Juan Cristóbal Mac Lean E.,

Camino de Cézanne

Juan Cristóbal Mac Lean sigue el rastro del pintor Paul Cézanne a través de las cartas que el poeta Rainer Maria Rilke le escribiera a su esposa en 1907.
domingo, 28 de octubre de 2018 · 00:00

Juan Cristóbal Mac Lean E., Poeta

Aquí aparecerán también cartas escritas a mano, y se tratará de cuadros de pequeño formato pintados con pincel y caballete, al aire libre. También se verán plantas y caminos. Y si ahora parece que las cartas ya hubieran dejado de existir, mientras los pequeños cuadros apenas se refugian en intimidades privadas, habiendo dejado de fatigar cualquier Bienal, ¿a qué entonces hablar de añejerías semejantes, en tiempos de smartphones e instalaciones, videos y espectáculos Ya veremos.

Las cartas de las que se trata son las 19 que Rilke le envió a su mujer, Clara Westhoff en octubre de 1907 desde París, donde le sucedió encontrarse, en un “inesperado contacto”, con los cuadros de Cézanne, hecho que se dio, dice, “en el interior de mi vida”, donde llegó a “arraigarse”. Era una época, tengámoslo muy en cuenta, aún no anegada, contaminada, avasallada, por el imperio absoluto de la imagen y el fragor visual.

Poder ver, de pronto y con los ojos limpios, dos salas enteras dedicadas a Cézanne en el parisino Salon d’Automne, sin duda que no sería poca cosa para la viajera alma del poeta.

En esos cuadros, en las naturalezas muertas, Rilke encuentra cosas, “simplemente imperecederas en su obstinada presencia”. Para alcanzarlas, tuvo que emplear “mucho, mucho tiempo”, hasta llegar a tener, “de pronto, la mirada justa”. Pero esta mirada, de parte del espectador del cuadro, ¿podría existir sin reflejar, a su vez, la mirada justa del propio pintor, e incluso la justicia de tal mirada La mirada que les hace justicia a las cosas. Pero esa mirada, si hemos de escuchar a Rilke, debe desnudarse y despojarse, incluso del amor, a fin de lograr solamente la plenitud de un “aquí está”.

La frase de Rilke en la carta: “Se pintaba: yo amo esto, en lugar de pintar: aquí está.” Y puntualiza todavía que, entonces, el huraño pintor “supo reprimir su amor hacia cada manzana y ponerlo a salvo para siempre en las manzanas pintadas”.

¿Y cómo así la mirada de Rilke pudo ser tan penetrante, se acercó tanto a la de Cézanne ¿Qué es lo que lo hacía tan particularmente afín, tan justa y precisamente bien dispuesto al vivir interiormente los cuadros del pintor Arriesguemos esta hipótesis salvaje: el aire libre.

El uno pintaba al aire libre y el otro se pasó media vida viajando al aire libre. Árboles, flores, malezas, todas las plantas. Pero tratándose del aire libre hay que recordar, inmediatamente, el carácter “uraniano”, o celeste, del mismo aire que respiramos, producido a su vez por la respiración de las plantas y el sol. No estamos, así, lejos del cielo holderliniano, que una vez tuvo dioses.

Emanuele Coccia, el notable filósofo que dirigió su atención al mundo de las plantas y el cielo, a nuestro propio carácter celeste, llega a decir, con el mismo ímpetu, que sería tonto restringir el “pensamiento” nada más que al cerebro humano. Y, cuando uno va de viaje, va mirando, ¿no ve acaso verdaderos paisajes pensando Paisajes pensantes. Esas nubes, esos cerros, la caída de la luz sobre los bosques…

Apenas se fija uno en la biografía de Rilke, debería llamarle la atención cómo éste nunca paró de viajar. Sus residencias están contadas en decenas. Siempre de un lugar a otro. Trenes y diligencias, castillos. Caminos de tierra, estaciones, posadas. Cada viaje largo tomaría días, etapas. Y se cruzaría una Europa rural y de paisajes muy hermosos (pensantes) que el viajero vería por cada ventanilla. Los años anteriores a las cartas sobre Cézanne, si bien vivió oficialmente en París, los viajes que haría de ahí llevarían a Rilke hasta Worpswede, Múnich, Venecia, Florencia, Roma. Dinamarca y Suecia, Dresde, Berlín, Worpswede, Colonia, Dresde, Praga, Worpswede, Berlín, Nápóles, Capri, Roma. Pero, otra vez, más que los destinos, nos asombran aquí los itinerarios y trayectos. Son muchísimos los días que el viajero se tuvo que pasar recorriendo caminos, quedándose en posadas, escribiendo al paso, mirando tierras tras tierras, cielos tras cielos.

Y mientras Rilke se la pasaba viajando, haciendo poemas ante paisajes pensantes, mirándolos desde el vagón o la diligencia, Cézanne se la pasó pintándolos al aire libre. Ambos sabían de qué se trataba en el arte, lo sabían al respirar ese aire y mirar ese mundo. Sabían, ni qué decirlo, de lo visible y lo invisible.

No en vano Rilke diría después: “Somos las abejas de lo Invisible. Hurtamos incansablemente la miel de lo visible para acumularla en la gran colmena de oro de lo Invisible”. Cézanne, en cambio, acumulaba esa miel en sus cuadros. Su método para convertir lo visible en miel era “realizarlo” en el cuadro, tras asistir a que la naturaleza en sí misma se “realice”. A esa realización en el poeta o el pintor, podemos también considerarla una comprensión del “pensamiento” del mundo visible en la naturaleza. 44 óleos y 46 acuarelas de la montaña de Saint Victoire dan cuenta de esa atención y de esa escucha, mirada, del pensamiento –en este caso el de una montaña. Cuando la aparición de lo que aparece y se deja ver, es indisociable de su propia aparición y el pintor lo celebra: así es.

Las cartas de Rilke acabarían un día en las manos de Heidegger (quien recomendó su publicación separada). Cuando éste estuvo en la Provenza francesa y pudo conocer “el camino de Cézanne”, con el cual se sentía particularmente comprometido, escribió, entre los apuntes-poemas (Gedachtes) que dedicó a René Char, uno dedicado a Cézanne. Lo retraduzco muy literalmente de la versión francesa de Francois Fédier, dejando en alemán palabras clave, muy conocidas por los lectores del filósofo:

Cézanne
Da a pensar, el reposo de la figura, tranquila
En lo abierto, del viejo jardinero Vallier,
Quien cultivaba lo inaparente (Unscheinbares) a lo largo
Del camino de Lauves.

En la obra tardía del pintor, la diferencia
Entre aquello que viene a la presencia (Anwesendem) y la presencia misma (Anwesenheit)
Se unifica en simplicidad, es “realizada” y
Simultáneamente remitida a sí misma
Transfigurada en identidad de enigma.

¿Se abre así un sendero, que llevaría a una común
presencia del poema y el pensamiento

Otras Noticias