Cultura

El mestizaje y sus dilemas

Hoy en día la vida colectiva y privada de los bolivianos está signada por mezclas étnico-culturales de variada índole.
domingo, 18 de noviembre de 2018 · 01:07

H. C. F.  Mansilla Escritor y filósofo

La contraposición entre mestizaje e indianismo, que caracteriza a muchas discusiones públicas en este tiempo, debe ser relativizada a la vista de las experiencias históricas y de los acontecimientos de los últimos años en Bolivia. 

Esta controversia oculta, como es lo usual en la vida social, fenómenos del más diverso tipo, que habitualmente no son nombrados claramente, como los juegos del poder y las necesidades que tiene todo régimen de manipular, aunque sea parcialmente, a la opinión pública. Hoy en día la vida colectiva y privada de los bolivianos está signada por mezclas étnico-culturales de variada índole. Nuestra historia, como casi cualquier otra, puede ser vista como una serie interminable de fenómenos de mestizaje y aculturación. Este es, por otra parte, un signo inequívoco de la modernidad, la cual, entre otras cosas, es una actitud abierta al mundo y por ello proclive a aceptar diversas mixturas y contactos de todo tipo, incluidas, por supuesto, las esferas familiar, estética y erótica. 

Se puede afirmar que la negación de todo mestizaje deja entrever una inclinación conservadora, que anhela preservar la pureza de sangre y la vigencia intacta de las tradiciones que vienen de muy atrás, y que, además, rechaza la apertura al mundo y a las combinaciones de etnias y culturas. 

En este contexto el término conservador quiere indicar la preservación de rutinas que brindan seguridad emocional y el mantenimiento de convenciones que parecen garantizar una identidad colectiva, la cual, en realidad, ha devenido precaria a causa de la fuerza de la modernidad. 

El precursor del indianismo, Fausto Reinaga, que es el cimiento de las actuales teorías descolonizadoras, aseveró: “El mestizo es una especie sin Dios, sin lengua, sin tierra, sin pasado, sin presente, sin mañana (…). Lo único propio que tiene es su odio. Odio clavado en su corazón y en su cerebro. Odio a su sangre; odio a su madre india”. No es muy diferente el núcleo del pensamiento genuinamente conservador en Bolivia, que se extiende en los últimos cien años desde Franz Tamayo hasta Javier Sanjinés. 

Son teorías e imágenes sociales muy populares, es decir: profundamente arraigadas en la mentalidad colectiva boliviana. Pero pese a su amplia aceptación, estas concepciones resultan anacrónicas en el mundo actual, altamente intercomunicado y sometido a valores cambiantes de orientación.

La oposición al mestizaje está probablemente condenada a un cierto fracaso a causa de factores empírico-pragmáticos. Se podría aseverar que las sociedades exitosas han sido aquellas que han experimentado un número relativamente elevado de procesos de aculturación. 

Los grupos humanos que han tenido sólo un mínimo de mezclas étnico-culturales –como los aborígenes australianos, los esquimales del norte de Canadá o algunas tribus aisladas de la región amazónica – no han generado procedimientos democráticos en el ámbito político ni tampoco avances técnico-económicos que hayan inspirado adaptaciones e imitaciones en el resto de la humanidad. 

Los modelos civilizatorios que han nacido en los márgenes del Mar Mediterráneo, por ejemplo, se han destacado por un número muy elevado de mixturas étnico-culturales y, al mismo tiempo, por haber generado sistemas filosóficos y proyectos institucionales que luego han resultado tener una gran aceptación práctica.

El tratar de volver a una identidad previa a toda transculturación es, por lo tanto, un esfuerzo vano y efímero, aunque cuenta con numerosas simpatías en la Bolivia contemporánea. Casi todas las comunidades campesinas y rurales en la región andina se hallan desde hace ya mucho tiempo sometidas a procesos de aculturación, mestizaje y modernización, lo que ha conllevado la descomposición de su cosmovisión original y de sus valores ancestrales de orientación. 

Lo mismo vale para los sectores indígenas de reciente urbanización, cuya importancia demográfica es enorme. Para el debate sobre el mestizaje es importante llamar la atención sobre el deterioro de los valores normativos de origen rural, campesino y particularista y su sustitución por normativas occidentales universalistas. 

Una muestra de ello es el éxito comercial, económico y político de la comunidad aymara, que, entre otras actividades, realiza diariamente complejas triangulaciones entre La Paz, Shanghái y Miami, sin preocuparse por las teorías del indianismo y la descolonización. 

Los procesos mediante los cuales la Bolivia contemporánea ha recibido la influencia de la cultura metropolitana occidental, son innumerables, cotidianos y persistentes. El país es hoy simplemente impensable sin los avances tecnológicos, científicos, médicos, logísticos e institucionales de la modernidad, que es percibida como superior con respecto a la sociedad premoderna.  En las últimas décadas lo más habitual ha sido una simbiosis entre los elementos tradicionales y los tomados de la civilización moderna.

En el presente los indígenas anhelan probablemente un orden social modernizado muy similar al que pretenden todos los otros grupos sociales del país: servicios públicos eficientes, sistema escolar gratuito de calidad, acceso al mercado en buenas condiciones, mejoramiento de carreteras y comunicaciones y entretenimiento por televisión. 

Hasta es plausible que los indígenas vayan abandonando paulatinamente los dos pilares de su identidad colectiva: la tierra y el idioma. Para sus descendientes una buena parte de los campesinos desea profesiones liberales citadinas y el uso prevaleciente del castellano (y el inglés). Los jóvenes de estos grupos étnicos ya no pueden imaginarse una existencia bien lograda sin algunos aspectos de la modernidad occidental, como los teléfonos celulares, la conexión permanente a internet, las discotecas, la libertad erótica y la música popular propalada por los medios modernos de comunicación y diversión. 

Los habitantes originarios no se preocupan mucho por lo que puede llamarse el núcleo identificatorio de la propia cultura, sino que actúan de modo pragmático en dos esferas: en la adopción de los rasgos más sobresalientes del llamado progreso material y en el tratamiento ambivalente de sus jerarquías ancestrales, que van perdiendo precisamente su ascendiente político y moral ante el avance de la civilización moderna. De este modo las teorías de la descolonización y del indianismo radical (como la propuesta de Fausto Reinaga) van perdiendo a sus auténticos destinatarios y, por consiguiente, disminuye su pertinencia doctrinaria. 

   Sostengo la incómoda tesis de que el indianismo radical, las doctrinas de la descolonización y el pensamiento antiliberal y anti-occidental (la ya mencionada tradición intelectual que en Bolivia se extiende desde Franz Tamayo hasta los postmodernistas actuales) tratan de preservar sin mucho éxito las herencias civilizatorias de cuño conservador y las respectivas rutinas y convenciones sociales provenientes del ámbito prehispánico y, paradójicamente, del mundo colonial. De acuerdo a estos discursos no hubo coloniaje, sino invasión, a la que hay que prestar resistencia de todas formas. 

El mestizaje, por consiguiente, no sería una nueva y fructífera cultura por derecho propio, sino un producto híbrido y degradado de Occidente, al que hay de rechazar tajantemente. Las únicas manifestaciones culturales realmente valiosas en América serían las que provienen del acervo indígena incontaminado, que perviven soterradas en la memoria colectiva de los pueblos indios y en sus prácticas cotidianas. 

La lucha contra el imperialismo sería, ante todo, una lucha anticolonialista, y por ello el marxismo y el socialismo resultarían insuficientes, ya que por su origen y sus objetivos no estarían en la facultad de comprender la auténtica identidad indígena.

   Contra esta doctrina afirmo que cultura significa también cambio, contacto con lo foráneo, comprensión de lo extraño. El mestizaje puede ser obviamente traumático, pero también enriquecedor. Es probablemente el destino de la humanidad que habita un planeta pequeño y finito, donde los contactos de todo tipo entre las distintas culturas son inevitables.

El resultado será seguramente una civilización sincretista, como ha sido la experiencia reiterativa de la historia universal y específicamente la del Nuevo Mundo. Esta cultura sincretista predomina hoy en día en el ámbito urbano, que es mayoritario en el país.

   Para concluir: es comprensible que en el ámbito andino se haya conformado un memorial de agravios contra la larga soberanía española. 

Las doctrinas del indianismo y la descolonización constituyen un mecanismo para expresar y mitigar el dolor de las víctimas de la era colonial. Pero los resultados prácticos de estos esfuerzos son ambivalentes y muchas veces se entremezclan con anhelos de dominación de las nuevas élites que hablan en nombre de las víctimas. Es decir: la repetición de la historia universal.

 

 

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