No es cosa facil tener ñatita

En el imaginario popular las ñatitas ayudan a cumplir deseos, a ellas se les pide favores. A cambio hay que tratarlas bien pues pueden ser vengativas, asegura Cleverth Cárdenas en su ensayo sobre la fiesta ritual de los cráneos.
domingo, 04 de noviembre de 2018 · 00:15

Cleverth C. Cárdenas Plaza , Dr. (c) en Estudios Culturales Latinoame- ricanos

“La casera de la esquina, la vendedora de pan, la chica metalera del edificio de al lado, el ladino ladrón, el político oportunista tienen sus ñatitas. A ellos pertenecen las osamentas que cada año tienen su fiesta o ¿será al revés?”

No es cosa fácil tener una ñatita, eso me lo enseñó el trabajo de campo. Quizá por eso trataré de describir con mísera pluma, parafraseando a Jaime Saenz, una de las fiestas de los muertos: La fiesta de las ñatitas. Tal el nombre que se le da a esta celebración que cada ocho de noviembre de cada año detiene la zona del Cementerio.

 Si, el tiempo se detiene,  parece sábado o domingo, hay un aire de fiesta, música y celebración. El olor de la comida, la circulación de bebidas, la presencia de músicos parecen contrastar con el motivo, la muerte. Sucede que para el mundo andino la muerte tiene alguna relación con la celebración y la fiesta.

El ocho de noviembre el habitante común de la ciudad de La Paz transita en su cotidianidad y la fiesta pasa desapercibida, sin embargo la fiesta late en los extramuros de la ciudad. Es que en la fiesta de las ñatitas hay memoria, hay algo que empuja al encuentro con una realidad que parecería inexistente, un universo mítico se sobrepone a la cotidianidad y uno decide sumergirse en él o, en su defecto, olvidar, definitivamente ¿Otras vías? Las hay, pero complejizarían mucho más esta descripción. Hay una sospecha, es que si no se tiene ñatita, alguien que rodea nuestra vida cotidiana la tiene, es que esta creencia es uno de los secretos que no todos están dispuestos a divulgar, aunque su influencia su presencia se imponen de un modo u otro.  Sin duda, ni Dante  Alighieri, ni John Milton podrían imaginar una celebración tan enrevesada, compleja y coqueta con la muerte, tampoco podrían imaginar el carácter variopinto de los poseedores.

La casera de la esquina, la vendedora de pan, la chica metalera del edificio de al lado, el ladino ladrón, el político oportunista tienen sus ñatitas. A ellos pertenecen las osamentas que cada año tienen su fiesta o ¿será al revés? Así como se las oculta, ellas terminan estando en todo lado.

Fui a hacer registro cuando trabajaba en el MUSEF en la gestión del Dr. Ramiro Molina y precisamente la primera versión de esta reflexión la publiqué en la Revista de la Fundación Cultural del BCB. De ida al Cementerio, el taxista, sabiendo a qué iba, comenzó a contar una de sus anécdotas.

Estaba de compras y se detuvo en una tienda. Allí, gritó –señora…– y desde dentro le respondieron –sí–. Enseguida preguntó por un determinado producto, la señora le dio el precio a lo que él, como buen paceño, pidió rebaja, después de mucho negociar logró el descuento. De repente, salió una señora. Ella le preguntó que quería. Repitió lo solicitado y  le dio el precio original, a lo que el sorprendido taxista dijo –pero usted acaba de rebajarme.

La señora rió y le dijo:

— No fui yo, seguro ha sido la Pascuala, mi ñatita. Que cuida la tienda cuando no estoy o salgo de compras. Pero como ella ya le rebajó, será como dijo. Si es una traviesa y me mete en cada lío.

El taxista acabó ratificando que cree en el modo cómo las ñatitas están presentes en la  vida cotidiana y se relacionan con el mundo de la vida. –Es verdad– me aseguró.

Completamos la conversación con anécdotas de los ladrones que tienen sus ñatitas y de los mismos policías que también las tienen. Su presencia es algo real, no sólo en el sentido físico: allí está la calavera a la que se prende velas, sino que ese espíritu está allí.

Hace algunos años, la iglesia prohibió desde alguna instancia oficial, la celebración de misas para esta fiesta. Ello desató una protesta tan grande que los devotos de las ñatitas bloquearon la avenida Baptista, la que está frente al Cementerio, y no pararon hasta lograr que el sacerdote ofrezca una celebración.

Como agradecimiento, ese año las limosnas fueron más generosas que nunca y eso derivó en malas interpretaciones. Corrió el rumor de  que el sacerdote había cobrado muy caro por la misa. Eso lo ofendió y los siguientes años se negó rotundamente a cualquier celebración, pero era tal la protesta que igual salía a decir algo para tranquilidad de los devotos.

En la iglesia del cementerio una devota me dijo que era ilógico que no se dé misa a las ñatitas. Según ella son almas igual a las de los muertos y si a ellos se celebra misa de ocho días, misa de año y se hacen misas en memoria de un muerto, por qué no se tendría que celebraren su honor si también son muertos. Así, con un toque de rebeldía y a tono con el contexto político del 2011, terminó sugiriendo que eso era discriminación y que ellos no se moverían de allí hasta que sus ñatitas reciban por lo menos una bendición y escuchen las palabras del sacerdote. Allí recordé un trabajo de Gerardo Fernández titulado: La revuelta de las ñatitas. Me sentí como parte de un proceso que ya había sido documentado. Es interesante ver cómo un lenguaje político ingresó a los debates más locales.

 En el imaginario popular las ñatitas ayudan a cumplir deseos, a ellas se les pide favores y actúan como ángeles guardianes. A cambio hay que tratarlas bien, como a un hijo o una persona mayor a quien se le pide consejos, se le reclama por las cosas malas que pasan, esto, claro no sería posible sin una atención especial hacia ella a través de cigarro, coca y alcohol los martes de cada semana. Si cumplen estos requisitos, los dueños y los devotos gozarán de su protección y de su cuidado. Sin embargo, si se la descuida, ella podría enojarse y ocasionar problemas y accidentes a sus poseedores.

Tener ñatita no es cosa fácil, ellas son muy celosas.  Algunas personas les hacen algo muy parecido a novenas y, dependiendo de lo milagrosa que resulta ser, es posible articular todo un rito a su alrededor y a todo un grupo de devotos. Ello deviene en un proceso que muchas veces concluye con un preste con banda, con bailarines de morenada y fiesta en un salón de eventos o simplemente en los pasillos del Cementerio General en el día de la fiesta.

Pancarita, Pepe, Martín Cirilo, Mariano, Rafael, Ana María, Paola, José, Ángel, Macario, Carmelo, Nacho, tales son los nombres de algunas de ellas. Se las traslada en urnas de vidrio y madera tallada, en cajones de cartón, en bandejas, en todo lo que sirva para llevarlas en su día. Después de la misa o la bendición, las instalan en alguno de los callejones del  Cementerio y allí las acompaña todo el día, se les prende velas y esperan que la gente o los conocidos les recen y acompañen. 

El 2011 vi cómo una señora andaba buscando a una ñatita por su nombre, quería darle gracias por lo pedido el año anterior, estaba segura de que le cumplió. Pero era tal la cantidad de ñatitas que hasta donde vi no la encontró. El cariño que se les tiene, igual que el miedo, es equitativo. Es que no es cosa fácil tener ñatita.

La fiesta de las ñatitas nos remite a otro tiempo, un tiempo sobrenatural, un tiempo en que lo sagrado y lo profano se reconcilian, el tiempo de la muerte y el tiempo de la vida. El tiempo del diálogo más fluido y el tiempo de la búsqueda de justicia divina. Por eso las ñatitas son importantes, porque pueden restituir o porque pueden encubrir, su función es ambivalente y por eso son más humanas que los dioses,  los santos o los demonios. El Cementerio huele a velas, coca y cigarro; a gente, multitud y huesos; a comida, orines y música. El Cementerio ese día, y el día de los muertos, es el lugar con más vida de la ciudad.

El 2011, cuando hacía una observación de la fiesta, al final de la jornada quise hacer una última entrevista y de repente me faltó el valor y no podía hablar con nadie. Caminé y caminé sin rumbo por el Cementerio en busca de alguien a quien entrevistar y no pasaba nada. Casualmente, y siempre caminando sin rumbo fijo, terminaba, no sé cómo, en el mismo callejón y en el mismo lugar, eso me ocurrió cinco veces. Cuando comenté eso a un colega, le dio miedo y me dijo que alguna de ellas me estaba llamando.

Ni bien me percaté de eso, me dio estremecimiento y pensé: no es cosa fácil rezar a una ñatita.

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