Escuchar entre muertos el lozano canto de la vida

Mario Ríos Gastelú evoca la celebración de Todosantos, que tuvo lugar el pasado 1 de noviembre.
domingo, 04 de noviembre de 2018 · 00:00

Mario D. Ríos Gastelú, Periodista

“A la sombra de sus tumbas compartimos momentos de incertidumbre concedidos a nuestras preguntas..., compartimos esos momentos con los que dicen se fueron, cuando lo cierto es que siempre están cerca nuestro”.

Al recordar los nombres de los que dicen se fueron de este mundo,  estallan los latidos de bronce en lo alto de los campanarios. Son los que siempre están con nosotros, no obstante  reposar en la profundidad de las sombras.

Son ellos, ellos, los que “vivieron su vida y los que mueren su muerte”. Los que desde las tinieblas nos hablan, nos acompañan y nos orientan porque hay respuestas que surgen entre lobregueces como, también, en medio del silencio que envuelve el ámbito en que vivimos, muy cerca de los que murieron.

Nos basta un recuerdo cercano al latido de sus corazones, porque así compartimos con ellos nuestras horas de amor o tristeza, a fin de acercarnos  pronto a sus caricias y contemplar una aurora naciente. Ya lo ven. Ya lo vemos todos. A la sombra de sus tumbas compartimos momentos de incertidumbre concedidos a nuestras preguntas, a nuestras creencias, a lo que sabemos nunca tendrán respuestas. Compartimos esos momentos con los que dicen se fueron, cuando lo cierto es que siempre están cerca nuestro.

Palabras cariñosas. Ternura en la mirada. Sonrisas. Ahí están, muy cerca, como si dijeran: no hemos muerto, estamos contigo. Sí, siempre están contigo, conmigo, con todos los que recuerdan a los viajeros  de un más allá desconocido, nebuloso, y a la vez, tranquilo en la plenitud encantadora de los dioses del canto llano.

Ellos conocen lo desconocido por nosotros; por eso sonríen. Saben de los huertos del Señor; por eso brindan su cariño. Ellos nos esperan en el reino que lo habitan. Paz extendida por las nubes que pasan; por las estrellas que alumbran esperanzas; por irradiaciones solares que transmiten su calor a los que aún estamos vivos, sin presentir que podemos ya estar muertos, entre los que viven en el cielo.

¿Alguna vez sentiste la caricia de tu madre ya dormida entre tinieblas? Supongo que sí, que la sentiste sin darte cuenta que esa “caricia palpada en alas de una mariposa” era la tierna mano de tu ser querido. Y también pregunto: ¿Escuchaste la voz del ser adorado al que le llevas flores hasta su lecho donde el viento suspira las penas? Sí, sí, sí. Ahora, seguro estoy de que escuchaste aquella voz, porque la brisa es como el arrullo que oíste cuando dos manos amorosas mecían tu cuna.

  Yo escuché esa voz. Yo sentí aquella caricia. Será por eso que en estos días entregados a honrar a todas las almas que dejaron sus cuerpos en los sombríos sepulcros terrenales, resuenan en lo alto del firmamento en tono de  corales sublimes. Allá, en esa lejanía, en el nirvana de espíritus selectos, están los que sembraron cerca a nosotros los jardines floridos, como labraron surcos de comprensión en los corazones de gente entregada a prestar ayuda al necesitado.

La mañana está cerrada a las alegrías de horizonte despejado. Llueve. Llueve mucho. ¿Será que esta lluvia nos acerca todo el frescor de las nubes enviadas a calmar la sed de los jardines? Puede ser. ¿Y si fuera un torrente de lágrimas amargas de los que en vida sólo fueron maldad, sadismo, barbarie y violencia?   Esto yo no lo sé. Nadie me habló, entre sombras, de cuanto puede haber en la tenebrosa oscuridad del agujero de los impíos. No, yo no sé nada sobre la peligrosa oscuridad. Ellos están muertos, sí, muertos porque han sido olvidados por todos los que aún caminamos por nuestros confines entregados a mejores soplos de vida, aún ya estando muertos. No lo sé. No lo sabe nadie, porque nadie dice nada. Entre tanto, sigamos compartiendo nuestros días los que estamos aquí abajo, con los que nos miran desde lo alto del edén, mientras celebramos a todos los santos en la fiesta de “Todosantos”.

Pronunciar el nombre de un santo protector, entronizado en sitial preferencial en el hogar, nos recuerda que ya tenemos edad para morir – si puede haber edad para morir de acuerdo a los años aún vivientes– que nos vemos dispuestos a dejar los encantos y las miserias cargadas sobre nuestros cansados hombros durante muchos años.

Así es, dispuestos estaremos a morir sin alejarnos  de quienes nos dan su cariño y comprensión, pues germina el consuelo de comprender que la muerte mantiene viva la esperanza de acercarnos mucho más a todos ellos.

Llegarán las noches apacibles aproximando en el sueño a los que más extrañamos en la vida. Serán esos muertos los que nos cuentan que no están muertos, que nunca lo estuvieron. Contarán que sólo duermen en la paz de una sombría hornacina, donde escuchan nuestras voces hechas plegarias, como se escuchan las voces de ellos trayéndonos consuelo; presagio en el nuevo día que comenzaremos a vivir los que tal vez ya hemos muerto.

Y así continuará el curso de los días, con sus horas de horror o de esperanza. Entre risas o llantos transcurrirán muchos años, o tal vez muy pocos, hasta el momento en que la estrella más deslumbrante ilumine la senda a seguir, tras un  adiós al sitio que dejaremos para ir a un encuentro con los inmortales del cielo.   Aquí, en mi soledad, todo es murmullo, murmullo adormecedor, cuando ya no hay caricias  a mi  piel y sólo siento latidos de mi sangre.   

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