Cuento

Bram Stoker, más allá de Drácula

Una pincelada sobre la obra que reúne los cuentos completos del novelista y escritor irlandés.
domingo, 11 de noviembre de 2018 · 00:08

Gonzalo  Torné  El Cultural

Pocas afirmaciones suscitan menos controversia en el mundo literario que la siguiente: “Bram Stoker es el autor de Drácula”. Incluso nuestros conciudadanos que apenas leen disfrutan al cabo del año de numerosas ocasiones para enterarse: películas, videojuegos, series, canciones... 

La identificación es tan estrecha que, como le sucede a Conan Doyle con su detective (otro escritor que circula por la frontera entre la literatura artística y la popular, si es que no son obras como El sabueso de los Baskerville o Drácula las que han trazado esa frontera), corremos el riesgo de confiar en que no hay Stoker más allá de Drácula, y darlo por leído, cuando disponemos por lo menos de ochocientas páginas de relatos (los tres libros publicados en vida y una extensa lista de narraciones dispersas que cubren cuarenta años de oficio) muy estimables. Aunque, no sufran, acabada la lectura Bram Stoker seguirá siendo para todos ustedes el autor de Drácula.

Aún así el propósito de incrementar el conocimiento sobre su obra es muy meritorio, y viene con el añadido de que ni siquiera en inglés disponemos de una edición completa de sus cuentos. Antonio Sanz  Egea ha reunido los dos libros publicados en vida por Stoker (El país bajo el ocaso de 1881 y Atrapados en la nieve: crónica de una gira teatral de 1908) y un volumen póstumo, compilado en 1914 por su mujer, Florence Balcombe, siguiendo las instrucciones del propio Stoker. 

Aunque el trabajo más admirable de esta edición sea el rastreo de casi treinta piezas dispersas, recurriendo en ocasiones a los archivos digitalizados, pues de algunos periódicos y revistas no queda ya un mísero ejemplar localizado. 

El primer libro que publicó Stoker El país bajo el ocaso es posible que desoriente un tanto al lector: en sus páginas desfilan ángeles, portales mágicos, princesas, gigantes, constructores de sombras, magos buenos y un juego propio de efemérides (la Procesión del Pasado Fenecido, la Hora del Descanso…); una mitología ociosa al servicio de fábulas sin secreto. Como se puede deducir por su imaginación infantil y su moralina no menos infantil se trata de un libro que el bueno de Bram dedicó y escribió para entretener a su hijo. 

Quizás el único relato que no impaciente a una mente adulta sea El constructor de sombras, así que le recomiendo al lector que se salte estas páginas y deje el libro del ocaso para el final; siempre que el resto del volumen en lugar de saciarle haya incrementado la “fiebre Stoker”. 

El segundo de los volúmenes Atrapados en la nieve: crónica de una gira teatral constituye una secuencia de relatos entrelazados, un libro que con otro criterio bien podría estimarse como una novela. Se trata de la reunión forzosa de un grupo de gente de teatro (actores, comediantes, apuntadores, directores de escena, contables, responsables de atrezo...) en un tren detenido por el mal tiempo. Se sortea la reticencia del maquinista, se enciende una pequeña hoguera, rueda la bebida y se suelta la lengua. 

Los relatos iluminan distintos aspectos de la vida sobre las tablas, y extraen reflejos interesantes del contraste entre la rigurosa exigencia profesional y el inestable prestigio social que suscita un oficio itinerante, asociado por los sedentarios a la venta ambulante, cuando no al vagabundeo.

Se aprecian en estos relatos las primeras hebras de terror: boas, bebés muertos, ataúdes, difuntos a cara descubierta, trenes que corren hacia el desastre (“la muerte viaja muy rápido”, nos confiesa uno de los narradores)... Pero comparecen como elementos atmosféricos, que no llegan a tejer un relato cuyo propósito sea estremecernos. En el campo del horror su principal logro quizás sea este viscoso pasaje tan bien resuelto por Jon Bilbao, su traductor: “Pese a que mi experiencia me había acostumbrado a cosas así, me sentí incómodo cuando me acerqué a verlas. Yacían en el fondo de una caja, como montones de melones, sin más cierre que una tapa de cristal que ni siquiera tenía cerrojo. Una masa inmensa, viscosa, multicolor, que se plegaba y enroscaba en todas direcciones, y si no fuera por las cabezas que asomaban acá o allá, se podría haber pensado que se trataba de un único y enorme reptil”. Los relatos atienden más bien a la incomodidad social: el inestable estatus de los actores queda reforzado por situaciones comprometedoras (reencuentros, contrastes de caracteres, cómicos obligados a actuar en un velatorio...), muy bien trabajadas por Stoker, cuyos efectos psicológicos se desentiende de explorar. Le recomiendo al lector que no deje pasar Un nuevo rumbo artístico que condensa gran parte de lo dicho en este párrafo en una narración oscura y emotiva. Pero donde más brilla el talento de Bram Stoker quizás sea en las dos pinceladas con las que cada pocas páginas añade otro viajero al tren, y en las deliciosas transiciones entre relato y relato, escritas en estado de gracia.

En El invitado de Drácula y otros relatos inquietantes nos situamos ya de lleno en las coordenadas del terror (a la altura de la página 272, en un cuento que es un fragmento desgajado de Drácula resulta casi emocionante encontrarse con el primer vampiro “la piel rosácea de los vivos y la boca ensangrentada”): cementerios, repentinas contracciones de la luz, aullidos, casas encantadas, prefiguraciones espectrales... Todo el atrezo gótico, intensificado por el romanticismo más mórbido, comparece aquí con un sorprendente satinado intelectual: porque lo más importante para Stoker no es lo que se explicita (lo terrorífico se manifiesta, pero no se explora ni se lleva la cuenta de mordiscos o heridas), sino una especie de amago en el que se recrea: la insinuación de lo sobrenatural, sus aledaños, el presentimiento de un terror que se demora en paseos, esperas, caminos cortados y entretenimientos sociales...

Espacios suspendidos de desasosiego (como La casa del juez o Las arenas de Crooken) donde se exploran el desgaste físico, las alteraciones psíquicas y la consunción moral de unos protagonistas expuestos a la presión de lo inquietante (no en vano se trata de una de las palabras favoritas de Stoker). A medio camino entre la parafernalia del terror gótico y las elegantes geometrías del miedo que se exploran en El extraño caso del doctor Jekyll y Mr Hyde, de R. L. Stevenson, o en los relatos de fantasmas de Henry James, Bram Stoker ensaya una poética resultona y cumplidora, elegante y astuta de la postergación; de la postergación del horror, claro está.

 

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