Contante y sonante

A veces agua

Óscar García evoca los días lluviosos y los soleados de esta ciudad áspera, agresiva, saturada...
domingo, 02 de diciembre de 2018 · 00:00

Óscar García  Músico y poeta

En estos días de lluvia y de estupor se mixturan las ideas, unas de ellas se pierden, otras expanden la estupidez, se trepan a los micros, ingresan, todos los santos días, a su hábitat en cientos de oficinas plagadas de escritorios en los que se hacen cosas para entorpecer la existencia de los que no están en esas oficinas viendo pasar la vida taipeando observaciones a todo requerimiento, por deporte.

En estos días de lluvia a veces hay sol, a veces plata para comprar un camarón como si fuera el tesoro más preciado de las Alturas. A veces  se puede circular por las avenidas sin que miles de refrigeradores con ruedas hagan con sus serpenteos una ciudad áspera, agresiva, saturada, imposible para los animales no pensantes. A veces en la alta escuela naval militar, ubicada en un cerro en el que hay agua solo cuando llueve, los conscriptos hacen fiesta y ceremonias y rituales complejos salidos de la heredad de antiguos pueblos como los chiripas, hacen ofrendas humanas extirpando la nuez del cerebro de altas autoridades de su país para que llueva una vez más. Es la única forma en la que pueden practicar lo aprendido en las pizarras, como nadar. Cuando llueve practican en un charco que se forma en el medio del patio de honor, ése en el que todos los lunes a las seis de la mañana se izan algo así como tres banderas, una a rayas, otra como la de los arcabuceros españoles del siglo diecisiete, a cuadros, otra con el color de la camiseta del seleccionado de Italia pero sin el escudo del seleccionado de Italia y a veces una más que representa  la fruta de temporada. La bandera de la chirimoya, por ejemplo. Esto ultimo es cada vez menos usual porque la fruta, los tubérculos, las hortalizas, verduras, yerbas aromáticas y más cosas muertas del reino vegetal llegan desde países vecinos a través del contrabando legal y organizado para destronar a los peligrosos productores locales que viven de sembrar y cosechar diez papas y sostener así a una familia de once miembros de los cuales tres están con serios problemas de salud, cuatro con problemas en la escuela, uno con déficit de atención, una con susto eterno y los otros dos, madre y padre, con ganas de tener otra vida y no repetirla. El asunto es que lamentablemente las historias se repiten como se repiten los privilegios. La excepción a esta realidad ocurre cuando un miembro de una familia como esta de once personas logra romper la cadena y se convierte en una exitosa gente del mundo de la ciencia o del deporte o de la cocina.

En estos días de insistente llovizna una pareja está yendo al cine sin necesitar decir nada, como una comunión. Se toman las manos, caminan. Alguien sostiene un paraguas, el entorno se convierte en un paisaje sonoro íntimo y cómplice. Se apoyan hombro en hombro, van a decir algo y callan. Hay cosas que no  necesitan decirse cuando la temperatura de la piel habla. Van al cine a ver una película que no haya sido auscultada por el crítico de todo, de origami, de literatura fantástica, de fútbol, de química industrial, de teatro, de asuntos del corazón, de chistes. Entran al cine, se sientan, se aburren, se dan un beso, se van a casa, una casa pequeña, ajena pero propia, se acurrucan, se tocan los pies, viven un poco más que otras personas en el mismo tiempo y en la misma ciudad, se duermen, y sueñan.

En días en los que el sol hace como parpadeos, aparece y desaparece, las gentes hacen lo propio con el paraguas, lo abren, lo cierran, lo vuelven a abrir, lo vuelven a cerrar. Así durante el tiempo que andan en las calles con apuro, yendo y viniendo de hacer cosas para vivir un poco mejor, yendo y viniendo entre que se mojan y se secan, todo el día. Las gentes se agotan, se ponen tensas, se complican, comen rápido y cualquier cosa en cualquier parte. Gastan los zapatos, enronquecen de tanto ofrecer y pedir. De tanto respirar por la boca. De tanto llorar sin llorar. Cuentan al final las monedas para volver a sus casas que en la mayoría no son sus casas, viajan, se aprietan, se incomodan, cabecean por el sueño y llegan al fin. Abren las puertas, entran, se echan un rato, no despiertan hasta el otro día. Así disfrutan el momento para el cual estuvieron haciendo cosas para vivir mejor.

Otros simplemente toman, con disfraz o sin disfraz, una docena de cervezas cada quien, bailan a la virgencita de turno, pegan a la mujer de al lado, empujan al perro que camina por ahí sin motivo, hacen pis en la puerta de una joyería y se van.

En días en los que el petróleo está durmiendo una siesta, hay expertos con casco pensando en la forma de despertarlo, de cualquier forma, sacando del medio a la selva, pasando por encima de las cabezas nobles de una pantera, espantando a toda clase de escorpiones en el desierto. Gente que ha estudiado denodadamente muchos años para aprender a chupar del planeta toda clase de combustibles para que sirva para hacer funcionar aparatos para toda clase de usos. Toda clase de aparatos útiles que hacen la vida más soportable. Aparatos que hacen cosas que se hacían antes con las manos, con los pies. Aparatos para hacer de la vida mejor y del planeta una bola de basura de excosas útiles. En medio de este panorama y en días como estos, un chamán tecno sale a la plaza de su barrio a meditar y a disfrutar de su inmensa riqueza, que no es espiritual.
 

 

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