Novela

Sara Chura, esa tejedora de filigranas

Texto incluido en la edición especial por los 15 años de la novela Cuando Sara Chura despierte, del escritor paceño Juan Pablo Piñeiro.
domingo, 25 de noviembre de 2018 · 00:00

Christian Vera Escritor

¿Dónde estás? -pregunta el cadáver  que respira-. ¿Quién  buscará a Sara Chura? Aquí   estoy, responderá ella desde la oscuridad y sacará  un textil antiguo de un baúl guardado en el corral. En el centro estarán  tejidas veintitrés vidas, formando figuras, mostrando que nosotros las personas seremos el textil ancestral que cubrirá  el mundo el día  en que Sara Chura despierte.

Juan Pablo Piñeiro

Cuando Sara Chura despierte

Juan Pablo Piñeiro sorprende gratamente con su primer trabajo ficcional, su opera prima Cuando Sara Chura despierte. A continuación, a modo de mosaicos, se jugará  con los poderes ficcionales que esta novela ofrece. Con ese afán, este texto no pretende articular líneas definitivas de lectura ni esbozar, a modo de guía turística, un camino floreado para el cómodo lector. 

Lo que busca es subrayar y compartir el acto lúdico de la lectura y, en especial, la lectura de una novela impregnada de una voz capaz de codificar en una extensa metáfora femenina nuestra irreverente complejidad.

Sara Chura, como esas ciudades femeninas de Italo Calvino, talla con sutileza un conjunto de hilos, de filigranas, de sentidos, hasta configurar el tejido poliédrico de lo ficcional. Sara Chura es un todo, una entidad femenina y polleruda que cubre con rasgos suyos y con mank’anchas las luces tenues de una ciudad que bordea y se alimenta del abismo vertiginoso que nace de lo aymara.

Sara Chura es una tejedora de mantos, de mantos ficcionales, de vidas, de muertes, de enigmas, de alcoholes, de fantoches inanimados. En Sara Chura se habita, se respira: desde ella es que se diseñan las tramas sobre las cuales bregan múltiples destinos. Ella se desliza con su virtuosismo corpóreo por las calles que ofrendan su espacio a la irreverencia del majestuoso Gran Poder. Es en la Mariscal Santa Cruz, a las cinco de la tarde, que se explaya hasta coronarse en una deidad que hegemoniza para sí las particularidades de los poderes que se incuban en la ficción. Sara es el estruendo apoteósico de una banda de metales, de vientos, una banda de morenos que toca el Terremoto de Sipe Sipe, ese bolero de caballería estremecedor. Sara Chura es una deidad forjadora de complejos habitares en el sueño, que ella observa “desde lejos con la seductora ternura de una pastora que cuida sus ovejas cantando” (121).

“Sara Chura se arrodilló en el piso y empezó a tejer muy concentrada” (123).

Este manto ficcional hila cuatro historias que, bajo el imaginario de un tejido jalq’a, están profundamente comprometidas entre sí. La primera hebra de la novela es César Amato, ese detective, más tarde zorro, de múltiples rostros, de interminables pieles, de máscaras móviles. El segundo filamento, que se va tejiendo con el primero, es don Falsoafán, ese inventor de artefactos caracterizados por la inutilidad y por el fracaso, que comparte su destino con su escudero Puntocom, un achacacheño que sueña con ser jilakata de su comunidad. El tercer hilo se configura a partir de Juan Chusa Pankaya, un sutil tinterillo o tramitador de certificados y memoriales que se instala en plena puerta de Identificaciones y que es, también, sustituto de muertos desaparecidos, sobre todo aquellos que se los lleva el río. Finalmente, la última trama sigue la vida etérea de un cadáver que respira.

Estos cuatro personajes, que suturan sentidos, transitan por sus mundos bajo tufillos de distintos alcoholes, bajo distintas utopías.

Sin embargo, todos ellos están profundamente vinculados en una sola búsqueda: encontrar la ofrenda para culminar la fiesta de Sara Chura, el Gran Poder; una ofrenda que es un tejido fundamentado y configurado bajo la hechura de estos cuatro hilos.

“Le encantaba vivir en esta garita, antiguo límite de la ciudad, lugar donde arribaban los caminantes, porque él era siempre un recién llegado a la ciudad, un viajero en tránsito como todos los paceños” (7).

César Amato es un experto en dibujar con ilusiones el cuento del tío, utilizando distintas estrategias, miradas y máscaras, va engatusando al mundo mediante el poder rotativo de la palabra. En una de esas poses cuentísticas, es contratado por Sara Chura, bajo la máscara de detective, para encontrar al cadáver que respira.

La faena de la búsqueda se inicia en la fiesta del Gran Poder, en la majestuosa entrada cruza su destino con el Falsoafán o con el Juan Chusa Pankataya y Sara Chura es la que diseña estos encuentros que permitirán que ella despierte. César Amato observa Chuquiago desde sus grietas, desde sus escondites más lúgubres, es ahí que escarba una mirada difusa de los contornos de Sara.

“Soy el ser que fracasa porque lo que imagino está muy lejos de mí y todos los caminos que recorro para llegar donde imagino resultan  falsos o circulares” (21).

Falsoafán es su alias, pero el nombre inscrito en el registro civil indica que el inventor se llama Elmer Lorenzo Poculli. Don Falsoafán  idea artefactos inútiles para encontrar una “verdad” que explique someramente la complejidad de este mundo; sin embargo, todo está peculiarmente condenado al fracaso. 

Este inventor construye, por ejemplo, un instrumento para que el karisiri saque la grasa con sutil perfección, artefacto que lo condenaría al kencherío científico. En otra escena, le dicta a Puntocom, su asistente –que, valga la digresión, es traicionado por su mujer que es lavandera para que él se dedique por entero a la investigación–, frondosos discursos donde la construcción de la realidad entra en juego. 

En el Gran Poder se alza una farra tan poderosa junto con el ayudante que termina en la casa de Al Pacheco, un político en proyecto que construye en maqueta toda la ciudad, con todos sus personajes. Esta maqueta es una metáfora idílica de los contornos de Sara Chura que es y no es la ciudad.

“[…] para interpretar a un muerto necesitas poder ver como él y saber despedirte del mundo. Si no, el truco no funciona” (103). Chusa Pankataya guarda la habilidad innata para descifrar los perfiles más sombríos y melancólicos que ofrece la muerte. Por eso se escapa de Macha, su pueblo, a La Paz, porque descubre en un sueño las señales y los presagios que le diseña la muerte para congratular su destino. Esta visión premonitoria es articulada por Sara Chura, la tejedora de estos destinos. Otro perfil de Chusa Pankataya nos muestra su habilidad lúdica para entablar conversaciones complejas. En un boliche challapateño, en notable estado etílico, él pide un charquekán acompañado de chuño puti. Al llegar el plato a la mesa, el charque entabla una conversación agresiva y sumamente compleja con Chusa, donde la sombra de Borges aparece en plena altura challapatense. 

La discusión transita por la indagación  de la existencia de Dios y por el diseño discursivo de la realidad. Aquí surge una bocanada de humor, pues el charque se autonombra Jerky y revela ser un occidental acérrimo, frente a su interlocutor, que es un servidor del conocimiento de los que tienen fe en el infinito. Como la conversación toma rumbos enmarañados, Juan decide comerse el charque.

Chusa Pankataya posee también otras facetas, y en particular la de remplazar muertos que, por extrañas circunstancias, han desaparecido. Es el doble de los cadáveres ausentes en todo tipo de actos fúnebres. En una de sus faenas es interceptado por César Amato que anda en busca del cadáver que respira, que había ocupado su lugar, a manera de polizón, en el velorio donde Chusa tenía que prestar servicios. Pankataya, desde ese momento, va descubriendo de forma sutil que aquel cadáver se cruza en su vida para que deshilar la magia difusa que cerca de penumbra a esta ciudad tejida a partir de los menjunjes de Sara Chura.

“Si el suyu era un feto de llama que se va de la vida en el umbral del nacimiento, el cadáver que respira era el suyu arrancado del umbral de la muerte” (113-114).

El cadáver que respira se caracteriza por arrastrar su cuerpo de manera juguetona y por no tener sustantivo propio que lo nombre. El apelativo surge de un sueño en común tripulado por Sara  Chura. El cadáver que respira, como un fantoche alteño que advierte al ladrón-cogoteador, despliega el magma de la muerte en esos pequeños rincones donde todavía pulula la ingenuidad de la vida. Así, la muerte es entendida como esa instancia donde se anula la posibilidad de construir un tiempo, el tiempo lineal, el tiempo que solo acumula memoria. 

Entonces, la muerte que ostenta el cadáver que respira no tiene presente ni futuro, no construye memoria para ser archivada simplemente en un bregar paradójico, donde no existe el tránsito, el devenir. Esto connota una forma de vivir con el pasado por delante, es un despiste al tiempo, es una manera de olvidar para luego ver con más luces y más niebla en lo que parecería una ironía con la cual la muerte festeja con júbilo la complejidad de la vida. Esta es la vitalidad lúcida del cadáver que respira, que decide olvidar para tener al pasado por delante, para construir una realidad más anfibia, no desde la memoria (invención fantasmagórica  del imaginario y del tiempo), sino desde el espacio inmisericorde donde suenan los ecos del silencio, del eterno duelo y del espacio, tres facciones que permiten ver el pasado por delante. Esto permite que el fantoche construya moradas más apegadas al tejido de Sara Chura. 

Por otros senderos, el cadáver que respira es el encargado de encontrar el manto, el tejido que será ofrendado a Sara Chura, en el Gran Poder, el día en que ella despierte. Este personaje si algún poder tiene dentro de la ficción que asombrosamente construye Piñeiro es su voz, pues es la única entidad que tiene voz propia en el último fragmento de la novela y que articula aquello que Sara Chura desea enunciar: el renacimiento eterno de la ficción.

Palimpsestos

“Así podían encontrarse autores como Jesús Urzagasti, Jaime Saenz, Fernando Pessoa, César Vallejo, Alejandra Pizarnik y Blanca Wiethüchter,   entre otros. César Amato decidió hojear uno de ellos, pero no pudo sacarlo porque estaba prendido al mueble” (46).

Sara Chura construye el tejido de su escritura desde la base de otras voces. De entrada, aparece el íncipit  onírico de La metamorfosis, de Kafka; el conflicto ficcional de Gobrowicz sobre la eterna representación del cuerpo en el escenario del lenguaje. La huella de Dante también se manifiesta (“A mitad del camino de la vida / en una selva oscura me encontraba / porque mi ruta había extraviado”) en La Selva Oscura, el boliche donde se resguarda y cobija Sara Chura.

En ese mismo bar se encuentra un marinero que cuenta historias detrás de una vela, parafraseando imágenes sublimes de Moby Dick de Melville. En el Falsoafán se puede leer un homenaje a Roberto Arlt y a sus inventores conspirativos, charlatanes, falsificadores que se burlan de un mundo tecnócrata y solemne.

Asimismo, don Quijote y su escudero Sancho, la pareja sobre la cual se construye la eterna ficción tiene una imagen especular: Falsoafán y Puntocom. Las huellas de Santiago de Machaca de Jaime Saenz se ven en cada paso que da el cadáver que respira. En el detective paxp’aku, César Amato, se esboza, desde la parodia, la tradición de la novela negra americana. Aparecen los proyectos ficcionales  de Ricardo Piglia, sobre todo, en el afán por duplicar la ciudad en una pequeña maqueta (ahí está el Pequeño proyecto de una ciudad futura, ese proyecto utópico pigliano) y la sombra de Hamlet, en los conflictos existenciales que trasparenta la familia de Juan Chusa Pankataya. “Preferiría no hacerlo”, dice Bartleby, “Mañana nomás”, repite Juan, los dos copistas y tinterillos que dan vida a los meandros de la burocracia estatal. En cada oración, detrás de la estructura de cada párrafo, se sueltan guiños a la inmensidad del tejido de Macha, de Pocoata, de Calcha. Las estruendosas bandas de boleros  de caballería resuenan hasta configurar una multiplicidad de voces y huellas que transitan sobre los palimpsestos fantasmales de la ficción de Sara Chura.

Bajo la rigurosidad ostentosa del baile de morenos, Sara Chura configura una coreografía de múltiples sentidos. En ese ambiente cadencioso, ella teje la escritura y se convierte en el pre-texto para hilar una ficción de lanas sutiles. Sara Chura, como una resaca incandescente, desfila su majestuosidad por las calles paceñas, bajo el manto onírico que trama la narración. Ella es el poder de evocar un todo.

*Este texto fue originalmente publicado en el suplemento “Salamandra” del Semanario Pulso, el 23 de enero del 2004.
 

 

 

Otras Noticias