Wilmer Urrelo

La brutalidad de los espejos

“Tú no lo sabes, pero la nostalgia por el mar es una enfermedad”, sentencia Wilmer Urrelo, quien escribe sobre la eterna nostalgia de los bolivianos por el mar.
domingo, 28 de octubre de 2018 · 00:07

Wilmer Urrelo, Escritor

Tú no lo sabes, pero habría que renunciar a todo. Tú no lo sabes, pero renunciar no siempre es malo. Tú no lo sabes, pero uno siempre renuncia a su pasado. Tú no lo sabes, pero uno renuncia muchas veces a su futuro. Incluso, sin percibirlo (tú no lo sabes), pero renuncias todo el tiempo al presente.

Y no pasa nada. Y después de renunciar (tú no lo sabes), el mundo sigue ahí. Imperturbable. Impasible. Oscuro y endemoniado. Y nunca pasará nada. Tú no lo sabes, pero si renunciamos al sueño marítimo el mundo seguirá ahí. Imperturbable. Impasible. Y brutal.

Tú no lo sabes, pero habría que renunciar también a creernos extraordinarios. A creer que teníamos la razón. La sentencia de La Haya es un espejo, eso tú no lo sabes. Tú no lo sabes, pero es un brutal espejo donde nos vimos históricamente.

Y la historia no estuvo de nuestro lado.

Tú no lo sabes, pero habría que renunciar también a los héroes. A esos héroes de libro de texto estudiantil. Ellos, los héroes (tú no lo sabes), no serán ni más ni menos que alguien que renuncia al mar. Que renunciar a ese sueño estúpido que nos encegueció por tantas décadas. Esa es, también, la brutalidad de los espejos. Tú no lo sabes, pero habría que tener el valor para renunciar a la mística. Y habría que renunciar también al papel de víctimas. ¿No es patético ser una víctima todo el tiempo ¿Qué demonios ganamos con eso Tú no lo sabes, pero solo ganamos una cosa. Un hecho más bien rotundo y perjudicial. No entender que renunciar no está mal. Que renunciar es normal. Que perder es la cosa más común del mundo. No aceptar que la mayor parte de las veces se pierde. Y que se gana en muy pocas ocasiones.

El espejo, el brutal espejo de la sentencia de La Haya, debería recordarnos eso. Porque el mundo seguirá ahí. Imperturbable. Impasible. Siniestro y eternamente ajeno. Y triste también. El mar no se acabará. La humanidad terminará su ciclo en la tierra y el mar seguirá ahí. Tú no lo sabes, pero tal vez habría que renunciar al sacrificio. Habría que renunciar a los 23 de Marzo, por ejemplo. Tú no lo sabes, pero habría que quitar la estatua de Abaroa y colocar en su lugar un espejo. Para vernos. Para recordarnos que perdimos. Y para saber, también, que el papel de víctimas no puede ser eterno.

Que en algún momento las máscaras terminan cayéndose.

Como se cayeron el pasado 1 de octubre.

Se cayeron las esperanzas, por supuesto. ¿Y hay algún problema con eso Tú no lo sabes, pero habría que enseñar en las escuelas que en el fondo todos los seres humanos somos perdedores. Que es una posibilidad. Habría que reescribir la historia marítima. Perdimos porque perdimos. Las guerras se pierden, ese es un hecho. Tú no lo sabes, pero también se pierden las esperanzas y eso no significa nada.

¿Y si no merecemos el mar ¿Pensamos alguna vez en eso

Habría que difundir en las escuelas ese extraordinario cuento de Benedetti. Benedetti no me gusta, ojo. Demasiado azucarado para mi gusto. Pero tiene un cuento que nos descifra. Tú no lo sabes, pero habría que debatir en las escuelas sobre ese cuento. En las universidades y en los cuarteles (aunque sea mucho pedir). El cuento se titula Un boliviano con salida al mar. Y dice: “…una obsesión que está presente en todo boliviano, ese alguien que siempre parece estar acechando el horizonte en busca del esquivo mar que le fue negado. Tiene el Titicaca, por supuesto, pero el enorme lago sólo le sirve para que crezca su frustración, ya que en vez de conducirlo a otros mundos, sólo lo conduce a sí mismo”.

Tú no lo sabes, pero a eso se le llama la brutalidad de los espejos.

Tú no lo sabes, pero habría que dejar atrás la frustración. Como se dejan atrás los resfriados. Como se dejan atrás a las personas que odiamos. Como un país deja atrás a los presidentes con ínfulas de la eternidad solitaria. Vernos en el espejo y aceptar las derrotas. Dice Benedetti, poeta que no me gusta, por zalamero y azucarado, pero que tiene un cuento fabuloso que nos descifra con la brutalidad que solo tienen los espejos: “Sabía por experiencia que la nostalgia del mar no tiene fin”. No tiene fin cuando no queremos ponerle fin. Tú no lo sabes, pero si nos atrevemos a aceptar la brutalidad de los espejos nos quitaremos un peso místico de encima. Y no hay nada mejor que quitarse un peso místico de encima. Como esas deudas bancarias. O como las enfermedades interminables.

Tú no lo sabes, pero la nostalgia por el mar es una enfermedad.

Pregunto una vez más: ¿nos merecemos el mar siendo como somos ¿Nos merecemos la inmensidad y la ferocidad del mar Tal vez no. O tal vez todavía no. Tal vez todavía no, mientras la nostalgia sea más grande que la realidad histórica.

Tú no lo sabes, pero nosotros somos nuestro principal problema.

Claro que tú no los sabes, pero el mar es esquivo y lejano. Tú no lo sabes, pero el mar es tremendo, feroz y poético. Tú no lo sabes, pero no todo el mundo se merece la oscuridad y la violencia del mar. Tú no lo sabes, pero perder no está mal. A veces, o casi siempre (tú no lo sabes), perder es reconocernos en la brutalidad de los espejos. No está mal asumir la ausencia del mar. Tú no lo sabes, pero no está mal asumir que el mar para Bolivia fue solo un espejismo. Y no se vive de espejismos.

Eso tú no lo sabes.

Tú no lo sabes, pero la ausencia también es todo lo anterior. Saberse perdedor y ya no buscarnos a nosotros mismos en la ausencia del mar. Llevamos más de cien años haciéndolo. Y esa es la brutalidad histórica. Y aún no podemos hallarnos. Y no lo haremos si no dejamos atrás la nostalgia marítima.

Claro que tú no lo sabes, pero aún estás perdido.

Perdido. Nostálgico y ausente. Como un cadáver consumido por la historia.

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