Matasuegra

La policía también llora

Llevar al teatro el capítulo de una novela como Periférica Blvd, con ese grado de complejidad, representa un reto triplicado cuando Graciela decide encarnar tres personajes.
domingo, 18 de noviembre de 2018 · 01:05

Willy Camacho  Escritor

En 2004 se publicó un libro clave para la literatura boliviana: Periférica Blvd., de Adolfo Cárdenas. A la fecha, va por la octava edición (Editorial 3600) y también ha sido convertida en novela gráfica, una joyita producto del talento de tres grandes: Susana Villegas, Álvaro Ruilova y Óscar Zalles. Asimismo, ha pasado a otros lenguajes, pues su primer capítulo (Chojcho con audio de rock pesado) ha sido adaptado como musical; sus personajes principales, el cabo Severo y el teniente Villalobos, han sido parte de una ficción nueva en el cortometraje Si acaso en Chuquiago; y ahora, Graciela Tamayo, con la dirección de Ariel Baptista, lanza La policía también llora, monólogo teatral basado en el capítulo homónimo de la novela de Cárdenas.

En Periférica Blvd. Cárdenas explora la oralidad paceña, muchas formas de hablar que existen en esta ciudad. Se podría decir que se hace un trabajo de transcripción de oralidad, lo cual implica que la novela hay que leerla con los oídos bien abiertos. Cárdenas, cuando cede la voz a un personaje, escribe literalmente su forma de hablar, transcribe la oralidad. 

Cualquier persona que lea sus textos, y que no sea del país o incluso que no sea del occidente del país, va a pensar que están pésimamente escritos; pero hay que leerlos en voz alta, las palabras tienen que entrar por los oídos y ahí se va comprendiendo qué dicen los personajes. El mismo Cárdenas dice que escribe en “castellama”, de modo que el lector debe traducirlo al castellano .Eso, en el tramo de la escritura.

Para no arruinarle la historia a nadie, me limitaré a describir el famoso primer capítulo: El teniente y su ayudante (el Severo) están yendo al Polifuncional de El Alto, donde hay una fiesta de metaleros y se ha cometido un crimen, y en todo el trayecto (y en todo el capítulo), el teniente insulta constantemente al chofer con expresiones racistas, pero esto atravesado de bastante humor, lo que permite que el lector no se indigne y el trato que parece denigrante o humillante se camufla entre la comicidad.

De hecho, es el chofer quien está narrando el cuento, o sea que no estamos ante un narrador omnisciente que relata las injusticias cometidas contra alguien. Estamos ante un sujeto que, con voz propia, cuenta cómo lo insultan, sin darle mayor importancia al asunto. Es como si pensara: “Los insultos de este pobre loco no me afectan”. Y hacia el final del capítulo todo se da la vuelta.

Bueno, entonces este marginal no sufre (o no lo aparenta) y el humor disuelve la denuncia. Lo que podría ser una novela donde se pone sobre el tapete la discriminación, el racismo en las ciudades –ya no en el campo–, se preserva como un texto literario, pues el humor permite que todo aquello se disuelva en la ficción.

Cárdenas empieza utilizando el humor como herramienta, como recurso narrativo, pero termina convirtiéndolo en gesto estético de los mundos ficcionales que construye (hablando ya de toda su prolífica obra), en lo que no refleja simplemente la existencia de/en los márgenes, con sus problemas, paradojas, alegrías, etc., sino la existencia de cualquier persona, pues quién no ha sufrido un desengaño, quién no ha sufrido algún tipo de frustración. 

Los personajes de Cárdenas corresponden a, digamos, la tradición literaria que comienza con Don Quijote: son conflictivos y conflictuados con su época y su espacio. No se sienten a gusto con lo que son; el Teniente no quería ser policía, quería ser grafitero (por eso mata al Rey, le da envidia que estén homenajeando a su rival de juventud). El cabo también está frustrado, es un desclasado. 

Las frustraciones, los problemas típicos que enfrentan esos personajes, habitantes del margen, bien los puede pasar cualquier otra persona.

Y a eso hay que añadir los conflictos sentimentales de la sargentoTejerina, quien protagoniza el capítulo La policía también llora. La misma Tamayo define a su personaje como “una mujer pequeña, delgada, que tal vez nadie apostaría por ella. Sin embargo, la sargento es lo contrario a lo que ese aspecto puede representar, ella es fuerte, firme, ágil, de carácter y, a la vez, vulnerable (…) Hasta los más fuertes son vulnerables al amor”.

Pues llevar al teatro una novela con ese grado de complejidad representa, en sí mismo, un reto, pero este se duplica o, mejor dicho, se triplica cuando Graciela decide encarnar tres personajes: la sargentoTejerina, el cabo Severo y el capitán América (este último parte de la adaptación libre que hace la actriz, aunque también basado en la obra de Cárdenas). En el mismo monólogo, Tamayo interpreta tres personajes, con sus respectivas particularidades orales.

Cuando el habla popular, que es la del migrante aymara que aprende una segunda lengua, en este caso el castellano, es llevada al teatro, se corre el riego de la caricaturización –lo cual no deja de ser una propuesta estética (frecuente en el teatro popular)–, sin embargo, Graciela resuelve con mucha soltura este inconveniente, dándole vida a un Severo entrañable, respetando el trabajo de lenguaje de Cárdenas sin caer en exageraciones que podrían desvirtuar los planteamientos de fondo. Es que cuando la risa se genera por la caricaturización, todo lo demás pasa a segundo plano, ya que la carcajada fácil impide seguir los subtextos.

La puesta en escena de Tamayo consigue que el espectador se ría, es cierto, pero también logra conmover e incluso se aventura a invitar a la reflexión, lo cual ya casi es tarea para la casa. 

Como en sus anteriores obras, Graciela deja todo sobre el escenario, se conmueve ella misma, los conflictos de sus personajes, especialmente de la sargento, le tocan el alma en serio, y eso, precisamente, consigue generar empatía con el público, lo cual es indispensable (además de un buen libreto) para que un monólogo funcione.

De esa manera, La policía también llora (Teatro Municipal de Cámara, del 20 al 23 de noviembre) nos ofrece un pedacito del universo ficcional de Adolfo Cárdenas, y eso ya es para agradecer, más aún si se lo logra con las virtudes histriónicas de Graciela Tamayo. Doble gracias.

 

 

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