Ricard Bellveser

Mandela: Cartas desde la prisión

El líder sudafricano escribió cientos de cartas que empiezan a publicarse ahora, y constituyen un retrato moral de él mismo y vivo del apartheid.
domingo, 28 de octubre de 2018 · 00:04

Ricard Bellveser, Escritor

“Durante su reclusión, mi abuelo escribió cientos y cientos de cartas. La selección que se presenta en este libro, acerca íntimamente al lector no solo al Nelson Mandela activista político y prisionero, sino también al Nelson Mandela abogado, padre, marido, tío y amigo, e ilustra cómo su larguísima privación de libertad lejos de la vida cotidiana le impidió ejercer estos papeles”, dice con esta clara elocuencia, en el prólogo de Cartas desde la prisión de Nelson Mandela (Ed. Malpaso. Barcelona, 2018), su nieta Zamarwazi Lamini-Mandela.

El editor de estas epístolas, Sahm Venter, ha seleccionado 255 cartas escritas y enviadas –no todas llegaron, ni mucho menos, como luego comentaré– desde su cautiverio que se prolongó durante 27 años, de 1962 hasta el 11 de febrero de 1990, y que, reunidas, constituyen el primer volumen de tres en que está editorialmente dividida esta correspondencia mucho más amplia, intensa e interesante, que ve ahora la luz con motivo del primer centenario del nacimiento del activista sudafricano nacido en 1918.

Las cartas que se muestran aquí, se agrupan en tres bloques correspondientes a las tres prisiones principales en las que estuvo Madiba: la terrible prisión de Robben Island, frente a ciudad del Cabo, de terroríficos recuerdos, la cárcel de máxima seguridad de Pollsmoor y la última, la prisión Víctor Verster.

“Su correspondencia –sigue diciendo su nieta– nos devuelve a tiempos muy oscuros de la historia de Sudáfrica, en los que quienes luchaban contra el sistema gubernamental del apartheid, instituido para oprimir a una raza entera, padecían castigos terribles. A través de esta correspondencia dejó documentada la persecución constante que sufrió mi abuela y nos permite hacernos una idea de lo que supuso para sus hijos, Thembi, Makgatho, Makaziwe, Zenani y Zindzi, tener un padre ausente con el que apenas pudieron comunicarse”.

La disparatada e innecesaria crueldad –¿la crueldad es ‘necesaria’ alguna vez– con la que los presos, y en especial los presos políticos, eran tratados, resulta insoportable intelectualmente. Los hijos de Mandela, y en general los de los presos negros, no podían visitar a sus padres hasta cumplir los dieciséis años. Si tenemos en cuenta que Mandela ingresó en prisión en 1962, con 44 años de edad, se comprenderá que además de su propia libertad, le fue hurtado incluso el ver, solo ver, crecer a sus hijos.

Dice Zamarwazi: “Este epistolario contesta muchas de las preguntas que durante años me desconcertaron: ¿cómo hizo mi abuelo para sobrevivir durante veintisiete años en prisión ¿Qué lo empujaba a seguir adelante”

Las cartas de que disponemos, las publicadas y las por publicar, no todas llegaron a su destino, pues todas ellas, tanto las que se enviaban como las que se recibían, pasaban obligatoriamente por la Oficina del Censor de Robben Island, donde se censuraban. “No querían que hablaras de nada más que de temas familiares –escribió Mandela– y, sobre todo, de nada que ellos juzgasen de naturaleza política. Esa era la razón por la que nos teníamos que limitar a hablar de asuntos de familia. Y además estaba su ignorancia del lenguaje.

Si usabas la palabra guerra, sin importar el contexto, podían decirte “quítala” porque no entendían muy bien cómo funciona la lengua. Y la guerra es la guerra, eso no puede tener otro significado. Si escribías ‘guerra de ideas’, estabas diciendo algo no permitido”.

Aún así, escribió centenares y centenares de cartas de las que guardaba copias en libretas por si los censores se negaban a enviarlas si no eliminaba cierto párrafo.

Dice Madiba en una de las cartas recogidas en este volumen: “El 25 de febrero discutí todo el tema de nuestra correspondencia con el director general de Prisiones, el general Steyn, y le señalé que solo había recibido tres de las doce cartas que me escribiste en 1971 y que, a su vez, tú también habías recibido solo tres cartas de las que te escribí durante el mismo período”, el comandante responsable negó haber interferido y el director de Prisiones rechazó la mera idea de que se estaba manipulando la correspondencia, le prometió que investigaría su queja y le garantizó que arreglaría cualquier irregularidad. “Estoy desconcertado al ver que, a pesar de mis intercambios con el principal representante del Departamento de Prisiones y de la garantía que me dio el brigadier Aucamp en relación con algo que pueden corregir fácilmente, haya resultado estéril. Uno no debería encontrarse con dificultades de este tipo para comunicarse con su familia”.

Estas cartas de Mandela, condenado a cadena perpetua bajo la acusación de actos de sabotaje y de intentos de derogar al Gobierno, pese a las intermediaciones, censuras y controles, se convierten en un vivo fresco sobre lo que fue el apartheid y sus métodos, son un retrato vivo de una forma de tratar a los negros en aquella Sudáfrica.

Mandela, Premio Nobel de la Paz en 1993 y presidente electo de Sudáfrica, cuyo carácter y perfil humano quiso retratar Clint Eastwood en su película Invictus, ni en la cárcel ni fuera de ella mostró deseos de venganza ni ánimo de rencor, mantuvo su sonrisa, su bondad y su cuidado lenguaje, hasta el punto de que a veces hace que nos preguntemos si era verdaderamente así, si su bonhomía era calculada o sincera, o si había algo de impostura en su comportamiento. El lenguaje de las cartas ya sabemos que era tan esmerado porque debía pasar los filtros de la censura, pero aún así, nos queda la duda porque es difícil hallar una persona con tanto autocontrol y tan enorme sentido de la generosidad y de lo que le conviene a su pueblo.

Mandela, que renunció a volver a presentarse a Presidente, lo que ya es extraño en estos tiempos, murió a los 95 años de edad y dejó tras de sí un amplio corpus ideológico que se entiende con claridad en Nelson Mandela por sí mismo, libro en el que se recogen 2.000 citas de su autoría que nos lo muestran en toda su enorme complejidad.

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