Los himnos nacionales

González escribe sobre su próxima puesta en escena El Himnovador, una obra que parte de la vida de Leopoldo Benedetto Vincenti para dar rienda suelta a la imaginación.
domingo, 04 de noviembre de 2018 · 00:14

Luis Miguel González, Director y dramaturgo

“Lo realmente interesante del hilo de la historia con que me topé al investigar la vida y la obra de Vincenti fue el constatar que muchos de los himnos de América se parecen entre sí y que, además, se parecen también a un coro de la ópera Lucrezia Borgia de Donizetti”.

Una etapa muy poco frecuentada por la posmodernidad cotidiana fueron los primeros años del siglo XIX, en los que  se fraguaron los cimientos de la Edad Moderna. A este momento mucho aportaron los trabajadores del mundo del arte que se encontraron con la libertad de incorporarse al mercado liberándose de los “mecenas” nobiliarios y eclesiásticos que antes los alimentaban.

De esta manera, los músicos, por ejemplo, dejaron de componer para la Iglesia o la nobleza para desembarcar en la música teatral o los himnos nacionales.  Es lo que tiene el mercado: hay cosas que venden y otras que no.

Esta Edad Moderna coincidió con el nacimiento de muchas nuevas naciones, entre ellas, todas las americanas. En la construcción sonora de esa identidad, ocupó un lugar particular la cuestión de los himnos nacionales, la manifestación más evidente de cómo la música desempeñó un papel indispensable en la formación de la identidad de estos nuevos países.

La historia de Leopoldo Benedetto Vincenti (el autor de la música del himno boliviano) es realmente apasionante y muestra a la perfección las cuitas y contradicciones, las esperanzas y utopías del hombre moderno. Los compositores europeos encontraron un nuevo mercado para su trabajo, por lo que músicos italianos, franceses, húngaros y españoles, imbuidos por las necesidades a las que le obligaba su nueva libertad, acudieran a este mercado con ansias acrecentadas. Esta carrera hizo que se divulgaran muchos bulos, como los que corren alrededor de la figura de Leopoldo Benedetto Vincenti.

Los himnos nacionales se fueron imaginando con el referente de la Marsellesa revolucionaria al calor de las guerras de independencia. Ese maremágnum sonoro dio lugar a hechos insólitos, como el que en Chile, en ausencia de su necesaria canción patriótica, se cantara hasta 1820 como propio el himno argentino y que, cuando por fin en 1827 consiguió el suyo, lo compusiera, curiosamente, un español, y, además, lo hiciera en Londres.

Lo realmente interesante del hilo de la historia con que me topé al investigar la vida y la obra de Vincenti fue el constatar que muchos de los himnos de América se parecen entre sí y que, además, se parecen también a un coro de la ópera Lucrezia Borgia de Donizetti. Este hecho curioso, en vez de empujarme a la clausura del pensamiento en un lugar común, excitó mi imaginación y me comencé a preguntar: ¿por qué?

Quien ha trabajado en teatro sabe que los pensamientos no se pueden asentar de manera tajante por la fuerza misma del pensamiento, sino que éste tiene adecuarse a una terrible pregunta que siempre hace un actor: “¿Por qué?” Contestar a esta pregunta es comenzar a escribir teatro. Dejar de escribir ensayos o ideología para escribir drama. Dejar volar la imaginación e idear el por qué muchos de los himnos latinoamericanos se parecen fue el inicio de la escritura de esta obra. La búsqueda de una verdad que se pueda probar sobre las tablas de la escena es el primer escalafón para encontrar el sentido al relato: la verdad del relato.

Ese fue el punto de partida para componer la partitura de El himnovador, una obra acerca de la figura del compositor del himno boliviano, músico y compositor que trabajó para los ejércitos de Perú, Chile y Bolivia. Nació el año de la batalla de Waterloo. En el parto murió su madre y la batalla obligó a su padre a tomar el camino del exilio. Su orfandad obligó al niño a vivir en un internado jesuita donde descubrieron sus dotes musicales que lo llevaron a París.

En la Europa de la Contrarrevolución, la llamada americana para los hombres modernos no tardó en ser escuchada por Vincenti. A través de la expedición científica de Du PetitThouars, en la fragata Reine Blanche, atraca en Lima y comienza su vida de compositor en Sudamérica. Cuando residía en Valparaíso, recibe la invitación del Gobierno boliviano para componer el himno de Bolivia en recuerdo de la batalla de Ingavi. De esta manera se asienta en La Paz en septiembre de 1845.

Vincenti, como el resto de europeos que emigraron a aquella América, se convirtió en un americano más. Se casó con Carmen Corina Daza y prolongó su larga vida en las contradicciones y conflictos que vivió América el resto del moderno siglo XIX. Tras más de una década radicando en Bolivia, viajó a Perú donde fue nombrado director de la Orquesta de Lima, vive la guerra del Pacífico donde es de suponer que escuchara a los tres ejércitos involucrados en esa guerra enfrentarse entonando su propia música.

Al final de su vida, y tras enviudar, retorna a su tierra natal, un rincón de la vieja Europa –Italia– que se había constituido como un país joven, un país aún más joven que la Bolivia que dejó atrás. Al cabo de casi cien años, muere.

Si nació el año mismo de la batalla de Waterloo y muere el año en que comienza la Primera Guerra Mundial, bien podría decirse que la guerra, para Vincenti, fue una constante en su vida ante la ausencia de una madre y de un hogar. La guerra es, paradójicamente, la constante del hombre moderno.

El caso de Vincenti es el de un europeo errante que queda fuera de las oleadas de vanguardias que agitarían el Viejo Continente pero que encuentra un Nuevo Mundo que aún está por hacer y donde las utopías son posibles… o, al menos, eso cree. Un conservador musical hijo de un revolucionario. Compone himnos y marchas a troche y moche, para apuntalar la utopía de una edad moderna en un Mundo Nuevo.

El Himnovador es, más que una obra de teatro, el periplo de un texto entre el oleaje de la música, la deriva de un texto en el territorio pantanoso del espectáculo.

El himnovador es, pues, una obra de ficción, que no es otra cosa que la construcción de un sentido. El himnovador llega al Teatro Municipal Alberto Saavedra Pérezel 18 de noviembre. En un día como ese, en ese mismo espacio, se interpretó por primera vez, el himno con música de Vincenti y letra del chuquisaqueño José Ignacio de Sanjinés.

Antonio Peredo, Marcelo Sosa y Fernando Romero interpretan los personajes de El himnovador.

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