Óscar Rivera-Rodas

Costumbres propias y tradiciones ajenas

Óscar Rivera-Rodas explora los orígenes del Día de Todos los Santos o Día de los Muertos a partir de las costumbres celtas.
domingo, 28 de octubre de 2018 · 00:04

Óscar Rivera-Rodas, Escritor

Los últimos días de octubre, los pueblos de América, de sur a norte, se preparan para celebrar longevas costumbres europeas que, sin embargo, no fueron extrañas a las culturas ancestrales centro y sudamericanas. Son costumbres que las guardan y practican, heredadas, adoptadas y adaptadas de mitos locales y exteriores. Me refiero a los días que recibieron las etiquetas siguientes: “día de los muertos”, “todos los santos” y, en inglés, “halloween”.

Para hablar de estas costumbres debemos empezar, obviamente, por el principio y remontarnos a los antiguos pueblos celtas, de la llamada “edad de hierro”, es decir, a mil doscientos años anteriores a la era actual. O, en otras palabras, aquellas poblaciones que vivieron hace más de 3.218 años. Los pueblos celtas estaban esparcidos en las tierras de Irlanda y Escocia, de la actual Inglaterra insular.

Difícil saber si esas islas fueron su origen o emigraron a ellas de otras regiones. Tuvieron varias lenguas, entre las principales el gaélico irlandés, el gaélico escocés, el galés (de Gales) y el bretón (de Bretaña). Aunque cultivaron inscripciones, carecieron de escritura, lo que impidió el registro documental para la elaboración de su historia. También poblaron otras regiones de Europa, y dejaron como herencia a ésta sus idiomas, su religión y sus costumbres.

Los celtas concluían sus faenas anuales, fundamentalmente agrarias y de caza, el último día de octubre y lo festejaban. Fecha de mucha celebración llamada Samhain, marcaba el “fin del verano” y comienzo del “año nuevo”: el 1 de noviembre. El último día de octubre encendían fogatas porque también comenzaba el tiempo de la oscuridad: días cortos y noches largas; y miraban la primera luna llena de la temporada invernal. El escritor estadounidense Thomas Bulfinch (1796-1867), en su famosa obra Mythology, señaló que el nombre original de ese día fue Samh’in o “fuego de la paz” (1938: 281). La víspera del 1 de noviembre era llamada Hallow-eve (“víspera de lo sagrado”). Era una costumbre religiosa impuesta por los druidas, miembros de la casta sacerdotal que se consideraba depositaria del saber sagrado y profano, a fin de obtener poder político sobre sus pueblos, como lo hace cualquier otra religión.

Además, los celtas creían que, en esa víspera, el espacio del mundo se abría hacia otro mundo: el de ultratumba; y esperaban en esa noche el regreso de los espíritus de sus antepasados. Para homenajearlos, dejaban alimentos, bebida y golosinas. Las hogueras que encendían eran también para honrar a sus muertos. Pueblos que practicaban el culto a las sepulturas, conservaban dentro de su creencia la celebración del “día de los muertos”.

En la oscura edad medieval, los pueblos de las islas británicas comenzaron a sufrir invasiones, primero, de hordas romanas, hacia el siglo 46 (a.C.), lo que causó un mestizaje de creencias. Más tarde, invasiones de hordas cristianas incrementaron ese mestizaje, y la tradición celta comenzó a desaparecer. Y con ella su religión druida, aunque dejó algunas de sus costumbres al cristianismo. Este proceso siguió su curso por siglos hasta que en el año 664 se produjo una junta de clérigos en la ciudad de Whitby (“Northumbrian synod”) en la que monjes cristianos irlandeses y romanos lograron sus acuerdos. En estas circunstancias, en el siglo VIII, un clérigo sirio, cuya biografía se desconoce, fue consagrado el 18 de marzo del 731 pontífice del Vaticano, o vicediós, con el alias de Gregorio III, y lo fue hasta su muerte en el año 741. Este Papa decidió honrar en un solo día a todos los “santos” difuntos que carecían de efemérides, y eligió el 1 de noviembre.

Con ese motivo, además, ordenó construir una capilla en la Basílica de San Pedro. Otros pontífices, o vicedioses, que le sucedieron ratificaron con pocas modificaciones esa festividad. Un siglo después, Gregorio IV (827-844) declaró oficialmente al 1 de noviembre como día de Todos los Santos, trasladándolo del 13 de mayo.

El escritor mexicano Octavio Paz (1914-1998), siguiendo la tradición propia del México antiguo reflexionó sobre esas fechas en su conocido libro El laberinto de la soledad (1950). Ahí reúne sin comentario ambas festividades en el título del ensayo III: “Todos Santos, Día de los muertos”. Y escribe: “Para los antiguos mexicanos la oposición entre muerte y vida no era tan absoluta como para nosotros. La vida se prolongaba en la muerte. Y a la inversa. La muerte no era el fin natural de la vida, sino fase de un ciclo infinito. Vida, muerte y resurrección eran estadios de un proceso cósmico, que se repetía insaciable” (1959: 49). Más adelante agrega: “El culto a la vida, si de verdad es profundo y total, es también culto a la muerte. Ambas son inseparables. Una civilización que niega a la muerte, acaba por negar a la vida” (1959: 54).

Cuatro siglos antes, el escritor andino Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616), en su obra Comentarios reales (1609), había escrito en el Libro Segundo, Capítulo VII: “Tuvieron asimismo los Incas la resurrección universal, no para gloria ni pena, sino para la misma vida temporal”, pues no pretendían entender otra realidad que no fuese la de esta vida presente. Explicaba: “muchas veces pregunté a diversos indios y en diversos tiempos” sobre sus costumbres ante la muerte, “y todos me respondían unas mismas palabras, diciendo: sábete que todos los que hemos nacido hemos de volver a vivir en el mundo”.

El pensamiento ante la vida y la muerte no fue distinto en las dos grandes culturas ancestrales de América: la mesoamericana y la andina. Para estas culturas, como bien escribió Octavio Paz en el libro citado, “regresar a la muerte original será volver a la vida de antes de la vida, a la vida de antes de la muerte: al limbo, a la entraña materna” (1959: 56).

Así también, continuarán repitiéndose anualmente los días festivos llamados “de los muertos”, “de los santos” o, en lengua inglesa, “halloween”.

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