sin embargo, esta pintura no corresponde a los cánones formales de lo que pensaba que era un Ecce Homo. De hecho no es una imagen sangrienta, como las posteriores realizadas a lo largo del barroco, es un primer plano en el que vemos la expresión contenida en el rostro de Jesús, en la que no importan las llagas sino la emoción plasmada en el rostro. El gesto de aceptación de su destino, el dolor contenido dentro de su humanidad, pero, esa mansedumbre es enaltecida por el artista con un toque sobrenatural en las lágrimas.

Esta fue la primera obra en la que comprendí la tristeza serena y profunda del Cristo. Tres delicadas lágrimas caen por su rostro y una más se luce cerca al pecho. El impacto que produce la contemplación de estas lágrimas es abrumador y de un logro artístico asombroso. Al examinar cada gota con una lupa, sorprende, además de la precisión en el trazo diminuto el efecto visual de trampantojo. Realmente esas lágrimas parecen colgar del lienzo como relieves cristalinos.

El amor con el que el artista pintó esas lágrimas, ese rostro, es comparable a la belleza y a la proeza de diseño e ingeniería de la cúpula más emblemática de todo el renacimiento.

Hasta ese día pensaba que mi interés por el arte sacro estaba enfocado en el programa artístico del que la pintura hace gala, ahora que estoy un poco más viejo descubro que en ese momento lo que estaba en juego era lo sagrado mismo. Y la obra de arte cobra otra dimensión en esta perspectiva, una que desconocía, una sobrenatural.

Es difícil hablar sobre lo invisible porque nuestra mentalidad está enfocada en lo material, en la objetividad; somos, por decirlo de alguna manera, funcionarios burócratas de la comprobación. En la Epístola a los Hebreos está escrito: “Es la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. Me parece que esa certeza de lo que se espera es la esperanza con la que el artista obra confiando en el futuro, sin saber en que terminará su labor, teniendo fe en el fruto de sus manos que con humildad entrega en el momento de crear.

Hay que recordar que el artista mientras trabaja se desnuda, y es esa humildad de corazón, esa honestidad es la clave para dar cabida a lo sobrenatural, porque se entrega desnudo a lo que no puede ver y sencillamente confía, tiene seguridad, tiene fe.

Porque para el artista el proceso es mayor que el resultado, porque en su fragilidad desnuda encuentra ahí su potencia, la visión que crea futuros insospechados incluso para sí mismo. Por ello el artista renuncia a su estatus de creador mientras crea y se sabe instrumento de algo mayor y mejor.

Hoy quiero irme pensando en que lo sobrenatural está aquí conmigo, de hecho está más cerca de lo que la razón pueda explicar, pero, ese es otro tema que carece de interés ahora. Me voy confiando en que el milagro obrará en secreto.

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