Compilación

¡Viva la revolución!

El historiador Eric Hobsbawm reúne sus artículos sobre América Latina y la fascinación que este continente produce en él y otros intelectuales europeos.
domingo, 02 de diciembre de 2018 · 00:00

Ricard Bellveser,   Escritor

El del historiador británico Eric Hobsbawm  es un caso en cierto modo frecuente entre los intelectuales europeos de izquierdas –Hobsbawm se consideró siempre marxista– , que empiezan convertidos en admiradores de los procesos revolucionarios de América Latina, tan literarios como esperanzadores, y terminan distanciándose al comprobar sus resultados reales sobre la vida practica.

En este sentido de las cosas, los procesos más fascinantes fueron Cuba y Vietnam, “triunfos no solo de la revolución, sino de David contra Goliat”, a la vez llenos de cierta lírica, pero que en ningún caso querrían ver en sus países, revoluciones impensables en una Europa en la que algunas de sus principales economías, y algunos de los países de referencia mundial, son monarquías, como la británica, la española, la noruega, la belga, la sueca o la danesa entre otras muchas.

La observación de los procesos revolucionarios latinoamericanos producen una admirada curiosidad, y los artículos publicados por Hobsbawm sobre esta cuestión, los textos más notables que redactó a lo largo de su fecunda vida, sobre las cuestiones que más interés despertaron en él, están aquí reunidas: las revoluciones efectivas o posibles, el nacionalismo, el imperialismo europeo y norteamericano, la violencia y las guerrillas, la inequidad y las vías del desarrollo.

Quiso reunir estos textos, pero no halló en vida el momento adecuado para prepararlos, pero su amigo Leslie Bethell cumplió estos deseos y los ha publicado con carácter póstumo, bajo el simpático título de ¡Viva la revolución! (Editorial Crítica. 422 páginas. 2018), donde expone su admiración por la realidad latina, desde el convencimiento de que a partir de 1848, esta vía había quedado cegada para le Europa Occidental, pero que había encontrado su lugar de acomodo en Latinoamérica, que desde 1960 se había convertido en la tierra prometida, y aconseja dirigir la mirada hacía ella.

Visitó con frecuencia este continente –era un distinguido políglota, hablaba un buen español y un buen francés, aunque había sido educado en alemán y sus padres se dirigían a él en inglés– y pudo constatar ‘el despertar del pueblo’, sobre todo, tras la explosión de los nacionalismos populistas, que le llenaban de gozo, pues no hay revolución sin masas que participen, y en el caso cubano, por ejemplo, esta circunstancia se daba, así como lo exigido por el análisis marxista de que se dieran las condiciones subjetivas y la coyuntura adecuada.

No oculta que el desarrollo de estos procesos le decepcionó, porque en la mayoría de los casos, las deseadas transformaciones vinieron desde arriba, en contra de la esperanza puesta en que esto no fuera así. No hay que olvidar que estamos ante un historiador marxista europeo, que entiende el proletariado como una masa laboral industrial, por lo que en ningún caso puede ser comparado con los procesos revolucionarios latinoamericanos del último tercio del siglo XX, que partían principalmente de los segmentos campesinos y agrícolas y muy especialmente el campesinado andino, protagonista que muchos de estos episodios revolucionarios.

Ciertamente, los cambios que se producían en esta sociedad y sus instituciones le deslumbró en un principio, como a la mayoría de los intelectuales europeos, ajenos a un verdadero análisis crítico que vendría después, junto a los habituales desánimos al constatar tanto la realidad del cariz que tomaron los movimientos revolucionarios, como por el impropio funcionamientos de los partidos políticos de izquierdas y su propensión a caer en el elitismo y en la burocratización de sus estructuras.

En la sinopsis editorial de este libro se recuerda cómo desde que el autor llegó a Cuba en 1960, “en pleno entusiasmo por el triunfo de la revolución socialista”, hasta un sobrio texto publicado en el año 2002, Hobsbawm mantuvo un vínculo secreto e íntimo con América Latina continente que, fuera del europeo, era donde se sentía “como en casa”, según explicó en su autobiografía Años interesantes. Escribió allí que “no había un intelectual en Europa ni en Estados Unidos que no cayera bajo el hechizo de América Latina, un continente aparentemente burbujeante de la lava de revoluciones sociales”, porque era el mejor laboratorio posible para la revolución social.

 “Así como para el biólogo Darwin, –escribió– para mí, como historiador, la revelación de América Latina no fue regional, pero sí general.  Era un laboratorio de cambios, en su mayor parte cambios distintos a los que se podría esperar, un continente hecho para minar las verdades convencionales. Era una región donde la evolución histórica ocurría a la velocidad  de un tren expreso y que podía ser realmente observada durante la mitad de la vida de una única persona”.

Hobsbawm no duda en criticar la ultraizquierda y los “experimentos guerrilleros iluminados”, como los llama, en especial el “sueño suicida del Che Guevara en suelo boliviano. En su seguimiento de la izquierda latinoamericana”. 

Se añaden también sus artículos como crítico musical, al  que era muy aficionado, con gusto especial por la bossa nova. 
 

 

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