Arte

La mirada sublimada

El autor escribe sobre la obra del español Dino Valls, quien en su obra recoge el mundo exterior y lo contrasta con su propio mundo interior.
domingo, 25 de noviembre de 2018 · 00:00

Paul Tellería  Escritor

Hace unos días encontré algunos apuntes sobre la obra de Dino Valls, quien desde sus cuadros me permitió construir imágenes de la perversión en uno que otro cuento. 

Dino Valls (Zaragoza, 1959) antes de pintor es médico y cirujano y su obra fue madurando los últimos cuarenta años, pasando del realismo a la naturaleza muerta, hasta la construcción de aquello que denomina lo “su(i)real” o la capacidad de deambular desde la pintura por los pasadizos mentales del dolor y la angustia de quien pinta y mira esperando ser retratado. 

Valls es un pintor de un impresionante realismo y tiene la capacidad de penetrar en los oscuros laberintos psicológicos de su historia y tiempo para rescatar el espanto y la oscuridad que habita en nosotros mismos.

Cuando uno observa los cuadros de Valls se sorprende con el trabajo técnico minuciosamente organizado, nada está librado al azar en su obra, construye una serie de significados cuidadosamente organizados desde el cuerpo y deviene aquella subjetividad que se sostiene en una imagen que sorprende por su realismo, trata de  abrochar la subjetividad del pintor con lo real, valido acá el guiño al significante lacaniano. 

En Valls el protagonismo de la obra se sostiene en la psicología de la escena entregada, la cual viene sellada por una carga poética, delicada y fuerte. La imagen entonces está dada y quien en ella se mira, construye sus propios significados.

Sus pinturas son precisas y minuciosas, con un cuidado obsesivo que se refleja en cada pequeño detalle. Podría considerarse el mejor heredero vivo del realismo español, si no fuera porque más allá del trabajo en los detalles, Valls nos enfrenta al más allá de aquel (i) real que nos moviliza sin piedad, desde la carga dramática en las expresiones, en las marcas en la piel, en el vacío de las miradas. Apreciar su obra es enfrentarse con las lágrimas, el éxtasis y el sufrimiento no dicho de la trágica existencia de sus personajes, púberes, “nínfulas” seres de inocencia perturbada por el dolor de la vida misma.

La mirada perturbadora en gran parte de sus cuadros, invita a una lectura del arte y la violencia desde aquello que no se nombra, desde la noción de sublimación. Valls no es un retratista, en su obra recoge el mundo exterior y lo contrasta con su propio mundo interior he aquí el mérito del pintor, similar a las imágenes verbales fruto del tormento del poeta.

Una vez más, la realidad sirve de pretexto para construir una obra que sublime —desde su técnica y propuesta conceptual— los lados más oscuros del artista, aquellos desconocidos al plano de la conciencia. 

Somete en sus pinturas a quienes aparentemente posan en la realidad, pero que lo miran desde los laberintos de su memoria. Aquellos cuerpos que hablan desde el lugar de la sumisión cargan los elementos de tortura y agresión física y gritan, desde su mirada llorosa, aquello que muchas veces preferimos no escuchar.

En sus cuadros el tiempo real, aquel que aporta la estética, sirve de escena para el tiempo lógico que surge con un orden propio, acaso aquel del inconsciente que habla desde su propio lenguaje y elementos recurrentes. Es así que en sus cuadros encontramos cuerpos arañados, con toda clase de instrumentos médicos, los que desde su posición sumisa reciben la perversión transformada en arte por el pincel. 

Me detengo en la imagen del cuadro Quinto dolor. En él se observa una adolescente que, desde su mirada vidriosa, comunica una resignada angustia que conmueve, aquella por la que habla la mirada de la víctima y recuerda la indefensión de quien ha sido sometida a un ultraje. 

A la izquierda, colgadas, se ven agujas curvas de diferentes tamaños, de ésas que usan los costureros, o los cirujanos. Están numeradas del uno al siete y falta el número cinco, ¿Acaso aquella usada para arañar la pared, para hacer cinco finas heridas en el esternón de la mujer? 

Los ojos claros en la cara sucia y amoratada del retrato parecen anticipar la llegada de su agresor con una resignación desafiante. Es la víctima y a la vez parece esperar la próxima herida, con la aguja escondida en la mano para defenderse de aquel amo perverso. 

El acto del perverso, ese real que sorprende diría el psicoanálisis, aparece en Valls en los retratos de niñas que muestran una sumisión que acongoja y denuncia la violencia de género de nuestros tiempos. Valls deja hablar algo más que instintos arcaicos en su pintura, transmite aquello que antes y después de la tortura, se repite y se descarga psíquicamente en sus cuadros, el goce sublimado del que somete, pareciera que el pintor jugara con el espacio y tiempo cronológico (medieval y gótico) y lógico (el del inconsciente) dejando sobre el lienzo la mirada perturbada por la violencia. 

Valls tal vez quiere que la pintura dispare, en quien la mira, su propia historia con la violencia, que el acto voyeur complete la trama desde una mirada silente, imaginada. Repulsión, morbo, placer, asco, lo que despierte Valls será producto de lo que aquel que mira significa.

Bendita y maldita la sublimación de lo perverso por parte del artista, habría que decir, en cuanto mecanismo que permite canalizar de forma socialmente aplaudida aquello que en el plano de la realidad concreta resultaría despreciable y merecería la cárcel.

El mismo pintor refiere con relación a su obra que la perversión surge del orden y no del caos. Los cuadros de Valls no son simples arañazos o mordiscos de un lobo en el lienzo, son el resultado de un otro que habla desde el pincel y que organiza su lenguaje con una lógica propia. Es ahí que radica el orden de su obra, el cual no se entiende desde el lugar del yo social del artista, sino desde otro plano, aquel que habla cuando pinta y calla cuando vende sus cuadros. 

A partir de la obra de Valls podemos decir que los vínculos del perverso se dan a partir de pactos sustentados por la seducción y la captura. El perverso sabe hacerse de la víctima, porque es irresistible, es miel que seduce y abre poros, para luego cerrarlos con sangre, a palazos y mordiscos. Necesita del dolor del otro para existir, es a partir de él que se sostiene. La ruptura del vínculo con la víctima implicaría su muerte subjetiva. 

Trasladando esa noción a la obra de Valls, se podría decir que ha creado un orden propio en el cual el lienzo es la piel y el pincel el bisturí con el que somete, es que en el arte todo vale y al artista todo se le está permitido, de ahí que su deseo reprimido, dotado de una estética propia, reciba el elogio antes que la censura. 

Es que más allá de la obra de Valls, la sublimación es necesaria para dotar a lo perverso de un aura socialmente válida e incluso aplaudida. Porque al final de cuentas el pintor o el escritor se darán modos para encontrar un camino por el cual vaciar la pulsión de muerte y transmitir un algo que movilice.

El desafío está dado el artista jamás tendrá control de lo que su obra provoca en el otro. La pintura sobre el lienzo o la palabra en el papel, al ser públicas serán de quien se apropie de ellas. Puede que lo sublimado salve de la censura social al artista, sin embargo, este será ajeno al efecto que produzca su obra en aquel que no conoce culpa, que no reprime. Algunos quizás utilicen la obra para recrear un acto en la piel real de la víctima otros para preguntarse, indignarse y hablar de lo que mueve el dolor, de la angustia en la mirada agotada de quien no puede defenderse. Sea como sea el arte habrá hablado lo que el artista calla cuando pinta y moverá en quien mira, aquella palabra de angustia, frente a la que no habrá pintura ni poema que la complete.

 

 

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