Cafetín con gramófono

Maniquí

Omar Rocha escribe sobre el libro de poemas de Vadik Barrón.
domingo, 11 de noviembre de 2018 · 00:10

Omar Rocha Literato

En un breve texto en el que Vadik habla de Maniquí, su noveno libro de poemas, dice: “Mi nuevo libro, Maniquí, compila, retoma y reescribe poemas escritos durante mi estadía en Berlín, Alemania, entre 2012 y 2015”.

La expectativa que esta primera información generó en mí, estuvo mediada por una idea modernista, quizá muy decimonónica, muy de inicios del siglo XX. Imaginé, en primera instancia, un libro de viaje, de sorpresa, de fascinación y, por qué no, de nostalgia. Pero pronto fui desengañado, esos eran los libros de los viajeros que festejaban la modernidad, la tecnología, que se sorprendían por los escaparates y los pasillos.

Sin embargo hay escritores bolivianos que son viajeros raros, por ejemplo, hubo un modernista que no participó de la fascinación que los viajes provocaron en los hombres de su época, fue Ricardo Jaimes Freyre.  Hay una imagen que aparece en una crónica de su paso por Roma, allí el narrador sale de noche en busca de emociones hondas, hunde la mano en el Tíber y entra en contacto con la historia romana, se le presentan guerreros, sacerdotes, domadores, etc. Algo muy distante a la fascinación que Europa causaba en sus contemporáneos.

Es curioso que el relato WataWara (1904), antecedente de la obra más conocida y trabajada de Alcides Arguedas, haya sido escrito en Europa. Llama la atención, también, que Raza de bronce haya surgido de la mano de un Arguedas ensimismado en los trenes europeos; escribiendo sobre el yermo altiplánico después de ver el Canal de la Mancha, después de emocionarse con el correr del Rin y dejando atrás ruinas de castillos medievales. 

Rara forma de acordarse de la vista del lago Titikaka desde una loma de Pucarani estando en Nápoles, o acordarse de Tiquina estando en Pompeya. A diferencia de los viajeros que toman nota de lo que están viendo y viviendo en el momento, Arguedas recordó el lago, superpuso una visión a otra.

En fin, Vadik Barrón, trabaja-explora, en Europa, el concepto de cuerpo. Y, finalmente, no es algo descabellado (una imagen también referida al cuerpo), sino preciso, pertinente, necesario. En definitiva se escribe con el cuerpo, se viaja con el cuerpo, se siente en el cuerpo, se ama con el cuerpo, se recibe las marcas simbólicas en el propio cuerpo.

Leer este libro confirma lo siguiente: por vías absolutamente diferentes, quizá haciendo atajos, el arte en general, la poesía en particular, llega antes a los lugares a los que la filosofía o la ciencia llegan por caminos más tortuosos. Maniquí plantea preguntas no resueltas, dialoga con tradiciones filosóficas y, aunque ese no sea su propósito,  redimensiona respuestas o posibles tránsitos.

 

Ontología del cuerpo

“Sin cuerpo no somos”, se lee en el primer poema, es en definitiva una ontología del cuerpo, como la plantea el filósofo Jean Luc Nancy. ¿Tenemos un cuerpo? / ¿Somos un cuerpo? Finalmente, el cuerpo es donde la existencia acontece, es decir,  no puede haberx sino ontología del cuerpo. 

Estos poemas en conjunto me parece que insisten en este punto, ¿qué somos sino cuerpos?, cuerpos como archivos, cuerpos relacionados con otros cuerpos, cuerpos determinados, cuerpos que se autocomplacen, etc.

 

Dualismo

El dualismo ontológico entre alma y cuerpo se inaugura en la tradición occidental con Platón y continúa con Descartes, quien planteaba que de la unión del alma con el cuerpo nacen las pasiones: amor, odio, alegría, tristeza. 

Así, las pasiones eran consideradas como movimientos del cuerpo que se reflejan en alma. 

Este asunto filosófico sigue planteando debates y discusiones más allá de la glándula pineal que actualmente tiene otras denominaciones. En uno de los poemas de Barrón se lee:

 

“Uno habita un solo cuerpo, 

pero el cuerpo puede hospedar 

a cientos de almas feroces 

(…)”

 

Versos que plantean cierta inversión del platonismo, un dislocamiento del alma única e inmutable. No es un organismo el que habita esta cáscara que es el cuerpo, sino un hámster, un “hámster borracho y hablador”, que se pelea por su equipo y que es ateo pero reza cuando tiene miedo.

 

Construcción social del cuerpo

Pero el cuerpo está también directamente inmerso en un campo político; las relaciones de poder operan sobre él una presa inmediata; lo cercan, lo marcan, lo doman, lo someten a suplicio, lo fuerzan a unos trabajos, lo obligan a unas ceremonias, exigen de él unos signos.

El cuerpo ha sido utilizado como objeto y blanco de poder; objeto en el sentido que ha sido visto y valorado como instrumento productivo, exigiendo algunos ejercicios y maniobras para tal fin, y como blanco de poder, porque se ha visto inmerso en un campo político, el cual lo rodea en relaciones de dominio y sumisión. El cuerpo se encuentra involucrado como principal autor de las relaciones de poder.

 

“Te escribo desde Babilon, amigo

Diles que estoy bien

Trabajo de maniquí 

en un shopping del barrio norte de esta capital

(…)”

 

En ciertas ocasiones dejamos nuestra condición de cuerpos, los maniquís que trabajan en las fábricas, los que sólo ven TV, los que bajan la cabeza, asexuados.

Por otro lado, una de nuestras más grandes ilusiones es creernos únicos y ser únicos (aunque es bonito imaginarlo) es imposible “es como identificar al copo que provocó una avalancha”, “es como nombrar a cada gota de un aguacero”. Aparece la figura de la marioneta, hilos invisibles nos gobiernan, querámoslo o no.

 

La palabra

¿Qué hace que esa masa informe llegue a ser cuerpo? “La libertad nace de un neologismo”, autos que “girambulan”, “desartritizar la mano con la que dices hello/chus”. La escritura en general, volver a ser cuerpo, permanecer siendo cuerpo a través de la palabra, de la escritura. ¿Cuándo aparece un cuerpo: placer/dolor/éxtasis? 

En todo caso, un cuerpo adviene con la palabra, como dice Vadik: “uno se sienta y escribe, por placer, por necesidad, porque sospecha que los secretos del universo se le develan a uno en los espacios entre líneas, en los acordes fortuitos, en los silencios apacibles. El resto son almohadas, besos, brindis, meriendas, zapatillas, alfombras, salarios, astronautas, ekekos, boletos, relojes y anteojos oscurecidos: canción de los días de la vida”.

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