Aquí hay icebergs: nadie sale intacto nunca

Mauricio Murillo escribe sobre los cuentos de Katya Adaui, quien llega a La Paz para presentar su libro y para dar un taller de narrativa.
domingo, 04 de noviembre de 2018 · 00:13

Mauricio Murillo, Escritor

Toda esta cantaleta, entonces, es para aterrizar en la lectura de un libro de cuentos redondo, complejo y de muy buena factura: Aquí hay icebergs de la peruana Katya Adaui. Usando un juego de palabras predecible, en el libro de Adaui todos los cuentos son icebergs.

Es bastante conocida –y mencionada y visitada y, también, mal usada– la analogía que Hemigway hizo entre un cuento y un iceberg. La idea, un tanto simplificada, es que de un iceberg sólo podemos ver una porción menor de todo su volumen, la punta que sale a flote, más o menos entre el 10 y el 20 por ciento. Entonces, un cuento debería mostrarle al lector solamente lo imprescindible para entender los conflictos y los personajes.

El equilibrio, tan difícil de conseguir, sería lo que le va a dar fuerza, tono y contundencia al cuento: lo latente, lo que está debajo de la superficie y que es lo que arrastra lo de arriba, lo que no se ve pero transforma. Hemingway elaboró esta metáfora, pero es la forma en la que laburan en la escritura los y las grandes cuentistas: Chejov, Poe, O’Connor, Carver, Cheever, Munro, Onetti, Lispector, Fonseca, Cerruto, por nombrar a algunos.

Más allá de la idea concreta y maciza del iceberg, un cuento funciona cuando no se cuenta todo ni se omite todo; cuando se logra que el lector experimente la lectura intensa de sus páginas sin quedar como tonto o quedándose en el aire. La cosa es que el iceberg flote y muestre la punta de sí mismo, donde se juega lo visible que va a ser tensionado por lo sumergido, sin forzar, sin mentir, sin exagerar.

 Toda esta cantaleta, entonces, es para aterrizar en la lectura de un libro de cuentos redondo, complejo y de muy buena factura: Aquí hay icebergs de la peruana Katya Adaui. Usando un juego de palabras predecible, en el libro de Adaui todos los cuentos son icebergs.

 El libro tiene 12 cuentos que –por el estilo de la escritura, pero también por los temas– forman un conjunto que se puede leer como un todo. Esta es una característica que agradece el lector y la lectora: que este sea un volumen con vasos vinculantes entre sus textos y no la antología del trabajo de la escritora que se compiló por la premura de una publicación. En una época donde estamos hechos de sencillos, para tomar una comparación musical, siempre se disfruta cuando se piensa en el producto final hecho de partes que forman un horizonte fragmentado y, al mismo tiempo, cohesivo (como un disco, podríamos decir).

Los cuentos de Adaui hablan del paso del tiempo, de las familias rotas –algunas funcionan así y otras no–, de la violencia de crecer, de lo que uno cree que ha dejado atrás; los cuentos de Aquí hay icebergs relatan con lupa, más bien con bisturí y un lente deforme, lo que la existencia es para algunos personajes donde la memoria, los choques, la abulia puede generar historias que nos golpean y nos dejan con un sabor de boca amargo y que disfrutamos al volver a pasar la lengua por el paladar.

El enorme poeta peruano José Watanabe tiene un poema que habla de la velocidad de las cosas, de lo que no podemos detener, de lo que se derrite; el poema se llama El guardián del hielo. Ahí se encuentra la imagen del poeta que está cuidando un hielo que el sol está derritiendo, una labor imposible. “No se puede amar lo que tan rápido fuga”, dice el poeta y el sol le replica: “Ama rápido”. La vida como un ardiente y perverso reino.

Es posible leer este poema en contraposición al libro de Adaui. En el cuento El color del hielo (el hielo, los icebergs, el agua, entre otras imágenes, son metáforas constantes en el libro) tres amigos viajan a Ticlio a conocer la nieve. Los amigos son casi adultos y el narrador, empapado de nostalgia, recuerda cómo era ser niño. “Mis amigos son un pedazo de hielo flotando en aguas oscuras. Yo no lo vi venir”, se dice el narrador. “Sentí el impulso de volver al auto y tomar la pistola.  Dispararle al hielo, una bala por cada uno de nosotros”.

 Adaui elabora una historia de iniciación contradictoria y problemática, algo que se refleja en varios otros cuentos. Crecer siempre violenta y genera comunidades escindidas y fracturadas. No es una visión fatalista ni exagerada, sino una mirada quirúrgica de lo que significa enfrentarse a la circulación de los años ya la instauración de comunidades, ya sean familiares o improvisadas.

Lo vemos también en el cuento Este es el hombre, donde la experiencia horrorosa que vive un niño y a la que se tiene que enfrentar de adulto constantemente sin superarla se desdobla en un grifo que no cierra: “En una de las paredes había un grifo que no dejaba de gotear. Implacable. Goteaba y goteaba el grifo como si el cemento tuviera sed”. O, también, en la definición de iceberg en Alaska: “El objeto contra el que la acción del mar es dirigida”.

El narrador de El color del hielo dice de sus amigos: “Ellos tampoco se quedarían intactos”. Es decir, nadie sale intacto nunca, lo vemos en los cuentos de Aquí hay icebergs.

El libro se publicó primero en RandomHouse. Ahora saldrá una edición boliviana publicada por La Perra Gráfica ilustrada por Merlina Anunnaki. Como ha venido haciendo este taller/editorial, los dibujos permiten generar más interpretaciones y tener un libro objeto que vale la pena. Al mismo tiempo, esta edición boliviana tiene un texto que no se encuentra en la primera edición del libro: Nosotros, los náufragos; un gran cuento que salió por primera vez en el libro compilado por Natay Villena: Como si no bastase. 15 narradoras peruanas.

La tradición cuentística peruana nos ha dado nombres infaltables en este género: Julio Ramón Ribeyro, Luis Loayza, Guillermo Niño de Guzmán, la gran Pilar Dughio Carlos Yushimito, entre otros. Adaui es parte de este canon, pero también es parte de un grupo de narradoras peruanas que están escribiendo grandes libros: Teresa Ruiz Rosas, Gabriela Wiener y María José Caro, por ejemplo.

El lector y la lectora que se enfrenten a este libro saldrán incómodos. Como apunte final, que quedará para otras lecturas de Aquí hay icebergs, una de las características más interesantes es el uso del lenguaje. Adaui pone en crisis la sintaxis tradicional, agrede al verbo, genera imágenes con oraciones o frases que desmontan las maneras prosaicas de narrar: de aquí también sale esa visión de mundo trastocada.

En Donde tienen lugar las cacerías leemos: “Quisiera silbar y que vinieran corriendo todos los perros que tuvimos”. Es ese sentimiento de nostalgia contradictorio, feliz y triste, lo que genera este volumen de cuentos. Fácil de imaginar y sentir, difícil de ponerlo en el papel.

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