Balcón a balcón

Un cuento sobre un perro y una gata escribe Óscar García
domingo, 04 de noviembre de 2018 · 00:00

Óscar García, Músico y Poeta

“La gente llora también de rabia. Como una forma de sacarse las tonteras, las macanas, sacarse de encima los bultos. Y se nota.  Sansón se da cuenta”.

Sansón y Dalila son dos mascotas, un perro y una gata, que viven en una callejuela del casco viejo. Sansón no tiene melena pero tiene un diente chueco que le da una especial fisonomía y por qué no decirlo, una personalidad única. Parece sonreir siempre y como maliciosamente.

Muestra su cabeza sonriente a través del visillo de una ventana, en un balcón. Apoya su chuño al vidrio, es una cabeza fantasmagórica sonriente. Se ve misterioso, hay noches que da susto, desde adentro de la habitación se desprende apenas una tenue luz amarillenta que ilumina por detrás a Sansón como pintado por Caravagio. No ladra, solo observa, en silencio. A lo mejor piensa, aunque sea un poquito, sobre cosas, sobre la gente que sube y que baja.

Sobre la gente que a veces llora en la calle o en la casa del frente, por quién sabe qué clase de penurias. O a lo mejor llora a veces la gente de alegría. Por haberse sacado una paupérrima lotería con un billete comprado en la calle Tarija, ahí cerca de las gradas donde hace años había casi solamente  pis de toda procedencia, una pena, pero con sus historias.

Todo lo que sale de las gentes, sean palabras, besos, humedades, lo que sea, así sea caspa, hueso, polvo, bendiciones, tiene su de dónde viene. Tiene su escenario, su entorno. Su aura.

La gente llora también de rabia. Como una forma de sacarse las tonteras, las macanas, sacarse de encima los bultos. Y se nota. Sansón se da cuenta. Una tarde, cuando la mayor parte de la población está en un trabajo habitual, con horario de trabajo habitual, con el tedio de un trabajo habitual que no ha sido elegido si no más bien ha sido el único que había, cuando la mayor cantidad de las gentes están pasando así su tarde, una señora estaba llorando de rabia en la calle desde donde Sansón podía observar y escuchar.

Lloraba desconsoladamente y apretando los dientes, con una mano parecía sostener la pared y agachaba la cabeza haciendo ruidos de llanto amalgamados con ruidos de la ira. No se entendía muy bien las cosas que decía pero eran de rabia. Las orejas de Sansón sabían discriminar la rabia de la pena y de otras emociones. Tampoco mucho le importaba el asunto en cuestión, el motivo de la ira.

Sólo le preocupaba que la señora no se fuera a morir de rabia. Suele pasar. El resto era cosa suya. A lo mejor le debían plata o ella debía plata y tenía de dónde pagar pero su hijo la había desbancado para irse al casino de Arica a perder como en la guerra. Se sabe que en toda guerra en la que se metía su familia, perdía. Apellidaba Abaroa la señora, o Daza, o Melgarejo, no se sabe a ciencia cierta. Cómo no va a dar rabia quedarse de pronto en la miseria y acordarse que hubo un tiempo en el que comer caviar era algo normal y cotidiano y que un día, de pronto y sin mayor aviso, terminar comiendo un pan Redondo con mortadela de marca desconocida, como única merienda del día.

Dalila era la gata. Le importaba muy poco todo. Era extraña. Más extraña de lo que se piensa. Miraba de reojo. Sospechando siempre. Como si hubiera leído con cuidado y comprendiendo, a los estoicos y a los escépticos. Como si hubiera aprendido que todo es perfecto a partir de comprender la física, el espíritu y el logos del mundo, juntarlo, hacerlo un todo y contemplar.

Estar en estado elevado de contemplación y lentitud. Siempre. Solía transcurrir en cámara lenta, de sillón a sillón, de sillón a cortina, de cortina a mesa, de mesa a vitrina. Como flotando, sin hacer ruido, sin hacer caer nada. Ya quisieran los rateros de casa tener tales habilidades y cuidados. Los rateros de casas, a excepción del polkos, el descuidista puntero más célebre de la hoyada, si no tienen polvo de hueso de muerto, están en estado de indefensión como el defensor de los bolivianos que no supo defender nada ni su integridad ni su propia valla ni su mirada única.

Dalila conocía de esa clase de hechos y conocía los techos del barrio. En algunos casos podía pasar de un techo al techo del frente de un solo salto porque hay algunas calles tan angostas que de una ventana a la ventana del frente o de un balcón al balcón del frente las personas se pueden dar la mano, abrazarse, intentar besarse o darse un lapo, discutir, pasarse una tacita con azúcar, intercambiar revistas de variedades, prestarse discos.

Dalila paseaba por los tejados y las calaminas. Cierto día, una mañana lluviosa, se cayó al empedrado. La lluvia sobre el empedrado suena de una particular forma, como si una bolsa de canicas hubiera sido lanzada desde lo alto para hacer contacto con la piedra. Y había sol. Por lo que se formó un arcoiris uno largo y denso. La calle, la lluvia, el arcoiris, la gata. Una imagen perfecta para el final de una historia, de amor o de desamor, para una historia que hubiera podido ser buena si una de las dos personas involucradas no hubiera decidido antojarse de otras personas sucesivamente en el transcurso de tres meses, en época de lluvia. En tiempo en el que las imágenes de esas calles mientras llueve se transmutan, se transfiguran, se vuelven cine, se vuelven escena. Suenan músicas complejas y delicadas, con un corno al fondo en registro grave, contando el cuento completo.

La cosa es que Dalila, después de la caída aprendió que eso de las siete vidas no es muy cierto, debe ser un invento de infantes con un grado subido de tono, de perversión, de esos que lanzan a los gatos desde lo alto de un ropero para ver si es cierto que caen parados, o les ponen una media en la cabeza para ver si aguantan mucho tiempo la respiración, o los meten a un bañador con agua al tope y los sumergen para ver si es cierto que no se ahogan así nomás.

No le caen bien las gentes menores de 15 años y en el barrio hay hartas. Van y vienen de las escuelas, hacen bulla desde las 7 de la mañana hasta eso de las seis que es la hora en la que se les hace callar o se les manda a ver televisión nacional que tiene programación para idiotizar a cualquiera o en su defecto para adoctrinar a cualquiera con menos de dos por ciento de coeficiente intelectual, pero pasa.

Las gentes entre esas edades y más avanzadas, se pelean, de cualquier cosa, se desean, se engañan, se empujan, se insultan seriamente. A veces se ríen, a veces hacen caso. Claro, con el tiempo y los últimos años, la sociedad, por mandato y política de estado, se ha ido convirtiendo en una sociedad liberada de todo. Del respeto, de la lealtad, del cumplimiento, de la palabra dada, de la bondad, de la honestidad, de la fidelidad, de todo compromiso.

Por eso solo a veces y en fechas especiales, las gentes hacen caso y cumplen. Después, para nada. Ni al semáforo ni a las deudas ni a las promesas de toda índole, ni a los contratos ni a los mínimos compromisos ni a la hora en la que se queda para ir a comer una empanada de queso con café con leche. Dalila la gata es de otro mundo. Vive conforme a sus saberes por lo que no necesita nada más entre ella y el resto del universo aunado.

No se mete con la vida de nadie y no pemitiría que nadie se meta con la suya. Se fija en las ranuras, se fija en las telarañas, en el crecimiento de las plantas, en cómo envejecen las emociones, se fija en las muchas maneras que tiene el olvido para manifestarse. Escucha. Escucha con atención, cosa que hace mucho tiempo el humano ha dejado de hacer y menos ahora que lo que suena es el apuro y la brevedad, el éxito, la nimiedad.

Dalila, hecha la misteriosa, sabe que a veces, en la renuncia del arte consiste el arte. Esto, mientras sentada en un sillón siente a Sansón asomarse a la ventana y le propina un zarpazo en la nariz, sin motivo.

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