memorias

David Lynch, luz y oscuridad

En Espacio para soñar el creador de Twin Peaks entabla un diálogo con su propia biografía, escrita por la periodista Kristine McKenna.
domingo, 25 de noviembre de 2018 · 00:00

Marta Ailouti   El Cultural

Artista multidisciplinar, aunque su producción cinematográfica apenas alcance la decena de películas, su reconocible sello de autor y una marcada personalidad hacen de él el personaje perfecto para protagonizar este Espacio para soñar que, traducido por Aurora Echevarría y Luis Murillo, publica hoy la editorial Reservoir Books.

No es la primera vez que David Lynch (Missoula, Montana, USA, 1946) escribe sobre sí mismo. En Atrapa el pez dorado (Rerservoir Books), por ejemplo, libro en el que el cineasta americano hablaba sobre la importancia que la meditación trascendental había tenido en su trayectoria, daba ya algunas pinceladas de su propia vida. Pero sí lo es la primera que lo hace tan de cerca y de una manera tan extensa.

Escrito a cuatro manos junto a la periodista y crítica americana Kristine McKenna, amiga íntima del director y una de sus entrevistadoras de cabecera desde 1979, se trata éste de un texto en el que Lynch establece una especie de diálogo con su propia vida. Son dos espacios complementarios y diferenciados. Por un lado la biografía del director escrita por la autora en tercera persona, a partir de los testimonios de sus compañeros de profesión, amigos y familiares. 

Por el otro, alternando con estos capítulos, las propias memorias de David Lynch escritas de su puño y letra. El resultado es, como casi todo lo que hace él, un fascinante recorrido desde sus felices años de la infancia en Boise o sus inicios como pintor en estudios de arte hasta su reciente regreso a la televisión de la mano de la tercera temporada de Twin Peaks, pasando por su producción musical, su primera incursión en el cine con Cabeza borradora o el estrepitoso fiasco de Dune.

Con Dune, precisamente, “aprendí lo que es el fracaso -se sincera Lynch al respecto-. En cierta manera el fracaso es algo bonito porque, a toro pasado, no te queda otra que levantarte, y eso te libera. No puedes perder más, pero en cambio puedes ganar”. 

Una lección que, probablemente, le llevó a rechazar la dirección de El retorno del Jedi cuando se la ofrecieron. “George Lucas es uno de los grandes creadores; tiene un toque propio y es un ser humano muy especial, pero yo no me veía metido en Star Wars”, recuerda.

Espacio para soñar es un paseo por los rodajes de toda su filmografía que incluye títulos como El hombre elefante, Terciopelo azul y Mulholland Drive, por las que obtuvo varias nominaciones al Óscar, así como Corazón salvaje, la película de Twin Peaks, Fuego camina conmigo -que él mismo asumió como un pequeño fracaso-, Carretera perdida o Una historia verdadera. Sus memorias están llenas de nombres propios del séptimo arte, como Billy Wilder, con quien coincidió en alguna ocasión, o Fellini, al que tuvo la suerte de conocer poco antes de que falleciera.

A estos encuentros, se suman además algunas anécdotas como su desencuentro con Anthony Hopkins durante el rodaje de El hombre elefante- “Tony estaba cabreado con la vida”, afirma él con tono distendido-, sus experiencias en la gala de los Óscar y en Cannes, o su admiración hacia la protagonista de La tentación vive arriba. “Se podría decir que Laura Palmer es Marilyn Monroe -comenta-, y también que Mulholland Drive va sobre Marilyn Monroe. Todo va sobre Marilyn Monroe”.

Una parte importante para entender sus trabajos, objeto de numerosos estudios universitarios, es, según Kristene McKenna, la obsesión del director por recrear el misterio y llegar a su esencia. Él se mueve en medio de esa oscuridad. “Prefiere operar en el misterioso límite que separa la realidad cotidiana del reino fantástico de la imaginación y el anhelo humanos, y va en pos de cosas inexplicables e incomprensibles, no que se entiendan”, señala la autora. 

El propio Lynch, recuerda en su libro Atrapa el pez dorado, que no tiene ni idea de qué significaban la caja y la llave de Mulholland Drive. Su obra le otorga mucha importancia al subconsciente y la meditación trascendental, que practica desde los años 70. Decisiones tan vitales como la creación del personaje de Bob y la elección de su intérprete en Twin Peaks surgieron de manera espontánea. “En el mundo de la serie las cosas surgen así, sin más”, llega a afirmar en algún momento.

El David Lynch que se nos muestra aquí es, no obstante, una persona amable, alegre y risueña, alguien de la vieja escuela para el que la palabra tiene todavía cierto peso y del que se dibuja su lado más humano. Él mismo escribe con naturalidad sobre sus divorcios, su ruptura con la actriz Isabella Rossellini o sus dificultades económicas. Durante su juventud, trabajó como portero y barrendero, empleo del que llegó a presumir por su habilidad con la escoba, y fue repartidor de prensa para The Wall Street Journal por un sueldo de 48,50 dólares a la semana que compaginó durante el rodaje de su primera película, Cabeza borradora.

Con todo, “a la luz de la obra que Lynch empezó a producir, no sorprende que sus recuerdos de la niñez sean una mezcla de oscuridad y luz -reflexiona la periodista-. Tal vez el trabajo de su padre con árboles enfermos le imbuyera de una mayor conciencia de lo que ha descrito como ‘un dolor terrible, un deterioro’ que se esconde bajo la superficie de las cosas”. 

Algo que se materializó primero en su pintura. Así lo recuerda, su mejor amigo Jack Fisk. “Los cuadros de David se volvieron más oscuros: muelles nocturnos, animales moribundos... temas realmente fúnebres”, dice en sus memorias. Fisk describe entonces a un David Lynch alegre al que, paradójicamente, siempre le atrajeron este tipo de cosas.

Como ya es sabido, el arte fue la primera inquietud creativa que tuvo el director de cine. Sus pinturas absorvieron por completo su primera etapa de juventud y fue precisamente el artista Bushnell Keeler, persona decisiva en la vida del cineasta, el primero en hablarle de la American Film Institude de Los Ángeles, donde acabó realizando sus estudios. 

Pero Lynch nunca renunció del todo a la pintura y en 2007 expuso sus obras por primera en una exposición, The Air is on Fire, que le dio a conocer como artista. En los últimos años realizó además algo de publicidad, videoclips musicales y una labor activa en la divulgación de la meditación trascendental.
 

 

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