Patio Interior

Cuantificación de la poesía

¿Llegará el momento en que hayan más escritores de poesía que lectores? Juan Cristóbal Mac Lean reflexiona sobre este tema.
domingo, 11 de noviembre de 2018 · 00:00

Juan Cristóbal Mac Lean E. Poeta

Hasta fin de año, solo en Estados Unidos, rezaban  las estadísticas en estas cosas, y para el 2012, se habrán publicado más de 100 mil poemas. Semejante proliferación de versos merece cierta atención. Gabriel Zaid hace tiempo que también se inquietaba por este fenómeno: “La editorial Lulu (que publica cien libros diarios pagados por los autores) estima que en 2052 habrá en los Estados Unidos 148 millones de autores y 129 millones de lectores”.

 De manera que en un momento habrá más escritores de poesía que lectores de la misma. ¿Será que ha llegado el día anunciado por Lautremont hace más de un siglo, en que la poesía es hecha por todos? La sola frase de Lautremont era un motto para los surrealistas, que entreveían, a través de ella, toda una verdadera transformación del mundo. Y, que sepamos, el mundo no ha cambiado para bien. Es, incluso, un mundo que quizá asusta más de lo que promete. ¿O a qué poesía se refería Lautremont?

El dato con que empezaban estas líneas fue tomado de un artículo aparecido en The Chronicle Review: Las nuevas matemáticas de la poesía, del también poeta David Alpaugh. Estos nuevos números, se refieren, en grueso, a la enorme cantidad de poesía que se escribe y edita actualmente en su país. Las sorpresas, como se sabe, vienen por donde menos se las espera: ¿De modo que estaríamos ahogados en poesía? ¿Será que eso de “escribir poemas” se convertirá en un hobby popular, masivo?

Un día acabaré preguntándome si la señora de la tienda en la que compro pan no será también una poeta camuflada.

Hace unos años, por otra parte, Gadamer titulaba así un artículo: ¿Están enmudeciendo los poetas? Y más atrás, hace medio siglo, el poeta y escritor francés Pierre Emmanuel daba una conferencia con el título de La poesía ¿arte moribundo? Nuestros números, aparentemente, refutarían los temores de esos títulos. 

Una salida rápida para deshacerse de las inquietudes que vienen aparejadas con esos datos citados o los que figuran en el recuadro al final, sería, claro, la de descalificar el grueso de tales publicaciones y decir que la poesía no se escribe así nomás, que la mayor parte de esos poemas publicados sólo tienen de tales el estar escritos en verso, que eso no es poesía, etc. Antes de optar por tal salida, sin embargo, ya nos veríamos en aprietos, pues, ¿cuál sería el umbral a partir del cual un poema dado entraría a esta otra antología ideal de Solamente Buenos Poemas –o siquiera aceptables? Pero incluso si nos diéramos modos de depuración, sin duda que esa nuestra antología ideal sería de todas formas muy abultada. En todo caso, podemos dirigir ahora nuestra mirada a los poetas, los poemas y los lectores.

Son muchas, muchísimas, las personas que, de jóvenes, muy jóvenes, escribieron algunos poemas, un tiempo escribieron, etc. Pasajeros destellos de la adolescencia, esa edad nada inocente. Se dice, de esas edades, que son aquellas en las que el mundo se abre. Va apareciendo uno nuevo y se empieza a ser exiliado del anterior. Todo es sujeto de cuestionamientos y pasiones, suceden los primeros amores, a la par de que quizá nunca se vuelve a ser tan buen lector. El que, entonces, se recurra a querer escribir poemas, “ponerlo en poesía”, independientemente de los resultados del intento, es algo que visto así solo puede parecernos natural. Pero luego la vida (que es sin embargo la materia prima de la poesía) ya se va encargando de exiliar a la poesía, así como primero uno se había exiliado de su infancia. 

Para los que sigan leyendo, o hasta escribiendo eventualmente, la poesía quedará como una añoranza. Uno podría apostar, doble contra sencillo, que si esos datos de los que disponemos trajeran también la edad de los publicantes, resultará que la mayoría de ellos deben ser muy jóvenes. No olvidemos, en este sentido, que son muchísimos los escritores que, de jóvenes, publicaron un olvidado y abjurado libro de poesía. Con todo eso, sin embargo, no hemos hecho más que atemperar el problema,  ya que subsiste la pregunta: ¿cómo es así que a tantos, pero tantísimos, se les da por escribir poemas? Es algo que vale la pena tratar de responderse y no es fácil: desisto de hacerlo aquí.

Pero podemos, ya también, considerar el hecho de escribir poemas, desde su propia particularidad y tratar de definir qué es el poema o la poesía, acerquémonos definitoria y materialmente: el poema es esencialmente corto y contiene, o trata de contener, tanta energía o contenido o vida, que rebasa con mucho su propia brevedad. Al escribirlo se le va la vida a quien lo hace y es el mundo entero el que queda en entredicho para el que escribe, mientras escribe, viviendo ese instante de posesión –por muy “intelectual” que sea el poema que escriba. 

Al decir estas cosas simples, o casi simplezas, volvemos sin embargo a otra pista curiosa en el contexto en el que nos estamos moviendo: la relación de la poesía con la vida, o la del autor con sus poemas, es única y absolutamente particular (aunque sea cierto). La poesía viene de la vida, va a la vida, y lo hace con palabras. El lenguaje mismo, como se sabe, o no se sabe, es el primer misterio del hombre y la poesía, justamente, es lo que se hace con el lenguaje y las palabras. Vida y lenguaje: esas son la materia prima de la poesía; ahora, lo que ella sea…

El lector mismo, por otra parte, con frecuencia requeriría estar específicamente instruido. Los saltos de verso a verso, los silencios, los espacios en blanco, los cortes bruscos, las temáticas indecisas o herméticas, en efecto, piden al lector tanto bagaje –aunque usted no lo crea- como el necesario para una arriesgada travesía, a veces muy compleja. La operación que efectúa la lectura poética, en efecto, a veces puede ser, también, muy exigente.

A Borges le gustaba pensar en aquellos que, silenciosa o secretamente, escriben poesía. De ahí sus poemas “A un poeta sajón” o “A un poeta menor de 1899”. Pero ahora, de pronto estamos, hipotéticamente, en un mundo en el que todos son poetas y, suponemos, poetas menores. El olvido será su lote, pero no importa, pues, como dice el citado Emmanuel, refiriéndose justamente a los innumerables poemas que escriben y no se leerán, ni valdrán la pena, que de todas maneras esa literatura “es realmente una obra de amor”.

 

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