Tres Tristes Críticos

Locamente millonarios, la opulencia en el hiperrealismo

Ayala escribe sobre la película dirigida por Jon M. Chu.
domingo, 07 de octubre de 2018 · 00:00

Rodrigo Ayala Bluske Cineasta

¿Cómo se explica el éxito mundial que ha obtenido Locamente Millonarios? Se trata de una cinta que no tiene ningún acierto narrativo relevante y que sin embargo ha ganado el favor del público y ha recibido amplios elogios de parte de la crítica especializada.

Alguien podría decir que lo interesante se encuentra en que constituye una prueba más de la globalización del cine, ya que se trata de un filme financiado por un estudio norteamericano, pero realizado en el Asia con actores de este origen, pero ni siquiera esto es una novedad ya que en los últimos años Netflix ha vuelto este modelo moneda corriente.

El “olor” de la riqueza

Lo más interesante de la cinta, por lo puntual, pero a su vez engañoso, es la frase de Napoleón con que se abre: “Cuando China se despierte el mundo temblará”. En la medida en que el metraje avanza, nos damos cuenta de que el realizador no se refiere ni a la geopolítica, ni a la acumulación de poderío militar, y ni siquiera al crecimiento económico por parte del gigante asiático.

La historia nos habla de los multimillonarios chinos, que en este caso ni siquiera viven allí, sino que generaciones atrás fijaron residencia en Singapur; ese pequeño enclave asiático del ultracapitalismo.

En todo caso el detalle tiene coherencia con el desarrollo posterior del argumento. Algunos teóricos contemporáneos aseguran que los millonarios de hoy ya no tienen patria. Son nómadas que van de país en país, buscando ventajas logísticas o impositivas. Un ejemplo real es el de Eduardo Saverin, un migrante brasilero que se hizo multimillonario gracias a Facebook en Estados Unidos y luego renuncio a la nacionalidad norteamericana a fin de pagar menos impuestos, radicándose precisamente en Singapur.

Saverin (en la vida real) y los personajes de la película (en una ficción que se esfuerza por glorificar este segmento de esa vida real), pertenece a ese 1% por ciento de la población mundial que según datos de Oxfam acumula más de la mitad de la riqueza mundial y que el año pasado se embolso un 82% de la ganancia generada en el planeta (en ese marco viven los ocho personajes reales cuya riqueza es equivalente a la de otros 3.500 millones de seres humanos).

¿Podemos imaginarnos como una porción de seres humanos tan pequeña, gasta una cantidad de dinero tan grande? Eso es lo que trata de mostrarnos la película de la mano de Rachel, una joven profesora universitaria norteamericana de ascendencia china que acompaña a su novio, el heredero de una de las familias mas ricas de Singapur, a la boda de unos parientes en Singapur.

El gran atractivo de la cinta entonces es hacer gala de la forma en la que estos privilegiados despilfarran su riqueza. Es un mundo en el que las casas mediocres son imitaciones de palacios franceses del siglo XVII, en el que la despedida de soltero del novio se realiza en un trasatlántico animado por bellísimas mises de todo el mundo (que actúan como prostitutas), y en el que la despedida de soltera de la novia consiste en vales de decenas de miles de dólares para que las invitadas adquieran la ropa más cara del mundo.

El mayor esfuerzo de la imaginación de los guionistas y del director Jon. M. Chu se centra en imaginar distintas formas en que nos puedan hacer “oler” el exceso de riqueza (en el sentido del aroma que a veces sentimos cuando pasamos por una churrasquería, sabiendo que no podremos detenernos a probar el asado). Y esa también es la clave del éxito de la cinta, ya que el resto de su armado narrativo es convencional y reiterado: la chica “humilde” (aunque en este caso se trate de una profesora de Harvard), despreciada por la suegra altanera, que finalmente se gana el respeto de la familia y reafirma el amor del novio.

Pinceladas de hiperrealidad

Locamente Millonarios pasa entonces a ser uno más de los elementos de la “hiperrealidad”, en la que según varios teóricos contemporáneos vivimos actualmente: la que anula nuestra percepción de lo auténticamente “real”, merced al uso sistemático de elementos simbólicos y/o comunicacionales que nos hacen artificialmente participes del glamur sin fin de los privilegiados (reality shows sobre las vidas de los “famosos”, vacaciones en Las Vegas u Orlando para los clasemedieros con algo de plata, e inclusive los “malls” tipo Ventura o Cine Center a los cuales podemos ingresar unas horas para sentirnos como si viviéramos en el mundo de “los otros”).

El asunto no sería tan triste si es que la mediocridad del argumento de la película no fuera tan complementaria a la mediocridad del sistema político en el que vivimos: a la profesora universitaria de economía Harvard ni se le ocurre cuestionar la ética de tanto derroche, su triunfo consiste que los ricos aprendan a valorar su humildad y la acepten. En el mundo actual en todos sus niveles, a nadie se le ocurre cuestionar seriamente (más allá de la demagogia oportunista) esa realidad que describen los datos de Oxfam; ocho personas que ganan acumulan riquezas inimaginables, mientras 3.500 millones mueren de hambre. El triunfo cultural del neoliberalismo fue tan amplio en los 90 (y la respuesta de la izquierda y el liberalismo clásico tan mediocres), que hoy la desigualdad y la miseria parecen ser elementos inamovibles de la realidad.

Parafraseando a algún teórico podemos decir que vivimos en un mundo en el que sabemos que “ellos mienten” (sabemos que eso de que la “mano libre del mercado” produce riqueza y bienestar es una tontería), ellos saben que nosotros sabemos que mienten (todos entendemos que el actual sistema de acumulación de riqueza está provocando no sola la miseria de la mayoría, sino también la destrucción física del planeta).

Y sin embargo nadie tiene ganas de cuestionar nada, porque nos han hecho creer que los cambios reales son imposibles. Ese parece ser el universo de la hiperrealidad, de la que Locamente Millonarios constituye una pequeña pincelada.

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