Esbozos culturales

Equívocos y accidentes de Cristóbal Colón

Colón tuvo muchos equívocos y accidentes desde sus navegaciones y decisiones de 1492, señala Óscar Rivera-Rodas. El autor expone algunos casos con los que explica por qué varias ciudades de Norte y Sur América retiraron las estatuas de este personaje.
domingo, 25 de noviembre de 2018 · 00:00

Óscar Rivera-Rodas Escritor

 

El 10 de noviembre tuvo lugar una ceremonia especial en el Grand Park, de Los Ángeles, California. Consejales, autoridades y ciudadanos, entre gritos de aprobación, aplaudieron el retiro de la estatua de Cristobal Colón, erigida en 1973 por inmigrantes italianos. El jueves 15, el monumento similar en La Paz amaneció con manchas de pintura y pasquines de repudio que solicitaban también su remoción.

 En Los Ángeles culminó así un proyecto con ese fin presentado a la Junta de Supervisores en octubre de 2017. La ordenanza fue aprobada en mayo pasado. Hilda Solís, una de las Supervisoras del Gobierno del Condado y exsecretaria de Comercio de EEUU, calificó el hecho de “acto de justicia reparadora”. 

Otro consejal, Mitch O’Farrell, quien se identifica descendiente de los indígenas wyandotte, de Oklahoma, dijo que “Colón fue personalmente responsable de atrocidades y sus acciones iniciaron el más grande genocidio que se recuerde en la historia”.

 Ciertamente, Colón tuvo muchos equívocos y accidentes desde sus navegaciones y decisiones de 1492, cuando intentó hallar un rumbo nuevo para llegar al Asia. Preparó su viaje, lo realizó, pero los vientos soplaron sus endebles carabelas hacia otra dirección y llegó a las islas del Caribe; alucinado, proclamó su llegada a la India. 

 El 4 de Marzo de 1493 escribió una carta a Rafael Sánchez, tesorero de los reyes españoles y anunció: “Treinta y tres días después de mi salida de Cádiz arribé al mar de la India, donde hallé muchas islas habitadas por innumerables gentes, y de ellas tomé posesión a nombre de nuestro felicísimo Monarca” (Relaciones y cartas de Cristóbal Colón, Madrid, 1892, p. 196). Este fue el primer equívoco y accidente, origen de muchos otros.

 Obcecado por su “descubrimiento”, siguió el rito cristiano de bautizar las islas de la supuesta “India”: “puse a la primera el nombre de San Salvador, en cuya protección confiado llegué así a esta como a las demás; los indios la llaman Guanahanin” (1892: 196). Su obstinación y equívoco pasaron de los territorios geográficos a las comunidades humanas a las que llamó “indios”. Sacramentó otros bautizos: “Dí también nuevo nombre a cada una de las otras, habiendo mandado que la una se llamase Santa María de la Concepción, otra la Fernandina, la tercera Isabela, la cuarta Juana, y así respectivamente las restantes”; a la isla de los tainos, bautizó “La Española”;  la actual Haití-República Dominicana. 

 Esas islas, según su ciega terquedad, eran pueblos “indios”, noticia que recibió la corona española con deslumbramiento, y estableció: la “Cámara de Indias”, el “Consejo de Indias”, las “Leyes de Indias”, la “Política Indiana”, el “Derecho Indiano”, el “Archivo de Indias”, etc., etc. Tozuda negligencia de Colón y la corona española que nunca reconocieron que los pueblos hallados no se llamaban “indios”. Tenían nombres propios: tzotziles, mayas, totonacas, zapotecos, otomís, tepoztecos, y muchos más en la región mesoamericana; o los nombres de los pueblos andinos: chibchas, quembayás, quichuas, chimúes, aymaras, urus, entre otros.

 Exhaltado por sus “descubrimientos” de las “Indias”, Colón preparó nuevos viajes para llegar a otros territorios; imaginó que podía ser el único comerciante de los pueblos “indios”. El 15 de febrero de 1493, escribió una carta a Luis de Santángel, escribano y contador de los Reyes. Le informó de sus hazañas en la “India”, y le aseguró que había otras islas más grandes y con mayores riquezas que explotar.

 Sólo necesitaba “un poquito” de apoyo de sus altezas, los reyes. Esa carta dice: “pueden ver sus Altezas que yo les daré oro cuanto hubieren menester con muy poquita ayuda que sus Altezas me darán”; más aún, además de oro y otros productos, les daría “esclavos cuantos mandaren cargar, y serán de los idólatras” (Relaciones, 1892, p. 192). Colón deseaba tener el monopolio exclusivo sobre el oro, las mercancías y los esclavos, en las cantidades que sus majestades decidieran.

 El geógrafo y humanista alemán Alexander von Humboldt (1769-1859) escribió un libro sobre Colón, que fue traducido al castellano en 1892, en dos volúmenes, títulados Cristobal Colón y el descubrimiento de América. El capítulo X del segundo tomo subtitula La esclavitud de los indios. Humboldt afirma que Colón, en su primer viaje, mantuvo escrúpulos de conciencia respecto a los indígenas americanos. Pero, desde el segundo viaje y a fines de 1493, cambió de actitud; y explica: “Los caribes, y probablemente también los indígenas de Haití... fueron tratados como esclavos”; razón por la cual –continúa– los “doce barcos de Antonio de Torres, que se hicieron a la vela en el Puerto de Navidad el 2 de Febrero de 1494, venían llenos de infelices cautivos caribes: familias enteras, mujeres, niños y niñas, fueron arrebatados a su suelo natal” (1892, 2: 184-185). 

Humboldt censura a Colón por su “proyecto formal y verdaderamente terrible de establecer lo que llamamos hoy la “trata de esclavos” (1892, 2: 185). Además, publica otra carta de Colón, del 30 de Enero de 1494, al mismo Antonio de Torres, en la que instruye: “Sus Altezas podrán dar licencia e permiso a un número de carabelas suficiente que vengan acá cada año, y trayan (traigan) de los dichos ganados y otros mantenimientos... las cuales cosas se les podrían pagar en esclavos de estos caníbales..., creemos que serán mejores que otros ningunos esclavos” (1892, 2: 185-186). Colón se presentaba experto comerciante en esclavos”.

 Los pensadores latinoamericanos del siglo XX discutieron racionalmente este tema. El colombiano Germán Arciniegas (1900-1999) en su libro Amérigo y el nuevo mundo (1955) se ocupa del segundo viaje de Colón iniciado el 25 de septiembre de 1493 en Cádiz. Coincide con Humboldt en la ambición del almirante por la esclavitud, y escribe: “En cuanto a los indios, Colón veía las cosas con toda sencillez: debían ser esclavos. Ahí estaba el oro de América. ¿Quién no tenía en Italia y en España esclavos? Quienes podían hacerlo, ¿no compraban preciosas esclavas blancas? ¿No estaba él conquistando a la manera romana?” (1955: 174). Muy cierto: su estilo copiaba las conquistas romanas. 

Para los europeos de ese tiempo, tener esclavos, especialmente esclavas, era natural. Arciniegas continúa: Colón enviaba esclavos y esclavas a España “como mercancía para que se los abonara en sus cuentas Gianetto Berardi. La idea era irlos depositando en manos del obispo Fonseca para que los vendiese. En un principio no se vio dificultad. Los reyes de lo único que se preocupaban era de que a esa mercancía se le sacase el mayor provecho” (1955: 174). Agrega Arciniegas que para Colón, los “indios” eran una “riqueza exótica: no se les conocían las mañas: parecían dóciles, y era de suponer que tendrían buen precio. Ni a Colón, ni a Fernando, ni a Isabel, ni a Berardi, ni a Fonseca les había pasado por la imaginación el que no existiese derecho a disponer de sus salvajes”; más aún, recuerda el escritor colombiano que el mismo “rey Fernando no hacía cinco años que había enviado al papa Inocencio VIII un regalo de cien moros, que el Papa le agradeció con toda el alma y regaló a su turno a cardenales y señores amigos. También había enviado a su hermana Juana treinta moras” (1955: 174).

 Este tráfico de esclavos duró a Colón 10 años. El 14 de marzo de 1502, los reyes le enviaron una carta, que transcribió el historiador español Martín Fernández de Navarrete (1765-1844), en el primer tomo de su obra Colección de los viajes y descubrimientos, en cinco volúmenes (Madrid: 1825-1837). Los reyes ordenaron a Colón que, cuando volviere, debería llegar con su escribano, y traer la más completa relación de lo que halló, de naciones y gente “de las dichas islas e tierra firme”; y agregaban explícitamente: “y no habéis de traer esclavos; pero si buenamente quisiere venir alguno por lengua con propósito de volver, traedle” (1858, I: 429). En ese tiempo “lengua” designaba a intérpretes. Los reyes, además, adviertieron a Colón: “no se puede encubrir ninguna cosa entre la gente que trujiéredes (trajeres) en los navíos, de lo que no se hobiere manifestado ni entregado”; antes de embarcar deben examinar lo que cada pasajero metiere en los navíos, y el escribano debe hacer un inventario, “firmado de vuestro nombre o del suyo” (ibídem). La carta de los reyes mantiene tono severo. Agrega: “mandamos que así lo hagas y cumplas”.

 Arciniegas, en otro libro, América, tierra firme (1966), titula el primer ensayo: En el siglo XV nadie descubrió la América. Explica: “No es posible considerar como descubridores a quienes, en vez de levantar el velo de misterio que envolvía a las Américas, se afanaron por esconder, por callar, por velar, por cubrir todo lo que pudiera ser una expresión del hombre americano” (1966: 53). El venezolano Arturo Uslar Pietri (1906-2001), en su libro Del Cerro de Plata a los caminos extraviados (1994) afirma en el tercer ensayo América no fue descubierta, y explica: “Desde un punto de vista rigurosamente histórico, no ocurrió nada el 12 de octubre de 1492 que pudiera llamarse, con alguna propiedad, el Descubrimiento de América y que, por ello mismo, ha constituido por siglos una fuente constante de errores de apreciación y de falsa interpretación de la historia” (1994: 29).

 En nuestro tiempo, antes de Los Ángeles, Caracas retiró el monumento a Colón el 12 octubre del 2004. En Buenos Aires, en junio del 2013, una grúa se llevó la estatua de 38 toneladas en mármol de Carrara. En Estados Unidos, ciudades como San Francisco, Cincinnati y Columbus, Ohio, anularon las celebraciones a Colón; y otras, como Denver, Colorado, ensalzan el Día de los Pueblos Indígenas (no “indios”, que son asiáticos de la India; sí “indígenas”, que son los “originarios de su nación”). Aun en Barcelona, un partido político pidió en septiembre del 2016 el retiro de esa estatua. No lo consiguió aún.

 Quedan aún muchos testimonios latinoamericanos que repudian los equívocos y accidentes de Colón.
 

 

 

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