El Chicuelo dice

Porque también tenemos a la fragilidad del universo

Wilmer Urrelo escribe sobre la memoria que encierra los edificios porque uno “no edifica los recuerdos a partir tan solo de sus libros”.
domingo, 25 de noviembre de 2018 · 00:00

Wilmer Urrelo Zárate  Escritor

Porque también tenemos a la fragilidad del universo de nuestro lado, por eso uno construye su existencia a partir de mentiras, porque también tenemos a la fragilidad del universo uno no edifica los recuerdos a partir tan solo de sus libros: porque también uno cimienta sus recuerdos, o los inventa, o mejor dicho los recrea y por lo tanto los inventa dos veces y les agrega cosas, nunca detalles sino partes relevantes, episodios que jamás ocurrieron, la mayor parte de las ocasiones se trata de un acto desesperado para cubrir vacíos, espacios negros (o blancos o rojos o verdes) y evitar así la nada: ese hospital soy yo, ese que aparece en la foto, en esa edificación naciste vos hace más de cuarenta años atrás, Chicuelo, cuando yo no era hospital, cuando apenas era un pálido centro de salud. 

Un centro de salud en la zona Garita de Lima, cuando al frente de donde estoy ahora, Chicuelo, cuando ahí vivía el cine Roby, gigante, inmenso, rectangular, cuyo interior olía a cera, donde había bancas de madera todas numeradas con pintura azul. Por esa época de estos recuerdos que no recuerdo sino que más bien invento a partir de la poca memoria que como construcción me queda, yo porque, para que lo sepan, nosotros los edificios, las casas, las habitaciones e incluso el kiosko de dulces, todos nosotros tenemos la memoria corta y fugaz y siempre cambiante tal y como mutan nuestros cuerpos: mañana el edificio tendrá un nuevo piso, el mes que entra las casas dejarán de ser casas y se convertirán en un colegio, el viernes el kiosko será pintado por enésima vez).

Por esa época de estos recuerdos que no recuerdo sino que más bien invento a partir de la poca memoria que como construcción me queda, yo veía que en el Roby se estrenaban películas que ya habían pasado en el presuntuoso Monje Campero; entonces por esos días las aceras del frente donde me erijo se llenaban de gente, del populacho más popular de la ciudad de La Paz: las vendedoras de las inmediaciones, la descendencia de éstas e incluso las ratas que pululaban por la plaza Garita de Lima, todos ellos vieron deslumbrados E.T. o bien Stars Wars y rieron con Cupido Motorizado o se envalentonaron con Rambo y con su indestructible capacidad de caerme mal.

Dentro de mí murió y nació muchísima gente, dentro de mí se dieron buenas y pésimas noticias, usted tiene algo que se llama tuberculosis, don, por eso cuando tose escupe sangre, o bien se daban noticias enormes y fantásticas que(es mujercita, señora, y tiene los ojos negros y es fuerte, mire sino cómo me aprieta el dedo, ¿escucha cómo llora?, ¿se da cuenta de esos pulmones?, y mire sus cabellitos: eso es suerte, nadie como ella, qué futuro tendrá, pero por qué llora si más bien debería estar feliz usted, doñita).

o bien se daban noticias enormes y fantásticas que con el paso de los años se convertirían en todo lo contrario, porque la Jenicita, esa niña de ojos negros y fuerte que apretaba el dedo del doctor como no lo había hecho otra wawa, ella, a los doce, tenía ya un futuro incierto: aparecía como un fantasma en el Luminar, mascando su Bazooka de frutilla, el Luminar que estaba a unas cuadras de donde me encuentro yo, y todo el mundo al principio la botaba, fuera, vos eres wawa todavía, pero cuando una agarraba plata (uno, dos, tres robos) entonces la cara de los dueños del Luminar se encendía: Jenicita, qué lindo verte por estos lados, ya no has venido, qué ingrata es la gente, caracho, porque la Jenicita a sus quince era una de las más grandes ladronas de la Garita de Lima. 

Era descuidista los sábados y los domingos, cuando la gente iba a comprar sus cositas a la Uyustus, y me convertía en pildorita por las noches, cuando los bares empezaban a aparecer de la nada a mis alrededores, cómo le brotan los dientes de leche a un recién nacido: las luces rojas y amarillas y verdes asomando por las ventanas y junto a ellas la música húmeda y lúbrica. 

También llegaban a mi interior del centro de salud las putas para el control sanitario, todo con el fin de obtener ese carnet azul donde estaban escritos sus verdaderos nombres con tinta morada. A esas horas me llenaba de perfumes dulces y ácidos, y en mis pasillos y en mis  consultorios  empezaba a escucharse la melancolía de nuestras voces que en algunas ocasiones(durante las primeras visitas yo subía las gradas de baranda metálica con timidez, qué enfermera me tocará hoy, ojalá no sea la Graciela porque esa es mala y siempre anda criticando lo que hacemos: tan jóvenes y arruinando así su vida, deberían tener más conciencia, pensar en su futuro, o bien con un vacío en medio del estómago, ojalá no esté ese doctor Wayar, siempre se pasa de vivo y toca demasiado, como si no nos diéramos cuenta, como si fuéramos unas burras, como si hubiéramos nacido ayer).

y en mis pasillos y en mis consultorios empezaba a escucharse la melancolía de nuestras voces que en algunas ocasiones se cubrían también de miedo, miedo a la mala noticia, al resultado positivo me refiero, vos tienes tal cosa, mirá que te has contagiado de esto otro, y entonces el sello no sería el morado que nos autorizaba a seguir en el laburo sino el rojo, y ese rojo cruzaría mi cara veinteañera de un costado al otro y diría la palabra funesta y humillante: Contagiada. 

Porque tenemos a la fragilidad del universo entonces invento estos recuerdos, porque esa fragilidad se sustenta en lo que más rápido se rompe y el Roby es distinto y el Luminar ha desaparecido y la Jenicita tal vez esté muerta (ataúd dentro de un ataúd), con flores secas y un florero lleno de musgo, tal vez el populacho que iba al cine ya no recuerde que una vez ahí al frente vio una película llamada Cupido Motorizado, porque es posible que las putas ya se dediquen a otra cosa: porque también tenemos a la fragilidad del universo de nuestro lado, por eso uno construye su existencia a partir de mentiras, porque también tenemos a la fragilidad del universo uno no edifica los recuerdos a partir tan solo de sus libros.

 

 

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