Antonio Lucas

Alma Guillermoprieto: la raíz de contar las cosas

La reportera y escritora mexicana despliega su pasión por el periodismo, advierte de los peligros de la sobreinformación y considera el cambio climático como el gran tema de este siglo.
domingo, 28 de octubre de 2018 · 00:00

Antonio Lucas, periodista / Madrid

Ya se sabe: Alma Guillermoprieto tenía previsto elevarse como bailarina al amparo de maestros como Merce Cunningham y Martha Graham. Pero algo se quebró. Cunningham le informó en 1969 de que buscaban profesores de danza en Cuba y entendió el mensaje. Dejó Nueva York, donde vivía con su madre, y en 1970 ya impartía clases en la Escuela Nacional de Danza de La Habana.

Estaba previsto que fuese un año mágico en la isla. Fidel Castro anunciaba una producción de 10 millones de toneladas de azúcar de caña y la joven profesora de danza descubrió que toda arcadia tiene su mecánica de propaganda como el amor sus símbolos. Quizá por ahí fue asomando en ella el periodismo, en el Caribe de su juventud.

Hasta 1973 fue bailarina profesional. Más de 40 años después, Alma Guillermoprieto (mexicana de 1949) es una de las reporteras principales de Iberoamérica.

Suma a su vitrina el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2018. Acumula una bibliografía de reportajes más necesarios que una facultad de Periodismo. Escribió en The Guardian, The Washington Post, Newsweek, The New Yorker, The New York Books of Review... Firma en las cumbres del oficio unos reportajes y crónicas que despliegan y descifran parte de la complejidad social, política y cultural de Latinoamérica.

Cuando descubres cómo cuenta Alma Guillermoprieto no quieres leer de otro modo. Levanta párrafos lentos y precisos, con la cadencia de quien sabe que la música es más idioma que artificio. Dispensa una escritura de precisión, químicamente impura (como es la vida), y cuando aporta un dato exacto es porque tiene al lado un testimonio de hombre o de mujer que cuenta lo que sucede con la voz deshilachada.

Es la humanidad de un buen reportaje. De los días en la isla escribió un libro necesario: La Habana en un espejo. Testimonio despierto y sagaz de aquella fiesta sagrada de la Revolución en la que creyó antes de que ésta oliese a zapato viejo. La certeza de la vida en esos días consistió para Alma Guillermoprieto en pasar varios años en el centro de aquel sueño martilleado. Este conjunto de textos es memorable. Y dejó en la periodista un rastro de sospechas confirmadas: “Las revoluciones las hacen unos pocos que se creen que son todos”, dice.

¿Cuáles son hoy las revoluciones en marcha

Si las tomas en el sentido radical de las verdaderas revoluciones, que es dar a algo una vuelta completa, estamos en un momento de grandes revoluciones. La que se está dando entre hombres y mujeres es absoluta. Y la tecnológica y científica es veloz y total. Sólo con esas dos se está cambiando el perfil del presente. Pero no llamo revolución al #MeToo, sino que lo entiendo como un fenómeno que es parte de la insurrección, no la insurrección misma.

Sabe bien de lo que habla, porque Alma Guillermoprieto se estrenó en el periodismo reportajeando una de las insurrecciones del siglo pasado. Quizá la última de América Latina: la Revolución Sandinista de Nicaragua. Fue su primer empleo. Contar aquello para The Guardian, junto a la fotógrafa Susan Meiselas, por una pura curiosidad irrefrenable y un azar. Un amigo de su madre, editor del diario, le habló de aquello y de que el periódico buscaba gente que lo escribiese. Y marchó con los bártulos de freelance: un boli, un cuaderno, una agenda, un par de mudas. A trabajar en algo inédito para una bailarina con matices sinceros.

En 1982, ya en The Washington Post, develó la masacre de campesinos en El Mozote (El Salvador), donde el ejército salvadoreño asesinó a 800 campesinos (hombres, mujeres, niños), alentado por la injerencia de la administración Reagan en América Latina, tan ágil improvisando desolladeros.

El periodismo le regaló un sitio y un continente en lo que iba mirando, en las palabras que junta con su letra rápida, con su andar de lentitudes, con la emoción predilecta de saber que el periodismo se hace a pie, siempre más allá de las redacciones.

El mundo es ya otro, pero Alma Guillermoprieto sigue gastando suela y usando el transporte público. Confía en la demora de escribir más que en la urgencia de las redes sociales, cebaderos de noticias, chismes y exabruptos que tanto excitan al público.

“La necesidad neurótica de estar informado y opinar a todas horas favorece a la fantasía en lugar de a la verdad. Un tsunami sustituye a otro cada tres horas. La información, cuando es tan abundante, sólo es parcial. Antes un periódico era una especie de ágora donde se reunían gentes muy diferentes en paz. Las redes sociales han acabado con eso. Es uno de sus efectos más negativos”, exclama. Estamos más informados que enterados.

“Las noticias pasan cada vez más rápido y eso complica el reflexionar con complejidad, con profundidad. Cada vez resulta más difícil explicar los sucesos con calma, lo que genera una extraña sensación de miedo. Debo reconocer que estoy muy asustada, pues para ponernos en peligro no hace falta demasiado entrenamiento. En vez de conocer a fondo los hechos nos dan tajantemente las explicaciones. No es muy alentador”.

Eso tiene que ver con el uso indiscriminado de falsas verdades como armas de confusión masiva.

Es que nos creímos una mentira absoluta: que existe la verdad. Y ahora todo el mundo tiene una verdad que arrojarle al otro. Olvidamos que la comprensión de cualquier realidad se hace de todos los puntos de vista de quienes la contemplan.

Alma Guillermoprieto regresó a Colombia, donde vive, después de pasar los años de plomo, del 88 al 92, y de alojarse en otras muchas ciudades. Su pesimismo vital es de entusiasmo. Por el camino fue dejando sus crónicas en otros tantos libros: Desde el país de nunca jamás, Los años en que no fuimos felices, Los placeres y los días, Al pie de un volcán te escribo...

Aquella bailarina a la que se le quebró el sueño no se lamenta ya por volver a bailar. El periodismo le ha dado otra danza. “Duró muchos años el deseo de haberme quedado en el baile. Aunque ahora entiendo mejor que la danza no es delicada. Para bailar hay que ser enormemente fuerte y terco, virtudes válidas para el periodismo. La resistencia al dolor, la disciplina diaria... En danza uno fracasa todos los días como sistema”.

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