Contante y sonante

No sabe, no contesta

El Estado mantiene una oficina de reclamos cuyas siglas son imposibles de descifrar, qué sera lo que quiere decir el nombre.
domingo, 18 de noviembre de 2018 · 00:00

Óscar García Poeta y músico

Agevlhsyg mebis a ls iebncv.ss. Así se llama la oficina en la que atiende una persona de sexo masculino que no todos los días es la misma. Cambia de apariencia y de carácter a voluntad y cuando quiere. Es una especie de súper poder que descubrió de adolescente, un día al volver de clases cuando siendo interceptado por tres sujetos armados con navajas, se convirtió de pronto en un alto y fornido sioux que no solo se defendió sino que mandó a dos de los tres sujetos a la clínica que queda a la vuelta de un mercado de licores. Y al tercero lo mandó a tres metros de profundidad en una tierra húmeda que es el mejor lugar en el que debió estar siempre.

Cuando supo que podía cambiar de ser a voluntad, sintió algo especial, como un temblor, una temperatura inusitada. Sintió que la emoción lo desbordaba. Era cuestión de concentrarse un rato en la clase de persona que quisiera ser, y lo lograba. Así es que cuando comenzó a trabajar en la oficina de reclamos de toda índole. Se presentaba cada día o cada dos días, como alguien diferente. Trabajaba solo, por lo que ir una vez de húngaro de 26 años y otra vez de panameño de 70, no era problema.

La oficina en cuestión aceptaba todo tipo de reclamos, cualquiera. En la ciudad de los reclamos una oficina que atienda a las personas con imperiosas necesidades de hacer un escándalo por cosas que ameritan tal, es poco menos que un asunto de necesidades básicas. 

Un asunto que el Estado debe atender. Y así es. El Estado mantiene una oficina de reclamos cuyas siglas son imposibles de descifrar, qué sera lo que quiere decir el nombre. Pero debe ser importante y solemne como las cosas que provienen del Estado. Solemnes, serias, altruistas, que se deben a las necesidades más imperiosas del pueblo, de la masa  que importa cada tanto tiempo, cuando su decisión en una urna tiene precio. 

El precio del engaño. Unos engañadores disfrazados con traje de batalla en la montaña tropical, otros disfrazados de eficientes administradores de la cosa pública, con peinado de vanguardia. Sea quien fuere el dueño de la mentira, debe financiar el funcionamiento de la oficina. Debe pagar los servicios y el sueldo único. Una oficina así no puede autosostenerse. No puede financiarse sola aunque cada reclamo implique que el reclamante deposite una suma de dinero en una cuenta del Estado para hacerse del derecho a reclamar. Si no hay depósito no hay reclamo.

El organigrama de la oficina tiene una casilla, ninguna conexión. Depende de la primera autoridad del país, nada más. Por lo tanto, todo reclamo debiera llegar a la primera autoridad. Sin embargo, el procedimiento para que ello ocurra es bastante curioso. Es algo así: una persona, una mujer saliendo de la farmacia y en la plenitud de la madurez, siente que tiene un reclamo que hacer con suma urgencia. Algo que no puede esperar ni guardarse en la memoria de los reclamos interrumpidos. Se trata de un utensilio adquirido hace ya varias semanas en una tienda que no cumple con la facturación. 

El utensilio estaba averiado, fallado, mal, se asume que de fábrica. Pero el vendedor no lo acepta, por lo que la mujer debe quedarse con el asunto inservible y el otro impune y con su plata. Eso es reclamable, y atendible. No puede funcionar todo así, o casi todo. 

Al arbitrio y a la voluntad de quien detenta el poder, cualquiera que éste sea. Pues los hay de todas las formas y en todos los oficios. De todos, el que con mayor pasión se malejerce en las colectividades es el del servidor, público o privado. 

El que vende, el que atiende una boletería, el que sirve el plato en un restaurante, el chofer del transporte público, el del privado, quien atiende el teléfono para dar información, el que paga detrás de un vidrio, y más, tanto más como los oficios y las relaciones que hay en la sociedad harta de sí misma. De ésta en proceso de odio multiplicado y de intolerancias al todo y a la nada. 

El reclamo debe hacerse por escrito y en tres copias, además de una carta que pida permiso para el reclamo y que consigne datos preciso del sujeto reclamante como los datos generales y algunos específicos como orientación sexual y disponibilidad para algún momento en la soledad de un rincón en condiciones de estado alterado. Esta última exigencia tuvo ya de hecho sus propios reclamos. 

Sin embargo, nunca hubo respuesta porque se trata de un curioso caso de un reclamo sobre los requisitos de la oficina de reclamos para hacer un reclamo. Y en esto la ley es clara. O la norma. 

No puede haber reclamo alguno sobre cómo se maneja la oficina de reclamos. A quien no le guste la idea, puede considerarse una persona antisocial, pasible a ser separada de las más elementales formas de convivenca social.

Una vez presentadas todas las cartas y formularios y después de haber perdido un día en la fila, hablando de balompié y de motores y eventualmente de gastronomía, se debe esperar, entre un día y cinco años. Dependiendo del reclamo. 

Los más complicados son los que involucran a la naturaleza. Esos pueden tardar más porque las respuestas pueden estar en el marco del caos, y el caos tiene un comportamiento a la altura de su nombre. Como el clima. Como las emociones, algunas de ellas, como las elecciones súbitas, las personales, como el color de los camaleones.

Y hay que esperar, esperar a que el encargado clasifique los reclamos, por criterios de los más disímiles. Algunos, por orden de llegada, otros por la naturaleza del reclamo, algunos por orden alfabético. Y más.

Unos días llega el encargado de ingeniero mecánico, con overol manchado. Cuando alguien vuelve por su trámite, el del overol ya no está. Ahora está una señora que fue en su juventud pianista del ballet oficial. Entonces ni a quién reclamar por el trámite. Los encargados, siempre distintos, no tienen idea de asuntos que no fueron entregados en mano propia. Y eso al encargado de turno le divierte. Es su vida, saber que los otros no saben, eso lo hace tomar el control, y tener el poder. Saber que está todo el tiempo mintiendo, todo el tiempo con un papel distinto, cada vez con otra sonrisa y otro discurso, cada día un engaño nuevo, eso lo hace vivir en un estado de comodidad y de placer. El mejor elegido para el cargo, uno hecho para el otro.

 

 

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