El Caníbal Inconsecuente

Cosas del otro mundo: historias y viajes decimonónicos

Kurmi Soto le dedica su artículo al escritor vallisoletano Eloy Perillán Buxó y a su esposa Eva Canel.
domingo, 02 de diciembre de 2018 · 00:03

Kurmi Soto  Literata e investigadora

 En enero, comencé esta columna hablando sobre un poema atribuido erróneamente a Agustín Aspiazu y que fue, en realidad, publicado en Lima como parte de El almanaque de La Broma para 1878. Su autor, un maravilloso vallisoletano, ingenioso como él solo, recorrió con avidez el continente en busca de emprendimientos literarios, científicos y arqueológicos, y llevó en alto un nombre no podría ser más adecuado para semejante personaje: Eloy Perillán Buxó (1848-1889). 

A él quisiera dedicar este último artículo del año, llenando también de esta manera algunos vacíos de una investigación que se inició hace ya tiempo, después de que me lo encontrara por casualidad en la capital peruana, junto a Ricardo Palma, Manuel Atanasio Fuentes y Julio Lucas Jaimes, entre muchos otros (y otras).

 Como decía, él fue un inquieto viajero que vivió y escribió sin cansancio en diversas ciudades latinoamericanas: Montevideo, Buenos Aires, Santiago, Valparaíso, La Paz…, colaborando en medios locales y enviando a su España natal un gran número de informaciones y objetos de valor. Los hombres y las mujeres que lo rodearon también merecen nuestra atención, pues entre ellos se cuentan los nombres más importantes de la literatura decimonónica de la región, así como exploradores, charlatanes y pseudocientíficos que hicieron sus delicias en América. Sin embargo, de todos ellos, debemos mencionar en primer lugar a su esposa, Eva Canel (1857-1932), mujer de letras y también periodista, que no la tuvo fácil siendo la pareja de Buxó, según cuenta en su autobiografía titulada Cosas del otro mundo (1889). Los dos se conocieron en las tablas, ella como actriz y él como dramaturgo, y se casaron cuando Eva solo tenía 15 años, iniciando así una aventura en común que los habría de llevar por lejanos parajes y, por supuesto, meterlos en más de un enredo. 

 Tras la caída del régimen republicano, Buxó tuvo que fugar de España. Y es que muchos Gobiernos (no solo el español) lo perseguirían por sus ideas emparentadas con el socialismo de la época y condimentadas de masonería. Estas correrías hacen que, por momentos, sea particularmente difícil reconstruir su biografía y que existan muchas zonas de oscuridad. Ese es el caso de su estadía en Bolivia, país al que llegó probablemente a principios de 1877 (o finales de 1876) y en el que permaneció por un período muy breve. No sé sabe muy bien en qué condiciones se instalaron aquí o, al menos, no hay fuentes que permitan afirmar con certeza su recorrido; pero, al poco tiempo, se encontraron en La Paz con una curiosa caravana de médicos liderada por un extravagante italiano que ya tuve la ocasión de evocar: el cirujano Guido Bennati, considerado un peligroso criminal en la región (como lo consignan documentos oficiales brasileros que, en 1874, exigían su pronta captura).   

 Los Buxó también arribaron en un momento en el que los enigmas de las ruinas tiahuanacotas y las grandezas de los picos andinos atrajeron a un gran número de extranjeros, deseosos de ver con sus propios ojos estas “maravillas americanas”, en palabras de la baronesa de Wilson, otra escritora que pude mencionar a lo largo de estos meses y que también fue muy amiga de nuestro buen Eloy. En efecto, en 1877, aquí se dieron cita famosos exploradores como el francés Charles Wiener o el alemán Alphons Stübel. El Ferrocarril, el periódico que Perillán Buxó dirigió en La Paz, da cuenta del interés internacional que suscitó la región y revela la profunda voluntad que tuvo su fundador en difundir lo que en aquel entonces se estaba descubriendo. 

 En sus páginas, también se exhiben los dones literarios de la pareja y, aunque Eva Canel no haya firmado ningún artículo, es más que seguro que cubrió la sección de modas, dedicada al público femenino. Al parecer, esta fue la historia de su vida hasta enviudar, pues varios de sus textos fueron falsamente atribuidos a su marido, quien la opacó por mucho tiempo. Tras su muerte a finales de los 1880, ella brillaría con luz propia e iniciaría una activa carrera periodística en La Habana, al lado de José Martí, uno de sus más íntimos amigos. Pero volvamos a los años década de 1870 y al misterioso paso de estos dos personajes por nuestras tierras.  

 Perillán Buxó también coincidió con una efervescente intelectualidad paceña y pudo conocer a Nicolás Acosta, Félix Reyes Ortiz o José Rosendo Gutiérrez, entre muchos. Sin embargo, las relaciones no fueron amistosas entre ellos y es muy probable que el español no hubiese sido bien recibido en estos círculos, como lo prueban tanto sus artículos en El Ferrocarril como los textos publicados en los principales periódicos paceños de aquel entonces, La Reforma y El Titicaca, ambos acérrimos enemigos de nuestro personaje. Sea como fuere, al vallisoletano le costó mucho llevar a cabo sus ambiciosos proyectos y, a mediados de 1877, anunciaba resignado al público que vendería sus cosas, en particular los muebles destinados a montar una “sala de comercio” (en realidad, un salón de caballeros). 

 En este momento las cosas se comienzan a poner un poco borrosas y el rastro escrito de Buxó se pierde para reaparecer, poco después, triunfante al lado de las mejores plumas satíricas de Lima. Sin embargo, el itinerario no queda claro. Por ejemplo, la historiadora cubana María del Carmen Barcia, en una artículo sobre Eva Canel, sostiene que, en La Paz, Buxó “concibió la idea de visitar a los misioneros franciscanos y a las tribus aborígenes que habitaban más allá de los Yungas”, para lo que tuvo que disfrazarse de cura. 

Según la autora, él permaneció “64 días entre los nativos”, empero, no cita ninguna fuente fidedigna y comete ciertos errores geográficos que ponen en tela de juicio esta aventura. Más allá de eso, resulta impactante la similitud de este episodio con otro que ya citamos, el del entrañable José María Bozo. Es así que, de alguna manera, Buxó condensó el espíritu de estos exploradores, hombres de letras contestatarios y adelantados a su época.

 

 

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