Memoria nómada

El folk-lore de Manuel Rigoberto Paredes

Cárdenas examina el libro El arte en la altiplanicie (folk-lore) y la descripción y conclusiones que hace su autor sobre las prácticas y los rituales folklóricos.
domingo, 02 de diciembre de 2018 · 00:00

Cleverth C. Cárdenas Plaza   Dr. (c) en Estudios Culturales Latinoame- ricanos

Sin duda la fiesta popular es uno de los temas recurrentes para la cultura boliviana, precisamente porque en ella es posible advertir cómo diferentes subjetividades confluyen, dialogan y se confrontan. Eso ocurre, particularmente en nuestro contexto, como evidencia del abigarramiento de nuestra sociedad, en definitiva compleja. Llama profundamente la atención verificar que tanto la fiesta como la confrontación se hicieron parte de nuestra vida cotidiana, hecho que se traslapa evidentemente a lo político. En este brevísimo texto, procuraré mostrar cómo teorizó el folklore de Bolivia uno de nuestros intelectuales más connotados. 

Manuel Rigoberto Paredes y sus contemporáneos describieron implícita y tácitamente el proyecto de nación moderna de la élite nacional liberal, a principios del siglo XX. Es importante distinguir que la idea de nación para la mayoría de ellos implicaba un proyecto voluntarista; en el mismo, la pertenencia a la nación no era algo ya dado, sino algo que debía constituirse mediante la adscripción de sujetos libres. En esa medida, su proyecto se enmarcaba dentro de un proyecto de nación moderno. Esto podía explicar por qué no se planteaba la generalización de los sujetos jurídicamente libres; como dice Martha Irurozqui, la modernidad boliviana rezagó la incorporación de los indios y contuvo a los mestizos como parte de su proyecto moderno. Acaso el sujeto jurídicamente libre sólo era aplicable para ellos en tanto se consideraban los únicos sujetos de la nación moderna boliviana. Lo que revela un escrutinio de sus acciones es que produjo un discurso modernizante que conjuró la liberación del indio y limitaba la participación del cholo, en última instancia pretendía retener su ascenso social, económico y político.

La nación moderna que se pensaba en ese momento era desde la élite y para la élite, por lo tanto, era excluyente; sin embargo, ésta anhelaba mostrarse como moderna, por eso se hace necesario ver cómo configuró y construyó su legitimidad. Los intelectuales más representativos de este momento, sin ser los únicos, fueron Bautista Saavedra y Rigoberto Paredes, por un lado, y Arguedas y Tamayo, por el otro. Con discursos muy sofisticados que encubrían su verdadera intención, la élite nacional planteó una sociedad moderna, pero aquello que en realidad deseaba garantizar era su sobrevivencia como “clase dominante”. Como dice Broke Larson, incluso los intelectuales disidentes eran tradicionalistas y temían la democratización de las culturas “atrasadas”; les preocupaba la movilidad social, la alfabetización, y la ciudadanía plena para indígenas o campesinos. De ese modo la élite reproducía y acentuaba el modelo colonial, algo que en realidad la rezagaba a lo premoderno, como Zavaleta evidenció en su libro Lo nacional-popular en Bolivia (2008). Precisamente en el contexto de principios del siglo XX, surgió la primera reflexión sobre el folklore boliviano con El arte en la altiplanicie (folk-lore), de Rigoberto Paredes (1913), libro que influyó en mucha de la bibliografía y producción intelectual posterior sobre el tema, además esa publicación lo consagró como figura de autoridad. 

Este libro es importante por varios motivos: se trata del primer libro que describió el folklore en el altiplano boliviano, el espacio geográfico de La Paz y, también, parece que fue el primero que se conoce que se escribió sobre el folklore nacional. Sobre la base de este libro, Rigoberto Paredes escribió El arte folklórico de Bolivia (1949). En el libro Manuel Rigoberto Paredes dio cuenta de las prácticas culturales que desarrollaban los aymaras y quechuas de algunas poblaciones del altiplano. A partir de este libro también se puede inferir cómo se desarrolló, en un aspecto concreto, el discurso del antimestizaje, que es la constatación de un proyecto nacional que se pensaba sin indios, en otras palabras, anunciaba la “desaparición” del indio o su decadencia a consecuencia de la inminencia de la modernidad. Finalmente, postuló cuál “debería” ser, según este autor, el folklore nacional.

En ese contexto, con su libro, Rigoberto Paredes hizo, a su manera, frente a la evidente presencia chola e india en la ciudad de La Paz; al plantear su idea del folklore nacional sustentada en las prácticas populares mestizas y criollas, también al hacer una descripción enciclopédica de la música y danza indígena y “exótica”, por antonomasia. En síntesis, presentó las prácticas indígenas como degradadamente rituales, a los protagonistas como primitivos y dados al alcohol, en tal sentido, no sólo justificaba su marginación de la nación, sino anunciaba su desaparición, ¿acaso eso no podría compren derse como una violencia epistémica?, quizá por ello su análisis del folklore tuvo buena recepción de parte de muchos intelectuales del siglo XX, quienes consideraban que había realizado una descripción precisa, seria y científica, pues con ello justificaban sus propios prejuicios. Muchos investigadores contemporáneos, mucho más críticos, advirtieron el trasfondo de su discurso y, sin embargo, rescataron el espíritu moderno enciclopedista y documentalista del autor. De hecho, las descripciones de instrumentos y de algunas danzas que ya desaparecieron, hechas por Paredes, con la salvedad de sus prejuicios, son los únicos testimonios que quedaron de instrumentos musicales y su elaboración; del mismo modo sus descripciones de prácticas festivas y ritos indígenas. En síntesis, su afán enciclopédico cumplió su cometido. 

Aunque el rito es fundamental para cualquier cultura, cuando este autor describió el rito entre indios, cholos y mestizos del altiplano, se dio a la tarea de describir estereotipadamente a los ritualistas. En su lógica clasifica los rituales andinos en tres tipos que involucran ceremonias y danzas: la primera tiene que ver con el acto de rememoración de sus líderes, allí describe una celebración y cantos al inca muerto; la segunda vincula el rito con el culto a deidades a las que llama “primitivas”, describe animales, espíritus y lugares totémicos; y, finalmente, revela al rito como un paso a la sexualidad y al libertinaje. Sólo de ese modo el rito le es inteligible. Es decir, de la descripción del rito, pasa a deducir la moral de los cholos e indios, en un evidente uso del estereotipo que describió Stuart Hall. 

En esa medida, es posible advertir que para Manuel Rigoberto Paredes el folklore boliviano estaba constituido por cuecas y bailes de tierra producidos por artista criollos letrados; mientras que las producciones cholas e indias, como las danzas de los incas o la diablada, serían algo interesante, pero en vías de desaparecer por su anacronismo. De hecho los bailes indios, para nuestro autor están fuera de lugar, no sólo serían anacrónicos, sino serían decadentes y, para él y su época, estarían en franco proceso de extinción. Por eso su interés enciclopedista, porque “realmente” creía que la cultura indígena no llegaba al ámbito de la cultura. Sin embargo, rescató muchas descripciones de trajes e instrumentos musicales, incluso el modo de realizarlos. En esa medida es posible advertir que para la construcción del folklore nacional se acudió a los repertorios criollos, pero fueron insuficientes, porque si bien el huayño (una forma de bailecito de tierra)  y la cueca son partes importantes del folklore nacional; más utilizadas en el nuevo repertorio nacional son las danzas que Paredes describió como representaciones de pueblo intermedio, como la diablada, la morenada y otras que fueron descritas por Paredes lateralmente.  
 

 

1
1

Otras Noticias